Uno de los debates políticos de las últimas fechas tiene que ver con los derechos de los pijos, y especialmente con su libertad de manifestación. Al parecer, para algunos, lo intolerable de las manifestaciones de protesta contra el Gobierno que se extienden por todo el país es, por encima de cualquier otra circunstancia, que en ellas participen (al parecer exclusivamente) pijos. Ciertamente, no parece que la cuestión se plantee en términos de un problema de titularidad de derechos fundamentales, sino de condiciones de ejercicio. Por el momento, no se ha negado expresamente a los pijos la condición de seres humanos. Pero lo que no se puede admitir es que gente del madrileño barrio de Salamanca pretenda salir a protestar en idénticas condiciones que quienes viven en barrios humildes. Los pijos llevan esos insultantes palos de golf (por supuesto, no importa que sean solo una ilusión óptica de algunos, seguramente generada por el deseo de que todo resulte un cuadro perfecto que logre satisfacer su deseo de odio social). Y lo que ya está absolutamente fuera de lugar es esa deleznable apropiación de la bandera de España que llevan a cabo estos pijos. Acaparan todas las enseñas rojigualdas, y no han dejado ninguna para los demás. Eso no puede quedar impune, aunque supongo que el Gobierno podría arreglarlo, como todo, fijando precios máximos para estas banderas.

 

En cuanto a los escraches… si los llevan a cabo pijos ya no merecen ese digno y prestigioso nombre. El derecho a hacer escraches es un derecho reservado solo a algunos colectivos. Los que saben de esto han dado la definición precisa de escrache: “Concentración de gente humilde a la que le han quitado la casa y dejado en la ruina una panda de ladrones de cuello blanco”. Como es evidente, es imposible utilizar esa denominación para una “concentración de pijos pudientes y maleducados y algún que otro simpático neonazi”.  La denominación, utilizada para lo que algunos han llamado “jarabe democrático” lleva, ínsita en su propio concepto, una clara prohibición en cuanto a la titularidad del derecho. Así que ya saben, no es que algunos sean incoherentes. No es, tampoco, que el orden público no se viera en absoluto afectado (salvo para algún facha) en los peores días de la pandemia en los que no era posible prestar adecuadamente el servicio de salud, pero sí ahora. Es, simplemente que los derechos no son iguales para todos. Son “para la gente humilde”. Incluso el virus parece implicarse en esta especie de discriminación positiva, de manera que se expande mucho más en las concentraciones de pijos que en cualquier otra. En fin… otro día, un poco más en serio, trataré de explicar qué permite, y qué no, la libertad de manifestación en esta situación. Pero a todos.

 

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