El mal no prevalecerá
La primera alocución pública de un nuevo pontífice de la Iglesia católica suele marcar ya las líneas principales por las que transcurrirán sus pasos. A veces deja también frases para la historia. Si en el caso de Juan Pablo II la idea central, que luego repetiría muchas veces, fue aquella frase de “¡No tengáis miedo!”, creo que el primer discurso de León XIV, además de sus recurrentes alusiones a la paz, la caridad y el amor, puede resumirse con esta sencilla expresión: “El mal no prevalecerá”. Con esta idea nos exhorta inmediatamente a saber que estamos todos en las manos de Dios y que, por tanto, debemos caminar sin miedo porque “Cristo nos precede”. La verdad, no se me ocurre un mensaje más necesario, aunque acaso también más sorprendente e increíble, para este mundo en el que vivimos. Aunque probablemente toda generación tiene que afrontar sus propios temores e incertidumbres, vivimos unos tiempos particularmente inquietantes y convulsos, en los que el mundo parece perderse ante una continua amenaza, en los que no resulta fácil encontrar el camino. La proliferación de todo tipo de mensajes, informaciones y opiniones hace que, paradójicamente, cada vez sea más difícil encontrar la verdad. El populismo nos invade con ideas con las que aparentemente es fácil empatizar, pero que siempre nos confunden. La situación mundial es una continua amenaza para la paz.
En este contexto, no podemos dejar de ser conscientes de que hay bien y mal, y que continuamente presenciamos la lucha entre ambos. Pero si creemos y pensamos que Dios es todopoderoso, no podemos dudar de que el bien finalmente prevalecerá. No creo que ello deba llevarnos a desentendernos de esa lucha, a no tomar partido, a no posicionarnos con el bien. A fin de cuentas, ya dice el refrán que hay que estar “a Dios rogando y con el mazo dando”, pero dicho esto, nuestro espíritu no debería vivir en la inquietud, en la tormenta, en la permanente incertidumbre, en el miedo constante durante nuestro camino. Esto nos cuesta, porque diariamente presenciamos esa lucha continua, diariamente somos tentados para actuar en el lado equivocado, o incluso para adoptar una postura de indiferencia frente al mal y al dolor. No se trata de eso, desde luego. Pero aunque nos resulte tan difícil aceptar que el mal es solo la ausencia del bien y que ninguno de ellos existiría sin el otro, que nada de lo que sucede se le escapa a Dios y que, por tanto, Él permite todo lo que vemos… qué bueno sería que, en lugar de torturarnos por ello, aceptásemos que, si estamos al lado de Dios, nada debemos temer, y que por muchos que sean los motivos de zozobra e inquietud, y por grande que sea el mal que veamos, y por escasas que sean nuestras fuerzas para luchar… el mal nunca prevalecerá.
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