Educar en tiempos revueltos

Esta maldita pandemia nos ha obligado, sin duda, a adoptar nuestros métodos y prácticas docentes, dando un protagonismo mayor a lo que genéricamente solemos denominar “nuevas tecnologías”. Pero ni estas acaban de llegar, ni creo que vayan a esfumarse después de esta crisis. Hace bastante tiempo que algunos (yo creo que bastantes) profesores las hemos incorporado de forma habitual a nuestra docencia. En mi caso, muy modestamente, inspirado de forma remota y adaptando de forma muy libre metodologías basadas en lo que se llama “aula invertida” utilizo hace años grabaciones de mis exposiciones como herramienta previa a la clase, lo que permite dedicar esta a otros enfoques y actividades. Leo y me inspiro ideas basadas en principios como eso que han dado en denominar con la horrorosa palabra de “gamificación”, pero mi mejor guía es y ha sido siempre la práctica docente cotidiana. Esta me enseña que es imprescindible motivar e incentivar al alumno; y esto, que se debe hacer en “tiempos normales” es especialmente importante en estas complejas circunstancias. Pero creo que lo más importante es que siempre, siempre, he tratado de no confundir medios y fines. Me parece bien utilizar cualquier metodología útil al alcance, pero sin perder nunca de vista que todas ellas deben dirigirse al fin último que es educar (aunque ahora muchos gustan de decir “formar”): transmitir conocimientos, desde luego, pero también instrumentos para razonar, interpretar la realidad y fomentar un espíritu creativo, crítico, pero también práctico a la hora de dar respuesta a los problemas. Está bien usar métodos que incentiven al alumno, pero no hay que olvidar, por ejemplo, que la memoria también es útil; o que una persona que inicia una carrera universitaria debería tener capacidad para concentrar su atención en una exposición oral durante al menos una hora, con o sin power point, y sea más o menos aburrida (además, un buen maestro sabe exponer de forma atractiva).

En estas críticas circunstancias, creo que la previsión y el sentido común serán los mejores consejeros. Primero, alumnos y profesores no estamos enfrentados (tengo la firma convicción de que no podemos ni debemos estarlo nunca) sino en el mismo barco, bajo la dirección de los responsables académicos. Segundo, lamentablemente sabemos que esta situación no se puede equiparar a la que tendríamos en circunstancias normales, pero todos debemos hacer lo posible para que ello “se note” lo menos posible, adaptando nuestros medios para mantener los mismos objetivos y cumplir el calendario. Sin regalar nada, lo cual sería injusto; pero con la flexibilidad necesaria para adaptarnos y, sobre todo, apoyar a los que ahora sufran una mayor carencia de medios en sus casas.