Mis lectores más asiduos saben que soy europeísta convencido, no solo porque siempre he creído en el proyecto europeo, sino también porque pienso que para España ha sido y es sumamente positivo. Acaso, como ya he escrito alguna vez, formar parte de Europa haya sido lo mejor que nos ha sucedido en toda la Edad Contemporánea, junto al sistema constitucional que nos dimos en 1978. Dicho lo anterior, tampoco he ocultado los “peros”, las decepciones y las desesperaciones que han acompañado y acompañan a este proceso, tan ilusionante como lento, a veces aburrido y casi siempre altamente burocratizado. Y en los últimos años no llevábamos muy buena racha. El proyecto parece estancado en muchos sentidos, desde el fracaso de la Constitución Europea, y desde el mucho más modesto Tratado de Lisboa no se aprecian pasos adelante significativos. Al contrario el Brexit no ha dejado de suponer una decepción, y tras una gran crisis económica, hemos tenido que afrontar la actual crisis múltiple provocada por el coronavirus, que desde el punto de vista del proyecto europeo estaba suponiendo un auténtico “sálvese quien pueda”, caracterizado por la falta de medidas comunes, y la vuelta al protagonismo de una soberanía estatal que siempre ha estado ahí, y que ha provocado la inmediata recuperación (aunque sea temporal) de todas las fronteras interiores, y la vuelta plena a cada Estado como centro de decisión, sin que se apreciase coordinación por ningún lado.

En este contexto, creo que en la reciente cumbre para planificar la recuperación económica y adoptar las medidas necesarias de financiación, la Unión Europea se la jugaba por completo. No se habría recuperado del golpe que habría supuesto la falta de acuerdo. Y en efecto, una vez más, Europa ha estado ahí. El acuerdo puede calificarse sin duda como histórico, y enormemente positivo desde el punto de vista de la cohesión y la solidaridad europea. Dicho esto, todo ha sucedido… como suele suceder en Europa. Reuniones extenuantes, negociaciones intensas, defensa acérrima inicial de posturas aparentemente irreconciliables, y finalmente… acuerdo in extremis, en el que nadie consigue exactamente lo que se proponía, pero con el que todos pueden estar razonablemente satisfechos. Para España, creo que podemos valorarlo en una posición intermedia entre el triunfalismo absoluto de unos, y las críticas a toda costa de otros. Resultan bastante aburridas esas posiciones extremas, y más valdría explicar con rigor y objetividad el acuerdo. Se consigue una financiación sin precedentes, pero desde luego hay que devolver una parte, hay condiciones, controles… y hay un sistema de posibles frenos siempre abierto. Así que, aunque el acuerdo es positivo, el verdadero éxito vendrá si se ejecuta bien y se emplean los fondos con rigor y con medidas creíbles y productivas. Creo honestamente que es el momento de dejar de lado la “tentación populista” tan presente en parte de este Gobierno y en alguno de sus socios, y gestionar estos fondos para una verdadera recuperación, desde el acuerdo entre los partidos constitucionalistas (que son, al tiempo, los más europeístas). Será la mejor fórmula para cumplir las exigencias y superar los controles que, sin duda, nos van a aplicar desde Europa, pero también para una salida real de esta crisis económica en España.

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