Vargas Llosa
Con todo lo que tenga de subjetivo y opinable, creo que nadie podría calificar como descabellada o fuera de lugar la afirmación de que este excelente escritor que nos ha dejado hace unas semanas era probablemente el mejor literato vivo en lengua castellana, aunque mucho más difícil sería señalar quién, tras su marcha, recoge ese testigo. Su obra fue ingente y ha abarcado muchas décadas, siendo protagonista en todas ellas, y fue probablemente junto a García Márquez el mejor exponente de eso que dio en llamarse el boom de la literatura hispanoamericana, que viene a iniciarse en los años 60 del siglo pasado. Como estas modestas columnas no pretenden nunca ser un artículo enciclopédico ni nada parecido, sino más bien una guía de mis impresiones, sensaciones y opiniones, no voy a realizar un análisis de sus obras, y ni siquiera le encuentro sentido a una enumeración más o menos exhaustiva, siendo además la mayoría generalmente conocidas. Pero diré que, junto a las imprescindibles como La ciudad y los perros, Los cachorros o Conversación en la catedral, yo siempre mencionaría Pantaleón y las visitadoras, que tanto disfruté y que tanto he recordado (o quizás mejor, recreado) en mis visitas a la Amazonía peruana, porque de alguna manera ese divertido texto refleja y da a conocer magistralmente esos ambientes, como muchos otros textos permiten conocer el ambiente del barrio limeño de Miraflores en los años 60 (que obviamente yo ya no he podido vivir) u otros lugares, sobre todo del Perú, que son en cierto modo otros personajes del genial escritor arequipano. Por lo demás, su estilo es único y también irrepetible, y eso le ha asegurado ya sin ningún género de dudas un lugar destacado en la historia de la literatura en lengua castellana y de las letras universales.
Pero hay que destacar también su condición de peruano y de español (y finalmente también dominicano), que le hace un magnífico exponente de la cultura hispana, profundamente híbrida, y del hermanamiento entre nuestras naciones, que nunca nadie podrá romper por más que se empeñe. Sus permios, méritos y distinciones son tantas que tampoco podríamos ni mencionarlas, pero además de destacar que muy pocos como él han sumado al Premio Nobel de Literatura, el Cervantes y el Princesa de Asturias, o la condición de miembro de la Real Academia Española y la francesa, debo y quiero destacar lo que muy pocos mencionarán en estas fechas, como es su condición de doctor honoris causa por la UCLM, aunque tal distinción engrandece sin duda más a quien la concedió, bajo el rectorado de Martínez Ataz en 2010. Al lado de todo lo anterior, su faceta política y su evolución ideológica, así como su -sin duda interesante- vida amorosa, tendrán ya interés para los biógrafos, o en la medida en que ayuden a entender su obra inmortal.
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