Cuando llegue el día

No es que me haga mucha gracia tocar este tema y, en realidad, creo que nunca le he dedicado un “Miradero”. Tampoco es que corra prisa la cosa, o al menos eso espero y deseo. Pero, viendo últimamente algunas cosas que no me convencen, y considerando además que ese día es certus an, incertus quando, como solemos decir los juristas, creo que conviene dejar dichas públicamente algunas cositas.

Por un lado, y si para llegar a ese momento se diera la situación, debo decir que no tengo, por supuesto, ninguna gana ni interés especial en sufrir. Pero, dicho esto, asumo que el dolor es a veces consustancial a la enfermedad, a la vida misma o al proceso de la muerte. Nada tan humano como el dolor. En lo que médicamente se pueda paliar, bien está. Pero ya.

No quiero que, para acabar con mi sufrimiento, vayan a acabar con mi vida, por si llega el caso de que no pueda expresar mi voluntad y alguien pretenda interpretarla o sustituirla. De eutanasia, nada. Luchar por la vida mientras sea científica y humanamente asumible, aceptar el dolor si es inevitable, pero no sufrir gratuitamente. Tampoco hay prisa por irse al otro barrio: la eternidad puede siempre esperar un poquito.

Porque, tal y como están las cosas, uno tiende a pensar que empieza a ser conveniente un “testamento vital”, pero no para especificar que no se quiere ningún tipo de dolor, sino más bien para dejar meridianamente claro que lo que no se quiere es que le manden a uno al otro mundo antes de tiempo.

Y luego está el asunto de los funerales. No me preocupa para nada el destino de mi cuerpo, así que nada he de disponer al respecto. Pero sí el de mi alma, así que bien estará lo que se pueda hacer en ese ámbito.

Así las cosas, y aunque no creo que se dé el caso, nada de “funerales civiles”, ni gente diciendo públicamente tonterías, recordando anécdotas pretendidamente simpáticas o trayendo a colación banalidades con apariencia de cierta profundidad filosófica. No espero ni aspiro a que haya ninguna autoridad —al menos si me voy solito, pues no tengo importancia para ello—, pero, si la hubiere, que sea en la ceremonia católica. El Estado será laico, pero yo tengo mis creencias.

En definitiva, esto es lo único que pido: un cura católico, a ser posible “de a pie”, que encomiende mi alma, por si eso ayuda a llegar antes al Cielo, si es que es eso lo que merezco, cosa que no es posible pronosticar. Y, de los demás, si así lo creen conveniente y oportuno, una oración. Nada más.

Como me quedan unas líneas, y uno tiene también sus debilidades, estoy tentado de pedir que suene el Réquiem de Mozart, pero bueno, mejor lo dejamos, porque, después de todo, eso ya… ¡qué más dará! Y, llegados a ese momento, lo que uno piensa que más le gustaría es no molestar demasiado por aquí a nadie…