La belleza de la Iglesia

Para los católicos, es nuestra Santa Madre. Para cualquier otra persona, una institución cuyas opiniones pueden parecer más o menos atinadas o dignas de atención. Su capacidad de influencia, mayor o menor según los momentos y los lugares, es en todo caso notoria.

De lo que no cabe duda es de que la Iglesia católica es la única confesión religiosa fundada directamente por Jesús de Nazaret. Y lo hizo sobre la persona de Pedro, el discípulo que le había negado tres veces; una persona tan temperamental que, en una misma conversación, estaba dispuesto a negarse en redondo a que el Maestro le lavase los pies y, apenas unos instantes después, a pedirle que le lavase todo el cuerpo.

En definitiva, un pecador; un instrumento limitado y torpe, como todos aquellos de los que se ha valido Dios para difundir su Palabra a lo largo de la historia. Como todos los católicos, desde el Papa hasta el último de los fieles (en realidad, el Papa es el siervo de los siervos de Dios).

Dicho esto, y aunque todo pecado genera un daño en cierto modo irreparable, ciertamente ha habido algunos, cometidos por determinados miembros de la Iglesia, especialmente dañinos y execrables. Y aunque esas personas no representan a la Iglesia, y aunque el daño sea ya irreparable, es importante que la propia Iglesia intente, dentro de los márgenes posibles, cierta reparación.

Esta idea no ha quedado apartada durante la reciente visita de León XIV a España. Pero también ha habido muchas otras imágenes, encuentros, palabras y llamadas a la acción que nos muestran otra cara de la Iglesia.

El ser humano tiene virtudes porque es imagen de Dios y defectos porque es solo su imagen. Y algo parecido cabe decir de la Iglesia.

Lo cierto es que la presencia del vicario de Dios en la Tierra nos está dejando muchos momentos llenos de ternura y hermosura, así como numerosas palabras para la meditación y el recuerdo. Desde la bendición de los bebés hasta la que acaso haya sido la misa más multitudinaria oficiada en Madrid, pasando por el impresionante espectáculo de la bendición de la torre de Cristo de la Sagrada Familia.

Quizá el venerable Antonio Gaudí haya podido contemplarlo, asombrado y desde algún lugar del Cielo, comprobando no solo cómo su obra soñada se va terminando de hacer realidad, sino también cómo unos drones dibujan su propio perfil sobre el cielo de su amada ciudad.

Pero la imagen no es nada si no va acompañada de contenido, y no son pocas las ideas que quedarán para la consideración de muchas personas. Es casi imposible hacer una selección, pero creo que, sin duda, la idea central ha sido la encendida defensa de la dignidad de la persona.

Y esta ha estado presente tanto cuando León XIV ha recordado el valor de la vida humana “desde la concepción hasta su final natural”, como cuando ha afirmado que la dignidad “no conoce de pasaportes ni de fronteras”.

Ha habido, sin duda, mucha belleza. Pero, como señaló Antonio Banderas, no solo hay que buscar la belleza, sino también la verdad.