El carácter y la fisonomía de San Petersburgo se entienden mejor si se tiene en cuenta su curioso origen. Como posteriormente ha sucedido con otras ciudades, San Petersburgo fue expresamente creada “ex novo” para establecer la capital del imperio. En efecto, en 1703 el zar Pedro el Grande ordena comenzar la construcción de una ciudad en un lugar en principio inadecuado, en la desembocadura del río Neva, entre marismas y lodazales. La ubicación representa un intento de afianzar para el imperio un territorio que anteriormente había pertenecido a Suecia. Y en este singular empeño no se escatimaron esfuerzos: decenas de miles de obreros acudieron cada año para colaborar en la construcción de la nueva ciudad, y los más inteligentes diseños de ingeniería fueron necesarios para lograr asentar los edificios sobre un terreno tan inestable. Pronto la ciudad había superado en importancia y población a Moscú, que no recuperaría la capitalidad hasta 1918. La relativa modernidad de esta ciudad la permitió tomar referencias europeas en su diseño, como Venecia o Amsterdam en cuanto a su construcción entre islas y canales y, sobre todo, París como modelo a superar.

 

Así se entiende que hoy podamos en San Petersburgo disfrutar de un auténtico museo barroco al aire libre, caracterizado por los nobles edificios y los elegantes canales. La ciudad sorprende aún por su cuidado lujo y su apabullante esplendor. Cualquiera de sus catedrales (San Pedro y San Pablo en la fortaleza de igual nombre, San Isaac o la Santísima Trinidad) son templos valiosos que merecen una visita, pero para mi gusto es San Salvador sobre la Sangre Derramada la iglesia que constituye un auténtico “capricho”. El Hermitage es sin duda uno de los museos imprescindibles de Europa. Y en fin, no hay que dejar de visitar el espectacular Palacio de Pedro el Grande, que compite con Versalles en esplendor y elegancia, ni de recorrer la Perspectiva Nevski, una de las avenidas más famosas e interesantes. Un conjunto, en suma, imprescindible, que requiere un recorrido con el mayor tiempo posible para disfrutarlo.