Tragedia en Toledo
No suelo utilizar este espacio para escribir sobre ninguna tragedia. No solo porque nunca es grato ni cómodo, sino por esa sensación de impotencia, ese inevitable pensamiento de que, ante ese dolor y esa pérdida ya producidos y ya irreparables, poco se puede hacer y todo es inútil.
Las personas a quienes les ha tocado de cerca vivir esa situación suelen incurrir en ese pensamiento tan comprensible, que de algún modo todos compartimos.
A quien le tocó vivir la desgracia de un familiar o un ser cercano muy querido, le resulta casi imposible no pensar “¿por qué a mí?”. En cambio, quienes han sobrevivido la tragedia —por ejemplo, quienes viajaban en los trenes siniestrados y resultaron ilesos o solo ligeramente afectados— siempre tenderán a pensar “¿por qué a mí no?”.
En realidad, todos deberíamos compartir este último pensamiento. Si has viajado en esa línea siniestrada, o en cualquier tren, o en cualquier avión o en cualquier vehículo, el riesgo siempre ha acompañado a tu viaje de algún modo.
No suelo utilizar este espacio para escribir sobre ninguna tragedia, pero esta vez era inevitable.
¿De qué podría escribir hoy? Solo soy capaz de plasmar lo que me ronda por la cabeza en esta situación, que imagino que no es muy diferente a lo que se le pasa por la cabeza a cualquiera. Tanto más, cuanto más cerca nos haya tocado vivir ese dolor.
Aunque esto, obviamente, no responda a ninguna lógica ni ninguna razón, es imposible no sentir como especialmente cercana la tragedia sucedida en nuestra provincia, en ese camino entre Toledo y Ciudad Real que tantas veces hemos hecho, cerca de estos pueblos tan conocidos y queridos como Urda y Los Yébenes.
Y tampoco es posible eludir la pregunta, el sentimiento, el impulso de ¿qué puedo hacer?
Más allá de la ayuda material que esté al alcance, según el lugar donde te haya tocado vivir la tragedia —desde acudir al propio lugar para ofrecer ayuda, hasta donar sangre si procede en hospitales cercanos—, para el creyente esta pregunta siempre tiene la respuesta evidente, accesible, fácil e inmediata de la oración sincera.
Y me atrevería añadir que esta es, además, una respuesta eficaz.
La oración por las víctimas mortales, pidiendo que puedan estar contemplando a Dios, y para sus familiares y allegados, para que sean capaces de afrontar la situación con entereza.
Por supuesto, a pesar de todo lo anterior, es normal que no entendamos lo sucedido, porque probablemente lo sucedido no tiene ningún sentido.
Aun así, debemos de persistir en la oración y el ofrecimiento de nuestro apoyo, cada quien en su medida.
En fin, vivimos en sociedad, y desde luego la otra pregunta ineludible en estos casos es cómo evitar que esto vuelva a suceder, y en investigar qué responsabilidades existen por lo sucedido.
Y espero de verdad que estas encuentren pronta respuesta.


