Tomás y Valiente
Fue en los años 90 del siglo pasado. Conocí a Francisco Tomás y Valiente en un curso de verano en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander (no puedo dejar de recordar, aunque sea entre paréntesis, los gratos recuerdos de aquellos cursos durante los veranos de mi carrera y posteriores…).
Él dirigía el curso; yo era cursante, y el secretario académico era mi maestro Eduardo Espín, lo cual nos permitió, a mí y a alguna otra alumna, pasar no pocos ratos relajados de tertulia sobre los más variados temas con los profesores Espín y Tomás y Valiente.
Del curso, la verdad, apenas recuerdo que se centraba en el Estado autonómico y que tuvo entre sus ponentes a José Bono y a Miquel Roca. Pero de esas conversaciones off the record mantengo nítidos recuerdos, que no debo contar aquí, pero que fueron de enorme utilidad para mi tesis y para entender los motivos que están detrás de algunas de las más famosas sentencias del Tribunal Constitucional en aquella época; aunque inmediatamente debo añadir que, desde luego, tampoco en esas conversaciones el exmagistrado del Tribunal Constitucional contó nada que no debiera.
El caso es que durante aquella semana conocí a un Tomás y Valiente —“Paco Tomás” para sus colegas y amigos más cercanos, aunque para mí fue, por supuesto, don Francisco— sorprendentemente cercano, locuaz, agradable, absolutamente caballeroso, interesado en el tema de mi tesis e implicado en la gestión de aquel curso y en la convivencia y el mejor servicio a los cursantes. Todo lo cual no dejó de sorprender bastante a aquel joven profesor ayudante de Toledo que todavía tenía una imagen de los catedráticos (y de los magistrados del TC) bastante rígida y distante.
En aquel año de 1993, el expresidente del Tribunal Constitucional acababa de regresar a su despacho de la Universidad Autónoma de Madrid. Se publicó que renunció a ser ministro, volviendo a la vida de catedrático, sencilla y humilde si la comparamos con esas otras alternativas. Ya era un académico consolidado, autor de publicaciones de primer nivel en el ámbito de la Historia del Derecho, pero también en el Derecho Constitucional.
Poco después —hace en estas fechas exactamente 30 años—, en esa misma universidad, en su despacho abierto al que cualquiera podía acceder, dos viles pistoleros de la banda terrorista ETA lo asesinaron cobardemente, cercenando miserablemente una trayectoria académica impecable y una vida humana: la vida de un hombre sencillo, de un maestro excepcional, de un demócrata ejemplar.
Ninguna muerte tiene sentido, pero después de la suya se vivió como nunca un movimiento de repulsa al terrorismo que se mantendría hasta el fin de ETA. Recordar su aportación y la de tantos otros demócratas que pagaron con su vida el serlo es el deber central de toda “memoria democrática”.


