Responsabilidad y libertad

Es la tendencia de los tiempos: de todo lo malo que nos pueda pasar es responsable el Estado, o una gran empresa, o siempre algún tercero.

Me parece que hoy encontramos demasiados ejemplos de situaciones en las que se parte de esta idea. Y una de ellas es la reciente demanda de varios Estados de Estados Unidos a Meta, finalmente cerrada porque esta, aun sin reconocer su responsabilidad, ha aceptado pagar una significativa indemnización.

Ciertamente, ha habido algunos cambios en la forma de funcionar de algunas de estas redes. Por ejemplo, en el caso de Facebook, el cambio de su algoritmo ha conseguido convertir lo que era un entrañable lugar de encuentro entre amigos y personas a las que conocías realmente en una red social centrada en la publicidad explícita de productos que el algoritmo ha deducido que te pueden interesar —obviamente, después de aprender a conocerte mejor que tu pareja, que tu familia, que tú mismo, con lo cual hay que reconocer las altas probabilidades de acertar en la elección de ámbitos, temas y productos que conviene anunciarte—, y también orientada a la difusión de reels triviales o variopintos de personas elegidas por el algoritmo.

Y hay que reconocer que incluso una persona adulta y madura —como se considera quien esto escribe— puede haberse visto involucrada en más de una ocasión en ese bucle infinito de minivídeos sobre cualquier tema en el que acaso puntualmente me interesé un instante, como puede ser la final del Mundial, por poner un ejemplo real.

Pero uno, precisamente porque cree tener la madurez suficiente, puede reaccionar ante esas situaciones.

Así, por ejemplo, me desinstalé la aplicación de Facebook en el teléfono inteligente y en la tableta, y desde entonces lo consulto solo cuando me parece realmente conveniente por algún motivo.

Y, sobre todo, jamás se me ha ocurrido pedir responsabilidades a Meta por ofrecer un servicio que “engancha” y puede ser tendencialmente adictivo, porque en mi opinión (¡oh!, tremendo escándalo) resulta que las empresas hacen lo posible por ofrecer productos que al consumidor le gusten y agraden, con el “intolerable” objetivo de ganar dinero.

Por lo demás, en su momento aquel cambio del algoritmo fue algo conocido.

Por supuesto, todo esto admite más dudas y diferencias cuando se aplica a los menores, pero ahí los Estados pueden poner límites de edad para participar en las redes sociales e imponer mecanismos para que ese límite se cumpla; y, desde luego, los padres tienen la responsabilidad de cuidar de lo que hacen sus hijos.

Hay que entender que, cada vez que trasladamos a alguien la responsabilidad de las consecuencias de nuestros actos libres, estamos negándonos a nosotros mismos la capacidad de decidir libremente.

Si no somos responsables, no somos libres.