¿Qué es la Navidad?

Con alguna frecuencia he escrito en este espacio sobre religión y cultura. Esa relación, pero también el deber estatal de cooperar con las confesiones religiosas, justifica por ejemplo la existencia de fiestas generales y oficiales de carácter (o al menos origen) religioso. Eso no quita para que, como no puede ser de otro modo en un Estado no confesional que tiene la libertad y el pluralismo como valores superiores, cada quien celebre como quiera (o no celebre) las fiestas. Dicho esto, y amparándose en esta misma libertad, puedo decir lo que significa hoy y para mí la Navidad. Porque para empezar, la Navidad es, para mí, la Navidad, no “estas fiestas”, ni “las fiestas de invierno” o “del solsticio”, ni siquiera las fiestas de fin de año, aunque siempre algo pensemos en el paso del tiempo durante estos días. La Navidad es la Navidad porque, al menos algunos, recordamos, rememoramos, y queremos sentir, que nace Jesús.

 

Es de ahí de donde viene la alegría. Porque Jesús nace por amor, porque es el Amor. A mí, a cada una de las personas que están leyendo esto, a cada ser humano. Y, como algunos podrán comprender, solo ese sentirse amado es ya un motivo de profundo gozo. Un gozo que renueva y se siente en el interior, y que por lo tanto se manifiesta en el exterior. Pero esto último es consecuencia de lo primero, y no al revés. Mi Dios se hace pequeño para amarnos a todos, y nosotros, torpemente y con nuestra limitada capacidad, deberíamos amarle a Él, lo cual no es nada diferente a amarnos unos a otros. Así las cosas, coloco en casa un Nacimiento, pero no para reafirmar supuestas identidades frente a quienes no comparten mi fe, sino para manifestar ese gozo y recordar que esas personas que no comparten mi fe son también mis hermanos, mis prójimos, y en ellas veo a Dios y debo amarlas. No tengo que preguntarme mucho si resulta más o menos absurdo cenar en familia, pegarse una comilona, iluminar las calles, seguir ciertos ritos. En cuanto manifestaciones de una alegría profunda, en cuanto vías de encuentro con seres a los que amamos (y no olvidemos que debemos amar a todos los prójimos, cuñados o tíos lejanos o invitados inesperados incluidos…), todo eso tiene sentido. Si se tratase, en cambio, de un simple exceso de comidas y bebidas que hay que hacer porque parece que socialmente tal cosa viene impuesta, o de una alegría ficticia, impostada, más o menos obligada porque “toca” en estas fechas… pues todo esto carecería de sentido, o podría incluso provocar, para alguien que se pare a pensar en esa carencia total de sentido, una cierta tendencia a la depresión o a la melancolía. Así que hay motivos de alegría auténtica, y no está mal exteriorizarla. Cabría preguntarse si ello es posible en un mundo que -siempre- sufre, en el que la injusticia y el dolor son demasiado frecuentes. Todo es compatible. El amor al prójimo y la solidaridad con él provocan que compartamos su dolor. Pero saber que Dios es Amor, y que siempre triunfará, sigue siendo un motivo de gozo. Feliz Navidad.