De libros
Medio en broma, medio en serio, últimamente, cuando recomiendo algunos manuales a mis alumnos, llevo al aula el libro en papel y les digo: “Os voy a mostrar algo que nunca habéis visto, uno de los últimos supervivientes de la «galaxia Gutemberg», tiene hojas de papel encuadernadas…”.
La realidad es que, seguramente, el libro en papel tiene la batalla perdida frente al libro digital, y si las nuevas generaciones siguen leyendo textos correctamente escritos y sugerentes en cualquier formato, no vamos mal… Yo mismo, desde luego, tengo ya una no pequeña colección de libros digitales, y conozco sus indudables ventajas: se pueden transportar cientos o miles con un solo dispositivo, se pueden leer en varios dispositivos, permiten hacer búsquedas, destacar, agrandar el texto con un solo movimiento de dedos, copiar y pegar para hacer una cita…
Sin embargo, ¿qué son esas ventajas racionales y prácticas frente a las ventajas emotivas, psicológicas y sentimentales del libro en papel?
Acaso la única ventaja realmente práctica del libro físico es que no necesita batería y que se puede leer sin molestia a la luz del sol. No son tan importantes al lado de otras características. El libro físico se percibe por más sentidos: tiene olor, tacto y hasta sonido en el paso de las páginas. Envejece como su propietario (aunque le suele sobrevivir), ocupa un espacio y, desde él, reclama su protagonismo.
A estas alturas de la vida sé que nunca leeré todos los libros que tengo, y ya apenas encuentro espacio para ellos en una estantería. Puedo comprar —y compro a veces— libros digitales… ¿Por qué, entonces, comprar libros en papel? Podría decir, sin mentir, que no puedo resistirme a ello. Pasé hace unos días por otra feria del libro y no pude evitar salir con una bolsa llena.
Pero, si lo pienso despacio, hay algo más. No se trata, ni mucho menos, de una compra compulsiva. El libro físico puede ser leído tan bien como el digital, pero de alguna manera deja más huella en el lector. Del libro físico hay un recuerdo físico; del digital, mucho menos.
La portada, la contraportada, el lomo de un libro en papel nos miran, nos interpelan, llaman continuamente nuestra atención. Un libro físico puede ser ojeado (y hojeado) sin dificultad, con un carácter plenamente aleatorio, sin la precisión de un buscador. En el libro digital, ojear y hojear vienen a ser exactamente lo mismo.
Si, finalmente, ese libro en papel nunca llega a ser leído, su existencia y su viaje a nuestra estantería siguieron teniendo sentido, porque se nos ofrece, nos brinda siempre la oportunidad, y su sola contemplación, el mero deseo de lectura, justifican su existencia.
La mejor herencia que podemos dejar, más allá de la transmisión de los valores y nuestra cultura, es una biblioteca en papel, que además no deja de ser portadora de lo anterior.



