Dar gracias
Uno querría dedicar el último artículo del mes de julio —y del curso— a un tema ligero, o al menos a algún suceso positivo. Pero la situación colectiva parece hacerlo imposible.
Desde que España ganó el Mundial de fútbol no encontramos una sola noticia positiva, al menos en ese plano común. A un incendio forestal le sucede otro y otro, y todavía no han parado cuando llega esa situación crítica en Ceuta.
Crítica para nosotros, como Estado que tiene que atender necesariamente a estas personas; y, por supuesto, crítica para quienes se juegan todo, incluso la vida.
En realidad, este tipo de noticias son recurrentes cada verano y, de algún modo, nos incomodan o perturban nuestro merecido descanso cuando las leemos en el periódico mientras estamos reclinados en la tumbona sobre la arena mirando al mar (aunque es verdad que esta imagen es cada vez más un tópico, no solo porque empieza a ser insólito el periódico en papel, sino porque algunos no tendemos a poner en práctica este tipo de escenas tan comunes).
El caso es que quizá deberíamos, más allá de esa ligera inquietud perturbadora, pensar en qué podemos hacer, cómo podemos ayudar y cómo podrían evitarse o mitigarse estas situaciones.
E incluso, en medio de la desgracia, a veces reconforta encontrar algún aspecto o valor positivo.
En los incendios, por ejemplo, advertimos el valor y el esfuerzo que, más allá de la exigencia del cumplimiento del deber, nos muestran tantos servidores públicos: bomberos, fuerzas y cuerpos de seguridad, miembros de la UME…
Y, cómo no, esos ciudadanos anónimos que arriesgaron todo para quedarse y salvar sus pueblos del avance imparable del fuego, cuando nadie llegaba a ayudar.
La grandeza y admiración que generan estos gestos hacen que se perciban todavía más pequeñas y ruines las palabras de algunos políticos que aprovechan estas situaciones para sus batallas particulares.
Pero bueno, comencé diciendo que de todos modos quería buscar algo positivo y, además del valor de tantos héroes anónimos, creo que esto podemos encontrarlo en unas palabras de Luis de la Fuente que han circulado estos días, en las que decía que cada día daba gracias a Dios por estar vivo.
Es difícil hacer esto ante la desgracia, pero siempre cabe pensar en que podría haber sido mucho peor.
Cuando hay pérdida de vidas humanas, esta actitud puede resultar casi incomprensible o imposible, pero no deja de ser admirable al menos la resignación o la entereza con la que algunas personas, gracias a la fe, logran afrontar estas situaciones.
Dios no ha hecho ganar a España el Mundial para atender las oraciones del seleccionador; tampoco es el responsable de ninguna desgracia, pero a veces no entendemos cómo las permite.
De todos modos… qué hermoso es poder darle gracias cada día que amanecemos vivos.
Hasta muy pronto, queridos lectores, si Dios quiere.


