¿Guerra en la RAE?

No cabe duda de que el papel de la Real Academia Española es de extraordinaria complejidad, pues debe alcanzar un equilibrio entre dos objetivos importantes.

Por un lado, es su finalidad existencial establecer pautas para el uso correcto de la lengua, que resultan imprescindibles para mantener cierta homogeneidad en un idioma hablado por más de 500 millones de habitantes en cuatro continentes; es decir, para que nuestra lengua siga siendo un único idioma.

Pero, por otro lado, es innegable que a la Academia —o a las academias, ya que las distintas instituciones del mundo hispanohablante trabajan conjuntamente en el logro de estos objetivos— no le pertenece el idioma. Este es de quienes lo hablan y lo escriben, es esencialmente dinámico y evoluciona en el tiempo con la incorporación de nuevos términos, el abandono de otros y todo tipo de modificaciones.

Desde esta perspectiva, a la Academia le corresponde constatar esa evolución y documentar el uso del idioma. Pero… a veces parece que ambas funciones implican tendencias antitéticas o incompatibles. En efecto, la primera función es esencialmente normativa, mientras que la segunda es descriptiva.

Ahora bien, es verdad que el lema de la Real Academia Española, que la distingue desde su origen, es ese conocido “limpia, fija y da esplendor”, que parece enfatizar más su función normativa. Y los Estatutos actuales establecen que debe cuidar de que la evolución del idioma “conserve el genio propio de la lengua, tal como este ha ido consolidándose con el correr de los siglos”, así como “establecer los criterios de propiedad y corrección”, y “contribuir a su esplendor”.

Aquí parece buscarse un cierto equilibrio entre ambas tendencias, pero siempre con un predominio de su esencial función de establecer las pautas de uso correcto del idioma.

Parece que hay actualmente en la RAE intensos debates entre los defensores de esa esencial función normativa —que son predominantemente escritores— y los más partidarios de destacar su misión de constatar la evolución del uso del idioma sin intervenir en ella, que son, sobre todo, lingüistas. Esto tiende a formar dos facciones en la RAE.

Recientemente, el artículo publicado por Pérez-Reverte en El Mundo, con el título “Por qué ni fija, ni limpia ni da esplendor”, más allá de explicitar los términos de este debate, critica que la posición actual de la RAE parece haber ignorado la importancia del establecimiento de criterios de corrección, centrándose en el reconocimiento de cualquier uso que en todo contexto —especialmente en redes sociales— se da al idioma.

La verdad es que hace tiempo tengo la sensación de que, en parte, es así, y cada vez hay más titubeos y “manga ancha” por parte de la RAE. Varios lingüistas han contestado a Reverte… veremos si este debate logra encauzar en la línea correcta la actuación de la RAE.