La tecnología en los tiempos del coronavirus

La tecnología en los tiempos del coronavirus 

Publicado en “La Voz de Galicia”, el domingo 10 de mayo de 2013 (esta versión es más amplia).

Si consideramos la tecnología como todo instrumento de diseño y creación humana para facilitar el logro de nuestros objetivos, esta siempre ha sido un “arma de doble filo”, pues cada objeto innovador ha podido utilizarse (y se ha terminado efectivamente utilizando) además de para su finalidad originaria, para otras muy diferentes, y casi siempre mucho menos positivas. Esto es así desde las primeras flechas o puntas de lanza creadas con piedra, diseñadas probablemente como instrumento de caza, pero inmediatamente útiles también como arma para ser empleada contra otros seres humanos. No hay nada diferente en lo que ahora llamamos “tecnologías de la información y comunicación” o, más sencillamente, “nuevas tecnologías”. Constituyen un instrumento formidable para acercar a unas personas con otras, facilitando una fluida comunicación que permite el intercambio inmediato de ideas, informaciones, opiniones, voz y vídeo entre lugares separados por decenas de miles de kilómetros, y posibilitan a cualquier persona (con acceso a internet) la difusión de sus ideas ante un auditorio potencial de miles de millones de personas en el mundo. En este sentido han roto los límites que antes existían para el ejercicio de la libertad de expresión, considerada en los inicios del constitucionalismo “burguesa”, porque realmente quedaba al alcance de los pocos que tenían los medios para ejercerla. Pero, por otro lado, nuestra privacidad está ahora más amenazada que nunca. Dicen, creo que con acierto, que Facebook sabe más de nosotros que nuestra propia pareja. Pero no solo Facebook: otras personas, empresas y los gobiernos pueden saber con absoluta precisión lo que nos gusta, cómo somos, dónde estamos, y merced a toda esta información, hoy ya no resulta exagerado pensar que todos estos sujetos pueden saber, incluso mejor que nosotros mismos, qué es lo que haremos ante una situación determinado, llegando incluso a prever nuestro propio futuro.

Una de las características propias de esta situación de confinamiento (más o menos relajado según los casos) que ha acompañado y todavía sigue acompañando a estas terribles semanas de expansión mundial de la epidemia de coronavirus ha sido la utilización masiva de estas nuevas tecnologías. Es evidente que estas tecnologías no han llegado ahora, y tampoco desparecerán cuando finalmente el confinamiento domiciliario sea un mero recuerdo: pero su presencia en este período es indudablemente más intensa que la que nunca hayan tenido. Y de nuevo, contemplamos en estas fechas el doble filo de estas tecnologías: facilitan la comunicación entre personas, entre padres e hijos, abuelos y nietos que no han podido besarse y ni siquiera tocarse; han facilitado enormemente el ocio de las personas, pero también han permitido la subsistencia de cierta actividad laboral, facilitando la prestación de bienes y servicios; pero también se ha abierto -más de lo que ya estaba- la inquietante posibilidad del control y el conocimiento casi absoluto de nuestra ubicación y nuestra actividad.

Comenzando por el teletrabajo, parece indudable que esta situación ha intensificado enormemente su utilización, y creo que, al tiempo, ha puesto de relieve sus incuestionables ventajas, entre ellas inmensos ahorros de tiempo y de costes de desplazamiento, permitiendo una comunicación razonablemente fluida (y en ocasiones más inmediata) entre trabajadores, empresarios y clientes. Pero desde luego, esta situación también plantea facetas “menos amables”. No siempre la calidad de las redes y las tecnologías es la deseable, y es indudable que el acceso a estas tecnologías de calidad resulta muy desigual, aunque globalmente creo que nuestro país no está mal ubicado en ese aspecto. Ese acceso tiene también un coste, y me parece que, al menos en este período, ese coste está siendo mayoritariamente asumido por los propios trabajadores desde su domicilio. Contando mi experiencia personal como docente, creo que la experiencia de estos meses de docencia virtual no puede compararse con la docencia presencial a la que estábamos acostumbrados, pero para ser sinceros, está bastante por encima de lo que algunos imaginábamos, en calidad, posibilidades de comunicación y participación y vías de evaluación. Fuera de casos o incidencias puntuales, las clases han seguido con razonable normalidad. En suma, me parece que el teletrabajo no está en condiciones de sustituir globalmente al trabajo presencial, pero esta experiencia va a suponer un importante impulso, de tal manera que en el futuro su protagonismo será mucho mayor.

Como antes decía, está también el lado más inquietante de las tecnologías, que es su utilización como forma de control de la privacidad. La geolocalización y las infinitas posibilidades de acceso a los datos personales (que sin duda permite también muchas posibilidades inequívocamente positivas) eran amenazas que ya se estaban empezando a hacer realidad, pero esta crisis ha abierto alguna nueva puerta. En estas semanas se ha debatido sobre una nueva orden del Ministerio de Sanidad que permite, por un lado, la implantación de una aplicación para la autoevaluación de síntomas del COVID-19, y por otro, un estudio de movilidad aplicado a la crisis sanitaria. Los problemas de constitucionalidad de este tipo de medidas podrían salvarse, teniendo en cuenta no solo la cobertura excepcional que ofrece la declaración del estado de alarma, sino también un examen de proporcionalidad, sobre todo teniendo en cuenta que la aplicación no es de uso obligatorio, y que la gestión de los datos de movilidad se debe llevar a cabo -si se respeta lo previsto en la orden- de manera agregada y anonimizada. Por lo demás, la valoración global de este tipo de medidas requiere un análisis de su necesidad, lo que implica la comparación con otras medidas alternativas o acumulativas. No es lo mismo la situación de España, en la que estas medidas se han añadido a uno de los regímenes de confinamiento más estrictos del mundo, que la valoración que podría hacerse en Corea del Sur, donde la geolocalización ha resultado una medida eficaz que ha permitido, además, soslayar medidas de confinamiento estrictas, sin duda más invasivas de nuestras libertades. En todo caso, aquí sí habría que esperar que este tipo de medidas desaparezcan cuando la situación excepcional finalice, aunque me temo que ya nunca lo harán del todo, y que nuestros datos y nuestra ubicación van a seguir estando, con o sin nuestro consentimiento más o menos explícito -y, sobre todo, más o menos libre-, demasiado disponibles para empresas y gobiernos. La misión de los juristas es estar atentos a este tipo de situaciones, y valorar que cualquier restricción cumpla estrictamente los requisitos derivados de un principio de proporcionalidad. Sea como fuere, me temo que será difícil impedir que nuestra privacidad sea la gran sacrificada por el auge de estas nuevas tecnologías.