Centro político

Hay quien dice que, en términos políticos, el centro no existe, porque no resulta coherente con ninguno de los grandes valores o parámetros por los que puede regirse una comunidad. Yo, en cambio, que me siento inclinado a la moderación, creo que, en un mundo en el que puede haber varios valores positivos que tienden a entrar en conflicto (por ejemplo, libertad e igualdad), la coherencia inquebrantable con uno solo de los valores no es necesariamente, ni mucho menos, la mejor posición, ya que maximizar uno significa minorar, o incluso ignorar por completo, el otro. Por lo demás, en este país, los partidos que han gobernado con muy amplias mayorías lo han hecho cuando se han situado en una posición más o menos centrada (o han logrado transmitir que así lo hacían). Luego, de repente, la tendencia a la atomización partidista hizo que el centro pareciera quedarse huérfano por el auge de posicionamientos políticos extremos, y la tendencia de los partidos antes moderados a parecerse a sus próximos más extremos que les “quitaban” votos. Y ahora… algunos tratan de ubicarse en un centro relativo (entre el 1 y el 5, el 2 no es el centro, pero sí si logramos transmitir que el 4 y el 5 quedan fuera de los posicionamientos admisibles…). Pero, ¿qué es realmente el centro?

El centro puede ser la búsqueda de un razonable posicionamiento intermedio o equilibrado entre libertad e igualdad, entre lo público y lo privado, entre individuo y sociedad, entre protección de la propiedad y deber de solidaridad, en suma, entre liberalismo y socialdemocracia… pero NO consiste en ser un día socialdemócrata y al día siguiente liberal. El centro implica la admisión de que no hay verdades ni dogmas absolutos, la capacidad para reconocer que no siempre se tiene la razón, y por tanto incluso un cierto relativismo en política; el centro supone también, sin duda, un cierto pragmatismo, inherente a la política y positivo en la medida en que se considera que esta está al servicio de la comunidad, pero desde luego NO un indiferentismo axiológico en el que todo puede valer, según sean las circunstancias. El centro, como consecuencia de lo anterior, implica un talante dialogante y la capacidad para sentarse a hablar con unos y con otros y, en su caso, llegar a acuerdos sobre planteamientos moderados, pero NO negociar a la vez con unos y otros, sin indicar cuál es el criterio que se busca para formar gobierno, a la espera de ver dónde se puede “pillar cacho” más fácilmente, ya sea repartiendo alcaldías por años o vendiéndose a quien haga alcalde al candidato con menor apoyo. El centro, en fin, no debería ser excluyente, ni sostenerse sobre vetos previos, pero NO puede ser el territorio del “todo vale”.

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