La copla que está en mi boca
Al final todos terminamos utilizando la inteligencia artificial. Consciente o inconscientemente, porque hoy en día ya es fácil no darse siquiera cuenta de que una respuesta a una búsqueda, consulta o pregunta, oral o escrita, no está siendo en realidad respondida por una persona o un simple motor de búsqueda, sino que al otro lado está la cada vez más omnipresente IA.
Y no es que quien esto escribe sea un apasionado de cualquier novedad, pero tampoco recelo por sistema, así que tiendo a adoptar una postura prudente, en la que primero trato de informarme bien y luego de ir probando poco a poco las utilidades de los avances tecnológicos.
Y es así como estoy en un proceso de lento aprendizaje en el que cada vez voy hablando más con la IA, preguntándole diversas cuestiones y debatiendo —y a veces discutiendo— con ella.
En este proceso, y como creo haber contado ya a mis lectores —muchos de los cuales lo habrán experimentado personalmente—, he ido descubriendo cómo la IA miente, a veces descaradamente, se inventa cosas y solamente si es descubierta se disculpa y busca una salida.
Está feo inventarse leyes, pero casi me parece peor inventarse —y estropear— versos de Garcilaso.
Por todo eso, mi primer consejo sería que no hay que preguntar a la IA solo sobre lo que desconocemos, sino también —y principalmente, al menos en el inicio de nuestra “relación”— sobre lo que sabemos a ciencia cierta.
Es así, y también por cierta curiosidad, como caí en una conversación que podría parecer surrealista con la IA, en la que el objeto del debate eran mis opiniones sobre diversas cuestiones jurídicas, así como la interpretación de mis libros al respecto.
Por ejemplo: qué piensa Díaz Revorio sobre la interpretación constitucional, o cuál es su clasificación de las sentencias interpretativas.
No diré, a decir verdad, que lo que me dijera la IA fuera disparatado, pero es evidente que incurrió en notorias carencias, lagunas e incorrecciones.
En otras cuestiones, sin embargo, mi primera impresión es que no se estaba “enterando” del todo bien de mis ideas.
Pero después de un rato charlando —o quizá debería decir perdiendo el tiempo— me dio por pensar que, si bien yo tengo claro lo que pienso, puede que no todo el mundo lo entienda como yo y que, en definitiva (y esta, por cierto, es una de mis premisas sobre la interpretación), no es el emisor, ni tampoco el receptor, el “dueño” del significado de un mensaje, ya que todo mensaje, como forma de comunicación, es necesariamente compartido.
Recordé entonces aquel verso de la canción de Jarcha:
“La copla que está en mi boca,
a punto de ser del viento,
qué lejos de aquella copla,
que estaba en mi pensamiento”.
Lo cierto es que la IA me quita una de las pocas cosas que me quedaban, como es la interpretación auténtica de mí mismo…


