Sacrificios

Como es sabido, la palabra sacrificio viene del latín sacrificium, que a su vez se compone de sacrum (sagrado) y facere (hacer). Se trata originariamente, así de “hacer algo sagrado”.

“Sacre” según el diccionario etimológico de Corominas, es voz común a lenguas romances y al árabe, y significa originariamente “ave de rapiña”, porque el calificativo de “sagrado” era aplicado por los autores clásicos como epíteto al halcón y al azor.

El sentido sagrado de la palabra se mantiene en la primera de las 8 acepciones de esta palabra en el Diccionario: “Ofrenda a una deidad en señal de homenaje o expiación”.

Por supuesto, además de ese significado, este término se utiliza también con un sentido mucho más amplio, como algo a lo que se renuncia o que se hace sin ganas, pero siempre para conseguir un bien mayor.

Por eso la acepción número 5 dice “peligro o trabajo graves a que se somete una persona”, pero de algún modo este sentido tan amplio puede englobar tanto cualquier “acción a que alguien se sujeta con gran repugnancia por consideraciones que a ello le mueven” (acepción 6), como un “acto de abnegación inspirado por la vehemencia del amor” (acepción 7).

Así que un sacrificio puede hacerse con gran disgusto o sufrimiento, pero también como algo hermoso, positivo, incluso sublime. Por supuesto, pueden darse las dos circunstancias a la vez.

En cualquier caso, no hay nada malo en hacer sacrificios, y en ocasiones son necesarios, porque en general ninguno de los más nobles dones y bienes en esta vida se suelen conseguir sin esfuerzos y renuncias.

Un candidato a presidente del Gobierno de un partido político (en un país del sur de Europa) ha inaugurado la precampaña electoral diciendo que el Ejecutivo que aspira a presidir pedirá sacrificios.

Esto lo decía aparentemente dirigiéndose a los ciudadanos de ese país, aunque quizá en primer lugar a los militantes y simpatizantes de su partido, que estaban allí presentes.

Como cabe imaginar, inmediatamente los candidatos de otros partidos políticos han arremetido contra él, criticando esta petición, que a su juicio anticipa futuros recortes, seguramente centrados en todo tipo de prestaciones sociales.

En realidad, nos hemos instalado hasta tal punto en la idea de que el Estado y el Gobierno han de dar todo a todos en todo contexto, que sueña extraña esa petición de sacrificios.

Pero, si bien lo pensamos, no hay en ella nada tan criticable, ya que en realidad parece más bien un ejercicio de sinceridad.

De una manera o de otra, con el trabajo, con el esfuerzo personal, con los impuestos, con el ejercicio de la solidaridad, en términos globales no cabe imaginar un mínimo nivel de bienestar sin cierto grado de sacrificio.

Lo contrario es proclamar el derecho al parasitismo social.

Lo curioso es que hemos llegado a tal situación que nos extraña que haya políticos sinceros.