La llamada “desescalada” está caracterizada por un tránsito entre fases que provoca no pocas situaciones extrañas, paradójicas o incoherentes. Por ejemplo, aparentemente no se puede ahora pasar de una a otra provincia, pero antes de estas fases no existió nunca esa prohibición, siempre que el límite provincial se cruzase por uno de los motivos justificados. También se reanudan en fase 1 los actos religiosos con restricciones, pero en realidad nunca estuvieron prohibidos, sino que, más bien al contrario, el mismo decreto que declaró el estado de alarma los autorizaba expresamente, aunque también con restricciones. Pero lo más extraño es este régimen horario, sobre todo una vez que, ya en fase 1, comienzan a abrir terrazas y comercios. Así, una persona que no sea joven ni viejo (perdonen los lectores que utilice este término tabú, pero tan bonito, porque llegar a viejo hay que ganárselo a pulso) no puede pasear por la calle ni hacer ejercicio entre las 10:00 y las 20:00 horas, pero siempre puede ir, caminando o en bicicleta, a una terraza o a cualquier establecimiento legalmente abierto. Seguramente esto se hace para que nuestra vida tenga un sentido o propósito, en lugar de que vaguemos sin rumbo, a pesar de que a algunos esto último nos gusta, las pocas veces que tenemos tiempo para ello. Pero es un poco incoherente: se puede ir a todo, menos pasear.

Con todo, lo que me parece más absurdo -acaso también porque es lo que más echo de menos- es no poder salir antes de la fase 2 durante ese “toque de queda implícito” que se ha decretado entre las once de la noche y las seis de la madrugada. Mientras haya un sitio abierto, se podría ir a ese sitio. Pero llama la atención que en ese horario, en el que tradicionalmente hay menos circulación, no se pueda salir simplemente a pasear, buscar un lugar apartado y simplemente contemplar el manto de estrellas que cada noche nos cubre y nos ofrece la dimensión verdadera de nuestra relevancia (y con ella de todos nuestros problemas, incluidos los que nos trae la peor pandemia en un siglo) en el Universo. O relajarse contemplando la luna en cualquiera de sus fases, acaso divisando sus cráteres e imaginando cómo se vería nuestro planeta desde allí. No sé, a lo mejor resulta que hay gente a la que le gusta hacer fotografías circumpolares, en las que los movimientos de horas se congelan en un instante, no por el movimiento de las estrellas, sino por el de nuestra cámara y nuestro trípode y todo el planeta en el que se apoyan. O contemplar las estrellas o los planetas con un telescopio. Siempre hay friquis, dispuestos a sacrificarse y a cumplir las normas aunque no se entiendan… Pero que conste al menos, ahora que esperamos que la fase 2 nos permita “redescubrir” la noche: no se entiende.