De Venezuela, Europa… y este loco mundo

Había pensado comenzar el año recordando que se cumplen ahora exactamente cuatro décadas de nuestra entrada en la Unión Europea, pero, desde mi último artículo del año pasado —hace apenas un par de semanas—, la destitución y captura de Maduro por los Estados Unidos ha centrado todos los comentarios, y parece imposible no decir nada al respecto.

Por lo demás, y como es habitual, aquí todo se ha hecho derivar hacia un debate pobre sobre si es peor Maduro o Trump; o si hay que condenar más la dictadura venezolana o la violación del Derecho Internacional por el presidente de los Estados Unidos; o bien, con una visión más geopolítica y global, a algunos les parece que esto es un hecho sin precedentes o una especie de cambio de era. Y es que, en este mundo polarizado, parece que no tienen cabida los matices.

Daré mi opinión con la brevedad que exige este espacio. Hace muchos años que Maduro era un dictador, y desde luego, sin género de dudas, desde que robó las últimas elecciones presidenciales a Edmundo González. Su ilegitimidad de origen y de ejercicio era incuestionable, y llegados a ese punto, ante un Gobierno de facto, sería hipócrita considerar que la presidencia de Delcy Rodríguez es la salida “constitucional”, pues ella tiene exactamente el mismo vicio de origen.

Por supuesto, eso no convierte en legítima la intervención de los Estados Unidos. Pero lo más grave, en mi opinión, es lo que ha venido después: Trump legitima la presidencia en funciones de Delcy siempre que haga lo que él diga, mientras quienes ganaron las elecciones parecen quedar excluidos del proceso y el chavismo se adueña de las calles.

Con todo, la sorpresa por todo lo sucedido es, en mi opinión, relativa. En primer lugar, porque Estados Unidos viene realizando intervenciones de este tipo en el gobierno de otros Estados desde hace décadas (Nicaragua, Panamá, República Dominicana…), y solo desde el fracaso en Iraq parecía haberse abandonado esa manera de actuar.

En segundo lugar, porque Trump lo había venido anunciando desde hace meses, y en ningún momento disimuló que su interés en el tema radicaba únicamente en la lucha contra el narcotráfico y en el petróleo. En ese contexto, con un desinterés total por la democracia en Venezuela, aunque desde luego yo no esperaba que fuese a propiciar la presidencia de Delcy —quien ha perdido toda la dignidad, si es que alguna le quedaba—, no me sorprende cualquier solución que sirva a los intereses de Trump.

De hecho, lo que más diferencia la actitud de Trump de la de sus predecesores es la descarnada sinceridad a la hora de no disimular sus propósitos verdaderos. Llegados a este punto, para quienes creemos en valores democráticos solo queda, precisamente, Europa. Pero en este escenario, cabría pedirle que hable menos y haga más.