Hoy no sé si se pueden o deben decir estas cosas, pero la pura realidad es que muchos conocimos, quisimos ver y quisimos imitar a Robert Redford porque sabíamos que, para nuestra chica (o para cualquier chica de nuestra generación), no había ninguno más guapo y atractivo.

La única posible excepción sería Paul Newman, así que claro, si ambos eran protagonistas (El golpe, Dos hombres y un destino) la cosa era insuperable. Incluso alguien ha dicho estos días que, curiosamente, el joven Redford fue partenaire cinematográfico de algunas actrices oficialmente “no guapas” (Barbra Streisand, Meryl Streep), y que la pareja que le igualaba en ese terreno era precisamente Newman.

Es una forma de verlo, que implicaría por ejemplo dejar de lado la belleza clásica e incontestable de Jane Fonda. Pero el caso es que nosotros sabíamos que no teníamos comparación posible con él, aunque junto a unos remotos celos diluidos por la distancia, sobre todo sentíamos un deseo de imitarle de algún modo.

No sé si Redford serviría como emblema de eso que llaman “nueva masculinidad”, pero lo cierto es que fue el actor “guapo oficial” y prototipo de varón atractivo durante décadas. Y así fue como descubrimos al que, sin duda, es uno de los mejores actores de todos los tiempos, y probablemente uno de los últimos emblemas (junto al propio Newman) de la mejor época de Hollywood.

Algo que, sin duda, continuaría siendo cuando, años después y con el rostro picado y mucho menos atractivo, siguió protagonizando y dirigiendo películas. Prueba de que el saber hacer dura mucho más que la belleza, y también de que la elegancia no suele perderse.

Ahora se recuerdan sus muchas películas como actor (ninguna de las cuales, por cierto, mereció el Premio Óscar, que sí lograría con su estreno como director con Gente corriente, además del honorífico en 2002 por toda su carrera).

Como no tiene sentido que aquí las cite, y además estos comentarios míos son siempre subjetivos, diré que si tuviera que decir mis tres preferidas destacaría las dos ya mencionadas y, por supuesto, Memorias de África. Además, como era la favorita de mi chica, tuve que verla unas cuantas veces.

Aunque me generaba un punto de desazón, finalmente me encantó, porque trata el tema del amor y de la pasión como ninguna otra lo había hecho (hasta más tarde El paciente inglés), y porque muestra África como yo la soñaba y, desde entonces, quise conocer ese lugar y no paré hasta que pude ir.

También quisiera citar otra que casi nadie ha recordado estos días, como Habana, que aunque no deja de ser un remake de Casablanca pero con algo más de “perspectiva de género”, me atrapó desde el primer momento.

Y no me queda espacio para hablar de nada de la vida personal de Redford, pero no importa, porque lo que le ha hecho inmortal es todo esto que he contado.