Con total sinceridad, he de decir que este saludo de “codito” que se ha popularizado en esta “nueva normalidad” como forma de llevar a cabo un mínimo contacto físico sin arriesgarse al contagio del coronavirus, me parece francamente ridículo. Se comprende perfectamente que no se pueden mantener los apretones de manos, besos y abrazos tan comunes en nuestra cultura. Pero el golpe de codo no me parece la fórmula ideal para sustituirlos. Para empezar, obliga a una especie de contorsión antinatural. Para seguir, requiere una pericia mayor que nuestros saludos tradicionales, pues hay que colocarse en una posición precisa, a una distancia adecuada, y luego propiciar el contacto con la intensidad idónea (ni muy fuerte, ni casi sin llegar a tocarse). Si falla alguno de estos aspectos, aparte de magnificarse el ridículo, puede llegar a ponerse en riesgo si no la salud, sí la integridad física, o a incluso moral. Que ya me ha pasado que el que saluda no mide las fuerzas, el codito se convierte en “codazo”, y eso ahí, en el mismo pico del codo, como “pille el punto”, te puede hacer ver las estrellas…

Dicho lo anterior, y como ya puede suponer el lector, confieso que he practicado el saludo “de codo” en no pocas ocasiones. Primero de todo, los amigos son los amigos, y no se puede echar un “jarro de agua fría” a quien se aproxima con todo entusiasmo y alegría a saludarte. De hecho, a veces el codo ha sido un mal menor ante quien, contra todo pronóstico y contra todas las reglas, parecía abalanzarse hacia mí con inequívoca intención de darme un beso o la mano, como si nada hubiera pasado. A eso hay que añadir que, una vez que he visto que el rey lo utiliza con profusión, y con su habitual espontaneidad, he asumido que esto puede incorporarse al manual de estilo y de buen gusto sin mayores problemas (aunque me sigue pareciendo ridículo, si lo hace el rey será un ridículo protocolario). Con todo, sigo pensando que habría -y todavía hay- otras alternativas. Sin tocarse, que no sé por qué la gente tiene tanta manía con tocarse… Por ejemplo, decir “hola”, “¿cómo estás?” o incluso, si la situación lo requiere y para no parecer informal “buenos días tenga usted”. En suma, utilizar el lenguaje oral, que permite multitud de opciones, simples o refinadas. O incluso, para quienes tienen la manía de hacer un gesto o acompañar las palabras con gestos, me pareció ideal desde el inicio el “namasté”, con las palmas de las manos pegadas, que practican en la India y otras culturas orientales. Lo tiene todo. No me había atrevido a proponerlo, porque algunos lo considerarán exótico en nuestra cultura, pero ahora he visto que lo han practicado Merkel y Macron, así que todo es posible. Lo sugiero como alternativa simple y elegante…