A vueltas con la transición

En estos años estamos conmemorando los 50 años de nuestra transición política, y sin duda habrá numerosos eventos, seminarios y publicaciones sobre cada uno de sus hitos fundamentales. Esto me parece de la mayor importancia porque aquí podemos encontrar algunas claves de eso que se ha dado en llamar “memoria democrática”.

Sin la transición, es imposible entender nuestro sistema constitucional ni toda nuestra realidad política posterior. De hecho, es imprescindible para comprender lo que España ha sido después y, aunque a veces los árboles nos impidan ver el bosque, la verdad es que creo que puede afirmarse, sin exageración, que la transición inauguró el período más positivo de toda nuestra historia contemporánea.

Hace ahora 50 años, aunque ya había fallecido Franco y reinaba Juan Carlos, todavía presidía el Gobierno Arias Navarro, y la incertidumbre sobre el futuro era total. El período era crítico y las reformas necesarias no llegaban. Ni mucho menos podía hablarse todavía de un sistema democrático.

Sería con el cese de Arias Navarro y el nombramiento de Adolfo Suárez cuando se iniciarían los pasos decisivos en la dirección adecuada: tramitación de la Ley para la Reforma Política, aprobación de esta, referéndum y, ya en 1977, legalización de los partidos políticos y primeras elecciones democráticas. Sería en 2027, y no antes, cuando podremos hablar propiamente del medio siglo de democracia en España.

A partir de ahí comenzaría el proceso constituyente en sentido estricto, que, como bien sabemos, culminaría exactamente el 29 de diciembre de 1978.

Seguramente, en los próximos meses dedicaré algún que otro “Miradero” a algunos de estos hitos, mientras un proyecto que me honra codirigir, titulado Identidad constitucional y memoria democrática, prestará atención a este proceso y a algunos de sus momentos fundamentales.

Ahora me interesa destacar que, con las luces y sombras que toda obra humana tiene, nuestra transición contó con enormes virtudes. Y entre ellas no es la menor la de aceptar, al menos como punto de partida formal, el ordenamiento vigente —aunque procediera inequívocamente de una dictadura— para construir un proceso sin rupturas y evitar lo que, de otro modo, podría haber sido un nuevo enfrentamiento violento entre españoles.

En ese mismo contexto, otra virtud esencial fue la voluntad de encuentro y entendimiento. Por eso, entre las muchas imágenes emblemáticas de la transición, me gusta especialmente aquella en la que Manuel Fraga presenta a Carrillo un libro en el Club Siglo XXI, y ambos —representantes, en esencia, de los sectores políticos más extremos de aquel arco parlamentario— estrechan sus manos.

Eso fue la transición.

Cuando lo cuento a mis alumnos, les pregunto si creen que algo así sería imaginable hoy. Y todos me dicen que no.