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Demasiadas veces nos gusta “flagelarnos” colectivamente, es decir, dedicarnos a la autocrítica inmisericorde con el presupuesto de una baja autoestima colectiva. Pero creo que en el proceso de vacunación del Covid podemos sentirnos orgullosos, en términos generales, con la actitud que los españoles hemos mantenido como población y como sociedad. Nuestros porcentajes de vacunación voluntaria están entre los más altos de los países de nuestro entorno, y eso ha ayudado, sin duda, a que nuestras tasas de incidencia hayan resultado razonablemente bajas en los últimos meses. En realidad, el interesante debate sobre la eventual obligatoriedad de la vacunación ha sido en España básicamente teórico, dado que con esta actitud de la población, y dicho siempre en términos colectivos, ha faltado el primer presupuesto que podría justificar esa obligatoriedad, que es el de la necesidad de establecer legalmente tal obligación. No todo el que no se vacuna es un “negacionista”, y la decisión de no vacunarse, se base en los motivos en los que se base, tiene “prima facie” la aureola de un acto de libertad individual, que por supuesto debe decaer cuando hay otros motivos o principios que así lo justifiquen… pero no se ha llegado a dar ese caso, dado que gracias a la vacunación masiva se ha podido alcanzar la llamada “inmunidad de rebaño”, o al menos una situación próxima, durante algún tiempo, aunque, por desgracia, ahora la situación está cambiando, porque la eficacia temporal de la vacuna, no siendo muy conocida, es sin duda limitada.

En todo caso, lo anterior no nos dice nada sobre si los poderes públicos han gestionado correctamente el proceso. Eso implica, en primer lugar, el suministro de las dosis necesarias de vacuna, lo que en cierta medida depende de factores externos y globales; en todo caso, ese suministro es algo que, seguramente con cierto retraso, hemos tenido finalmente. Pero luego está el proceso de vacunación en sí, que forma parte de la gestión de la sanidad, y por eso ha recaído principalmente en cada Comunidad Autónoma. Por eso la situación ha podido variar, pero creo que el proceso ha sido y es mejorable, y sobre todo la realidad, al menos la más cercana, está algo lejos de la imagen triunfalista que algunos responsables quieren dar. Por supuesto, no puedo aportar datos globales, pero tampoco hablo de referencias, sino de bastantes ejemplos bien conocidos, muy cercanos, e incluso personales, cuando digo que ha habido demasiada confusión, a veces un cierto caos. Algunos centros no contestan al teléfono, las informaciones han sido confusas y cambiantes, la gestión se ha ido alterando sin previo aviso ni mayor información. Yo mismo, no sé si es por el “grave delito” de ser funcionario mutualista, fui llamado a la primera dosis en un centro, y a la de recordatorio en otro distinto, y en este último, después de ir y preguntar, y tratar de hablar telefónicamente, no recibí ninguna aclaración, y de momento sigo en espera -aunque me debería haber tocado hace un mes según los anuncios oficiales- porque me han dicho que no tienen vacunas y las esperan para dentro de una semana. Es solo una anécdota, pero no es que me haya “tocado la china”, sino que conozco de cerca muchos otros casos que muestran una gestión no precisamente brillante, de la que desde luego no tienen ninguna culpa los pobres profesionales implicados, en gran medida superados por una situación para la que quizá no estamos todo lo preparados que parece.