Nuremberg

Los juicios de Nuremberg representan un hito fundamental en la historia contemporánea, por su profundo significado moral, político y jurídico.

En este último plano se produce una enorme paradoja. Desde cierto punto de vista pueden considerarse un avance esencial, precedente de muchos otros tribunales internacionales posteriores, y que por primera vez permitió juzgar crímenes de guerra y otros crímenes contra la humanidad ante una jurisdicción internacional; a diferencia de las situaciones anteriores, en las que los vencidos podían ser, sin más trámite, esclavizados, apresados o ejecutados sin juicio.

Pero, por otro lado, faltaban en estos juicios garantías imprescindibles en cualquier proceso penal:

  • los delitos no estaban tipificados previamente en el derecho internacional,

  • el tribunal no estaba predeterminado por la ley, siendo a todos los efectos un tribunal ex post facto,

  • no parece seguro que los acusados dispusieran plenamente de todas las garantías procesales,

  • y, hasta cierto punto, podría pensarse que fueron un pretexto para legitimar condenas gravísimas, en no pocos casos a muerte, algo que hoy también rechazan gran parte de las naciones del mundo.

Puede que desde una perspectiva de justicia, o desde la del derecho natural —para quienes crean en él— estos tribunales merezcan elogio; pero desde la perspectiva de las garantías procesales que deben presidir el ordenamiento positivo, evidenciaron graves carencias.

No es de extrañar que un hito histórico y jurídico tan trascendente haya generado su propia filmografía, comenzando por la gran película Vencedores o vencidos (1961), protagonizada por Spencer Tracy y Burt Lancaster, y siguiendo, por ejemplo, por el extenso docudrama del año 2000, con Alec Baldwin como actor principal.

En este contexto, cabe plantearse si tenía sentido una nueva película en 2025. La respuesta creo que dependía del grado de innovación y originalidad que esta pudiera aportar, y en el caso concreto del film dirigido por James Vanderbilt y protagonizado por Russell Crowe y Rami Malek, es indudablemente afirmativa.

La técnica y el enfoque resultan innovadores. Este film acaso no sea tan jurídico como los anteriores —aunque no deja de lado esa dimensión—, pero se centra principalmente en los aspectos psicológicos.

Hay que señalar que la película pone en evidencia las carencias jurídicas y garantistas de aquellos procesos y las irregularidades cometidas, hasta el punto de que parece que la decisión estaba tomada y solo había que revestirla.

En el aspecto psicológico, que es esencial, resulta impresionante la capacidad de seducción y convicción desplegada por un inconmensurable Crowe —que interpreta nada menos que a Hermann Göring— para transmitir, en suma, el inquietante mensaje de que cualquier persona podría llegar a semejante extremo de abyección