Aunque los peruanos prefieren decir “el Cusco”, que es su nombre oficial, derivado del quechua Qosco o Quscu y utilizado por los conquistadores españoles, hoy en España seguimos diciendo y escribiendo “Cuzco”, denominación utilizada en los siglos XIX y XX. Dejando a un lado las dudas sobre denominaciones y etimologías (se supone que su nombre quechua significaba “ombligo”, lo cierto es que estamos ante una ciudad absolutamente inolvidable, que deja huella en todo visitante, no solo por su espectacular monumentalidad, sino especialmente por las sensaciones que transmite al viajero. Es una ciudad cargada de historia y de sentimiento, y eso es algo que se respira en cada rincón. Yo tuve la suerte de que la que también es llamada (como Toledo) “ciudad imperial” me declarase visitante distinguido, y siempre la llevo en el recuerdo.

 

Sin duda estamos ante una de las ciudades coloniales más espectaculares de Hispanoamérica. La Plaza de Armas es una verdadera maravilla, cuyo encanto se acentúa todavía más con la iluminación nocturna. La Catedral o la iglesia de la Compañía son, como en otras ciudades coloniales, algunos de sus templos más significativos. Pero a diferencia de lo que sucede en otros lugares cuya historia comenzó con la conquista, en Cuzco uno se pregunta constantemente por el esplendor previo a la época de la colonia, del cual en la misma ciudad quedan sólo algunos vestigios, como en la calle Hatum Rumiyoc, sobre los cuales se alzan majestuosos templos o palacios de época colonial. Y así, paseando por sus callejuelas llenas de encanto, contemplando sus atractivos miradores, cabe imaginar como sería la ciudad más llamativa y rica del continente, la capital del poderoso imperio inca, antes de la llegada de los españoles. No muy lejos de la ciudad se encuentran algunos importantes yacimientos arqueológicos que nos ayudan a representarnos aquel pasado, y en especial el archiconocido Machu Pichu, cuya visita, incluyendo el viaje el tren desde Cuzco, es acaso el recorrido más imprescindible de toda América latina. Al llegar allí, las emociones desplazan a los pensamientos, y es posible que las lágrimas empañen una vista que parece casi increíble, acentuando una cierto aire de irrealidad.