Cada uno cuenta la feria como le ha ido en ella, y después de cada proceso electoral, entre quienes no han ganado encontramos siempre dos tipos de actitudes: o tratar de minimizar el significado de la derrota, destacando lo positivo, el crecimiento de escaños o “el vaso medio lleno”, o tratar de explicar esa derrota, o su magnitud, por causas externas, entre las que el sistema electoral ocupa casi siempre el protagonismo. Es muy curioso como muchos que en su día lo criticaron, ahora han cambiado su objetivo, y así, quienes no hace tanto hicieron del lema “no nos representan” una especie de mantra que centraba todos los problemas en nuestro sistema electoral (y hace todavía menos llamaban a movilizarse frente a la actuación de un Parlamento recién elegido), ahora no ven problema alguno en él, sino que más bien centran sus críticas en el hecho de que los representantes -ahora sí, al parecer democráticamente elegidos- mandan menos que otros “poderosos”, en especial los banqueros y las empresas energéticas, que son hoy la cusa de todas las injusticias y déficits de nuestro sistema. Pero, a cambio de eso, hoy son otros los que se quejan de los problemas de nuestro sistema electoral, señalando especialmente dos efectos que produce: penaliza la dispersión del voto entre diversos partidos que más o menos pueden compartir una amplia franja ideológica; y penaliza también a los partidos minoritarios que reparten sus votos de forma más o menos homogénea en todo el territorio nacional, “perdiendo” de algún modo una parte significativa de los sufragios.

Ya he escrito sobre este tema en varias ocasiones en este mismo espacio (por lo demás, poco adecuado para reflexiones profundas), y no me gusta repetirme, pero sé que parte de mis lectores esperan mi comentario objetivo sobre esta cuestión. Lo haré sintéticamente, diciendo solo tres ideas: 1) la queja tiene fundamento, pues es cierto que nuestro sistema (no tanto la regla D´Hondt, sino sobre todo su combinación con el tipo de circunscripciones que tenemos en el Congreso) produce esos efectos, que en este caso han hecho que cada escaño haya “costado” muchos más votos a Vox o Podemos (pero también a Compromís) que al PSOE (pero también le ha salido “barato” a Navarra Suma, al Partido Regionalista de Cantabria, Bildu o el PNV). 2) Es verdad que esto se sabe desde siempre, y no se cambia nunca, y ello obedece a que los que más votos obtienen en toda España, siempre salen beneficiados, y la mayoría de los nacionalistas también, con lo cual los que podrían impulsar el cambio pierden interés en hacerlo. También son perfectamente conocidas diversas alternativas que darían resultados mucho más proporcionales, desde la circunscripción única (o al menos una circunscripción autonómica) hasta sistemas con doble lista. En todo caso, el otro efecto -la penalización de la dispersión del voto- también se puede evitar, o al menos mitigar, si las fuerzas más afectadas se hubieran presentado en coalición preelectoral, y esto era perfectamente conocido. Normalmente, cuando esta unión no se produce, tienden a hacerla los electores con el tiempo, como parece que está empezando a pasar en el arco de la izquierda. 3) Las legítimas críticas al sistema, nunca pueden desembocar en un intento de deslegitimarlo. Primero, el sistema refleja las reglas que todos nos hemos dado. Segundo, es perfectamente equiparable a muchos otros de nuestro entorno. Tercero, a la larga ha demostrado su eficacia, pues sin cambio ninguno, ha permitido desde el bipartidismo imperfecto hasta la atomización actual, y desde luego la alternancia razonable. Después de todo, no será tan malo…

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