El derecho a tratar con seres humanos

Todos lo hemos experimentado: ahora todas las entidades públicas y privadas tienen sus asistentes virtuales, que supuestamente resuelven cualquier duda o inquietud, pero en mi experiencia suelen ser bastante simples y tontos, o bien dan una respuesta tan genérica, ambigua o que contempla tal cantidad de opciones y posibilidades para explicar los motivos del problema, que uno se queda como estaba.

Quede claro que no tengo nada contra la IA (lo digo alto y claro, no sea que cuando nos dominen —lo que sucederá más pronto que tarde— quieran expulsarme del paraíso virtual o mandarme, de un modo u otro, al exilio). De hecho, últimamente tengo una relación bastante intensa con ella, como no puede ser de otro modo porque se hace presente en todos los ámbitos de mi vida y en todos los momentos, aunque no la llame.

Incluso algún lector avezado pensará que la causa de mi mal entendimiento con ella procede de mí, porque no sé utilizarla como es debido ni darle las pautas adecuadas. Y puede que sea cierto, pero desde luego entonces no me parece que sea tan inteligente una entidad que no es capaz de entenderme ni darme respuestas satisfactorias a consultas más bien simples, y que sin embargo me miente de forma constante e impune, incluso dos líneas después de haber acordado conmigo establecer una relación basada en la sinceridad y la confianza.

En resumen, de muy poco me ha servido hasta ahora, así que he dado en dudar de todo lo que me dice. Para que no piensen que hablo por hablar, he comprobado cómo la IA se ha inventado sentencias, leyes inexistentes, versos de Garcilaso (era evidente que no le quedaban tan bien como a nuestro eximio paisano…) y, últimamente, me decía que mi coche tenía alguna función de la cual resultaba evidente, tras una sencilla contrastación empírica, que carecía. Y, a cambio, no sabe ni encontrarme un par de informaciones sencillas en boletines oficiales.

Así que, dejando a la IA para el ámbito en el que puede serme útil —que todavía no sé muy bien cuál es—, tiendo a intentar tratar con seres humanos cuando tengo una duda o inquietud. Pero, como ustedes también habrán comprobado, esto empieza a convertirse en una odisea.

Todo conduce a chats o correos contestados por IA.

Encontrar el teléfono de contacto en una web suele ser ya una tarea bastante complicada; y cuando finalmente se logra, normalmente solo sirve para comprobar que ese teléfono no es atendido por ningún ser humano, sino que se limita a ofrecer una multiplicidad de opciones absurdas expuestas por voces enlatadas.

El Reglamento europeo de IA ya obliga a especificar cuándo nos atiende una IA, lo cual en este momento suele percibirse con bastante facilidad. Más importante me parece proclamar y garantizar seriamente el derecho a ser atendido por un ser humano de forma sencilla y fácil.

Si no damos ese paso, pronto todo lo gestionará nuestra IA con otras IAs, mientras nosotros seremos cada vez más tontos e inútiles.