Tendemos a creer que la fotografía guarda una relación directa y unívoca con la verdad, de manera que constituye un mero reflejo de esta. Pero no es así. Nunca ha sido así, y no solo desde que existe Photoshop. La relación entre fotografía y verdad es un tema recurrente y siempre presente entre los interesados en esta materia. Entre nosotros, son ya casi clásicos los trabajos de Joan Fontcuberta. Y esa relación es también particularmente intensa con lo que se solemos llamar “postverdad”: nada hay más eficaz para transmitir una idea fuerte con la que muchos empatizarán con entusiasmo, que ofrecer una imagen convenientemente “orientada” en su toma, edición o contexto. Pero, de todos modos, si la fotografía es técnicamente la captación, plasmación y “congelación” de una imagen (luz) en un soporte (negativo, papel, un sensor, un archivo…) cabría esperar que guarde cierta relación con la realidad. Por eso es frecuente entre los fotógrafos el debate sobre la conveniencia de establecer límites posibles a cualquier labor de creación y edición fotográfica. Yo creo que para responder a esta cuestión hay que distinguir: en la creación artística me parece que no debe haber esos límites, o al menos han de ser enormemente flexibles: por ejemplo, cabe toda manipulación, siempre que se advierta, explícita o implícitamente, que esta existe. Pero en la utilización de la imagen con fines informativos, sí tiene que haber límites claros en cuanto a que esta foto cumpla su función, tratando de no alterar la realidad. El problema es que, aunque esto excluiría lo que puede denominarse “manipulación”, nunca se puede evitar la subjetividad del autor. Todos sabemos que, sobre el mismo objeto y en el mismo momento y situación, cada una de las personas de un grupo captará una foto siempre diferente. Ya la mera elección del objetivo es ya una elección subjetiva, si se me permite el juego de palabras.

 

En los últimos días hemos encontrado algunos claros ejemplos de lo que digo. En primer lugar, una toma de la gente en una playa de Barcelona, en los primeros días en que se permite la salida, ha generado cierta polémica, pues la utilización de un teleobjetivo y una concreta perspectiva hacía que transmitiera una impresión de intensa cercanía entre las personas, que aparentemente quedaba desmentida con una toma cenital que mostraba las distancias “reales”. Pero en realidad el autor no alteró ni manipuló nada, simplemente captó la toma con un “objetivo” determinado -valga el doble sentido del término-. Poco después, un diario nacional ilustraba una entrevista a Isabel Díaz Ayuso con varias fotos que han generado gran cantidad de comentarios y críticas, porque aparentemente también transmiten una imagen de luto o duelo que algunos han imputado a determinadas intenciones de la modelo. Pero no, aunque la captación de la imagen de una persona depende de la idea y la voluntad de esta, y del autor, es este último quien domina la creación y el mensaje subyacente a esta. No hay ninguna manipulación en ninguno de los dos ejemplos, pero sería ingenuo ignorar que ambos responden, en su captación y en su edición, a una finalidad determinada: transmitir un mensaje, o al menos, una concreta visión de la realidad. Y esta visión solo puede ser subjetiva. Desde el punto de vista de la captación de la realidad, nada hay que objetar a estos fotógrafos (ni a los medios que transmiten estas imágenes, aunque en el segundo caso la entrevista se encabeza con un titular que sin duda busca también una finalidad muy concreta). Seguramente, tampoco hay nada que objetar a Goya cuando pintó “La familia de Carlos IV”, pero intuyo que más de uno de los retratados quedarían algo “mosqueados”…

 

Fuente de las imágenes: https://elpais.com/ y “El Mundo”, 10 de mayo de 2020.