Magnifica humanitas
Magnifica humanitas
La primera encíclica del Papa León XIV no puede llegar en un momento más oportuno, y las últimas noticias sobre los riesgos y amenazas de la IA solo acrecientan su interés y actualidad.
Como la mayoría de los textos de este tipo, está dirigida en primer lugar a los católicos y a los cristianos, pero, más ampliamente, a todas las personas de buena voluntad.
Me parece que la trascendencia de la carta es tal que, con independencia de las creencias de cada quien, y por supuesto de los mayores o menores acuerdos, desacuerdos o incluso críticas posibles, no sería completo un análisis de los problemas que trata sin considerar, al menos como contexto, esta opinión cualificada sobre el tema.
De la misma manera que, por poner un ejemplo, los juristas podemos utilizar en ocasiones las aportaciones de filósofos, sociólogos, politólogos o de la doctrina moral para contextualizar o complementar el enfoque jurídico —todo ello, desde luego, sin abandonar la perspectiva y la metodología propia de nuestra ciencia—, también resulta relevante conocer y, en su caso, considerar y citar un texto de este tipo.
Su análisis requeriría un espacio mucho más amplio del que dispongo en lo que queda de columna, pero creo que puedo apuntar sus tres líneas fundamentales.
La primera, la explicación, recuperación y actualización de la doctrina social de la Iglesia, que, como sabemos, comenzó con su predecesor León XIII —y así se aprecia que la elección del nombre que llevó a cabo Prevost al ser elegido Papa no es casual— en la encíclica Rerum novarum, y desde entonces han desarrollado casi todos los pontífices.
Esta doctrina forma hoy un corpus original, con sus peculiaridades, que no cabe confundir, desde luego, con la axiología del liberalismo ni del capitalismo, pero tampoco del socialismo.
En esta doctrina, como recuerda León XIV, no es concebible la subsidiariedad sin la solidaridad, pero tampoco la solidaridad sin la subsidiariedad.
La segunda línea supone el posicionamiento ante la IA, que no es, ni mucho menos, de rechazo absoluto, sino de rotunda exigencia de que se ponga en el centro al ser humano y, por tanto, su dignidad —y aquí hay incluso una cita de la Declaración Universal de los Derechos Humanos—, con todo el valor que este tiene, pero también con plena asunción de su finitud.
Hay, por ello, un inequívoco posicionamiento contrario al transhumanismo y al posthumanismo:
«Para eliminar totalmente el dolor sería necesario, a fin de cuentas, apagar también el amor y el deseo».
En fin, la tercera línea, que no está tan apartada de las dos anteriores, se refiere a la guerra, o mejor dicho, a la «civilización del amor» como respuesta a esta.
El Papa busca aquí una posición de «sano realismo, que evite tanto el idealismo político como el cinismo».
Y, desde luego, propone no dejar jamás decisiones morales en manos de la IA.


