Plaza singular por su forma, por su historia, y por algunos interesantes lugares que en la misma se encuentran. Que tenga forma irregular no sería noticioso en una plaza toledana, pero en este caso la irregularidad es especialmente acusada, y afecta no sólo a su caprichosa configuración, sino a la comunicación con los lugares próximos (particularmente con el corral de don Diego) y sobre todo al propio suelo que realiza un pronunciado descenso desde las calles Barrio Rey y la Magdalena, hasta la comunicación con Tornerías. En cuanto a su historia, esta plaza se vincula, tras la reconquista de la ciudad por Alfonso VI, a los francos, que habían ayudado a este Rey, y recibieron casas en esta zona, que fue llamada el Arrabal de los Francos, contando con autoridades y fueros propios. En el siglo XIII se situaba aquí el “zoco de los cambistas”, próximo a una alcaicería, y que tenía establecimientos para el comercio de productos de lujo; la zona mantuvo durante siglos su actividad comercial, unida a la función residencial.

Los edificios de interés, que no son pocos, dan fe de esa historia. Para empezar, la iglesia de la Magdalena, reconstruida de forma no muy afortunada en 1946 tras su destrucción en la guerra, tiene su origen en el siglo XI y estaba vinculada al mencionado barrio franco; era una iglesia mudéjar que tuvo sucesivas reformas en los siglos posteriores. Frente a la misma está el casino, edificio de 1923 que todavía muestra secuelas de la guerra civil, y que fue construido en  un estilo historicista tan del gusto de la época (podemos citar que es casi contemporáneo de la neomudéjar estación de ferrocarril). Y justo en la otra punta de la plaza es de destacar, por supuesto, el corral de don Diego, interesantísima muestra de cierta morfología urbana, formada por un patio rodeado de casas, al que se accede por un gran portal adintelado y abierto desde la propia plaza de la Magdalena, y que ocupa el lugar donde estuvo el llamado Palacio de Trastámara, construido en el siglo XV por don Diego García de Toledo, señor de Mejorada y hombre de confianza de Enrique II.  En fin, estos y otros edificios permanecen como mudos testigos de la historia, mientras la plaza que algunos conocimos hace décadas, activa, concurrida y transitada, y con numerosos vestigios de su histórica actividad comercial (es ineludible citar la tienda de Bahamontes, entre otros locales interesantes), languidece y pierde vitalidad poco a poco, como tantos otros lugares del casco.