Nicaragua

Es lamentable tener unos valores y ser, a veces, incoherente con ellos. Pero es peor carecer de valores, porque al menos, en el primer caso, hay un parámetro para señalar lo que es ilegítimo. Negar que -dejando al lado alguna excepción pintoresca- los valores democráticos y los derechos humanos son una aportación cultural de occidente sería tan absurdo como pensar que, por ello, no pueden pretender una validez universal. Esa universalidad la da la aceptación voluntaria del conjunto de naciones del planeta, manifestada sobre todo en la obra de Naciones Unidas. Con todo, la incoherencia, incluso la hipocresía, de occidente, han sido cada vez más notorias. Pero de ahí estamos pasando a algo todavía peor: una actitud absolutamente claudicante, y la sustitución del mundo que conocíamos por otro en que esos valores no parecen tener ninguna importancia. Antes cabía criticar que occidente actuase en unos casos, pero no en otros similares; ahora no dejamos de contemplar el total abandono en la defensa de esos valores. Afganistán ha sido quizá el caso emblemático, que pone de relieve, además, que no hay nada que vaya tan mal que no sea susceptible de empeorar. La Unión Europea estudia con desesperante lentitud qué hacer ante los retrocesos democráticos notorios en algunos de sus países miembros, como Polonia o Hungría, pero prácticamente ya no hay respuesta fuera de sus fronteras. Así, en Venezuela, más allá de un reconocimiento teórico de la legitimidad de un Gobierno, y de la negación del reconocimiento del Gobierno con quien se mantienen relaciones, poco se ha hecho.

Y ahora Nicaragua. Para mí es un caso muy cercano, pues aunque solo he estado una vez en suelo nicaragüense, gracias a algunas personas muy especiales este lugar forma parte de mi biografía, y el sufrimiento y la injusticia que sufren sus ciudadanos me resulta especialmente próximo. Pero, en fin, estamos en lo que últimamente es lo habitual: prácticamente nadie ha reconocido legitimidad a estas últimas elecciones, y actualmente es imposible calificar este país como democrático. Pero tampoco nadie hace nada, lo que hace presagiar que el régimen autoritario instaurado se perpetuará. Parece que hay que aceptar la ausencia de democracia como algo normal. Y si alguien dice algo, se le puede contestar que hace demasiado tiempo que China, que va a pasar a ser primera potencia mundial, no tiene un régimen mínimamente democrático, y a ver quién se atreve a “toserle”. Es bastante triste: algunos hemos nacido en un mundo lleno de contradicciones, pero que sabía cuáles eran sus valores. Pero… nada hay que no pueda empeorar, y claramente avanzamos a un mundo peor.

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