Calle con mucho encanto por su historia y por su presente, que va ascendiendo, con la característica forma empinada de tantas callejas toledanas, desde la Plaza Mayor hasta la de la Magdalena por un lado, o bien hasta la calle del Comercio por la cuesta de los Portugueses o la Plaza Solarejo. Su nombre nos evoca, como tantos otros, el de los gremios o profesiones medievales que aquí tuvieron sus establecimientos, en este caso los torneros; aunque más modernamente también ha sido conocida popularmente como “calle de las Pescaderías”, por las muchas que aquí ha habido y aún existen.

 

Desde el punto de vista histórico-artístico, probablemente lo más destacable de esta calle es la mezquita de Tornerías, que posee no pocas peculiaridades y atractivos, entre otras la singularidad de no estar al nivel de la calle por el acceso que da precisamente a Tornerías. Merece sin duda una visita, ya que es, junto a la más famosa del Cristo de la Luz, la mejor conservada de todas las que hubo en Toledo.

 

Pero, al igual que he hecho al referirme a otras calles, quiero destacar en ésta su aspecto y vida actual, y sus típicos establecimientos. En este sentido, a las tradicionales pescaderías se unen ahora farmacias, tiendas de ropa y calzado, o tiendas de comestibles. Y particularmente, ese establecimiento encantador que lo mismo vende frutos secos o “chucherías”, que disfraces o complementos carnavalescos, y que se mantiene desde hace muchos años a pesar de las evidentes dificultades con las que hoy cuenta el pequeño comercio en casco histórico, salvo los establecimientos dedicados a restauración o damasquinado. Esta pequeña tienda, junto a alguna otra de las “clásicas” en la calle Tornerías, me transmite esa sensación de que el tiempo se hubiera parado y pudiera conservarse el sabor tradicional de aquel centro histórico “vivo”, que era a su vez el auténtico centro de la actividad comercial, con sus pequeñas tiendas que ofrecían servicio a muchos más residentes de los que hoy quedan en el casco. Y me evoca, como testigo mudo de otra época, mi cada vez más lejana infancia, en la que diariamente recorría esta calle camino de la plaza de Zocodover, y me detenía acaso en esa precisa tienda, o en la panadería ubicada en lo más alto de la calle.