Memoria y academia

La polémica generada alrededor del congreso sobre la guerra civil española (que ha tenido que ser aplazado porque algunos de los participantes, después de confirmar su asistencia, han querido boicotear el evento porque no les gusta “compartir cartel” con otras personas) pone de relieve algunos de los problemas arraigados de este momento.

Parece que, para algunos, ciertos temas solo pueden ser abordados si nadie se separa de la línea semioficial, de lo políticamente correcto, de lo que quieren marcar algunos poderes o de lo que ellos quieren decir. Este tema de la llamada “memoria democrática” tiende a ser uno de ellos.

Cerca de cumplirse un siglo de la llegada de la Segunda República, parece llegado el momento en el que esta, y la posterior guerra civil, puedan abordarse con criterios históricos rigurosos, o desde la perspectiva de la ciencia política, el derecho o cualquier otra ciencia, sin temor a cancelaciones, represalias o censuras. Y también, por supuesto, desde distintas perspectivas ideológicas, se compartan o no.

Otro tanto puede decirse de la transición, de cuyo inicio conmemorábamos hace pocos meses el medio siglo, y que sin duda va a ser objeto de merecidos estudios en congresos y libros en estas fechas. Este año conmemoramos 50 años desde la elaboración y el referéndum de la Ley para la Reforma Política; el próximo, el de las primeras elecciones democráticas; para culminar en 2028 con el medio siglo de la Constitución.

Aunque existe muchísima bibliografía ya sobre todos estos acontecimientos, desde la perspectiva histórica, jurídica y política, por supuesto queda mucho que debatir y, sobre todo, tiene interés preguntarse por el valor que hoy tiene todo ese proceso como referencia importante.

Me honra codirigir un proyecto financiado titulado Identidad constitucional y memoria democrática, cuyo desarrollo va a coincidir en buena medida con todo este proceso. Si algo tengo claro es que ha de haber un amplio espacio de libertad académica para el estudio y el debate de todas estas cuestiones, de cara a extraer conclusiones relevantes y no basadas en prejuicios.

Por lo demás, es imposible compartir algunas visiones políticas que tratan de reducir la memoria democrática al recordatorio nostálgico de la Segunda República como una especie de período de democracia perfecta y plena, nunca antes conocido y nunca después superado, mientras que la transición del franquismo a la democracia no dejaría de ser un proceso imperfecto que heredaría demasiados condicionantes impuestos por el dictador.

A veces me parece que algunos alumnos que recibimos no tienen mucha más noción de nuestra historia contemporánea. En todo caso, una regla que siempre he seguido en todo evento académico ha sido la del pluralismo y el respeto a todas las opiniones. Y no pienso abandonarla.