La paciencia de Job

La paciencia es la virtud de quien sabe esperar, no pasivamente, pero sí con entereza y energía. El Diccionario de la Lengua la define, en su primera acepción, como “capacidad de soportar algo molesto o penoso sin alterarse”, y en la tercera como “capacidad de esperar con calma y tranquilidad cuando se desea algo”. Así que es una facultad humana que tiene que ver con la espera imperturbable.

Tanto los estoicos como Santo Tomás la vinculan con la fortaleza. En la sabiduría popular se la considera la madre de la ciencia, de manera que parece necesaria para alcanzar el verdadero conocimiento.

Al inicio del libro de Job, Satanás comparece ante Yahvé y le indica que acaba de darse un paseo por la tierra. Y es el mismo Dios quien le dice: “¿Has reparado en mi siervo Job? Pues no hay ninguno como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”.

Entonces Satanás se permite retar y tentar a Dios señalando que eso se debe a que le ha colmado de bienes y fortuna; y claro, así es muy fácil estar cerca de Dios. Y añade: “Anda, extiende tu mano y toca cuanto es suyo, y verás cómo te maldice en la cara”.

Entonces Dios permite expresamente a Satanás que le haga lo que quiera a Job, primeramente sin tocar a su persona. Pero más tarde, viendo que este aguantaba el infortunio —consistente en perder toda su fortuna, su ganado y a sus siete hijos y tres hijas, que no era poco— diciendo: “Yahvé lo ha dado, Yahvé lo ha quitado. ¡Sea bendito el nombre de Yahvé!”, esto es, con una paciencia algo superior al nivel medio, Dios permite a Satanás “tocar hueso y carne” de Job, a quien le sobrevinieron tremendas enfermedades.

A partir de ahí, ese precioso libro es una sucesión de intervenciones no muy afortunadas de tres amigos de Job, y del propio Job, que, un tanto contrariado —la verdad, se entiende— maldijo el día en que nació, pero no a Dios.

Aun así, el problema fue que no supo entender que le pudiera pasar eso, considerándose a sí mismo una persona justa e inocente. No olvidemos que en el Antiguo Testamento era bastante habitual considerar que el mal propio era consecuencia del pecado.

El caso es que nadie fue capaz de atinar en el diagnóstico, hasta el discurso de Eliú, anticipo de las intervenciones finales de Dios y del propio Job:
“Si Dios es más grande que el hombre, ¿por qué contiendes con Él, ya que Él no da cuenta de ninguno de sus actos?”.

Es así como aparece ese elemento más difícil de la paciencia, consistente en asumir lo que no entendemos con fe y con esperanza.

La cosa termina bien una vez que Job se da cuenta de que había “hablado temerariamente de las maravillas superiores a mí y que yo ignoraba”.

Y es que, como dijo Eliú, “es imposible que Dios haga maldad”. Pero esto resulta difícil de entender a veces, como hoy mirando al mundo que nos rodea.

Es, sin duda, momento para la paciencia bien entendida.