Solo mis lectores más antiguos y constantes (si es que alguno queda) recordarán algunas “miniseries” de “miraderos” dedicadas a los más variados aspectos, y casi todas ellas abiertas a posteriores desarrollos en el futuro. Una de ellas se destinó a las “películas de mi vida”, y contenía únicamente una breve selección de las que más me gustaron o de alguna manera marcaron mi vida; en muchas otras ocasiones, más o menos dispersas, he dedicado este espacio a libros que me han interesado de alguna manera. Creo, sin embargo, que casi nunca he dedicado estos “miraderos” a mis gustos musicales, a pesar de que probablemente la música que escuchamos (sobre todo en nuestra infancia y adolescencia) marca nuestras vidas tanto como los libros o las películas, y acaso con el paso de los años se vincula de manera indestructible en nuestro recuerdo a escenas o momentos especiales de nuestra vida, que gracias a aquellas canciones recordamos con más frescura o con una particular sensación de nostalgia. En las próximas semanas recordaré algunas de aquellas canciones, y espero que a algunos lectores de mi generación les evoquen sus propios recuerdos. Como siempre, y con el permiso de ustedes, me reservo el derecho a interrumpir y retomar la serie, y aunque no estén todas las que son, serán todas las que estén.

 

Para comenzar, voy a referirme a los Dire Straits, porque fue quizá el grupo al que más seguí en mi juventud. Me encantaba –y me encanta- ese estilo de rock melódico, agradable pero no suave, con “cuerpo” pero no “heavy”, y esa sabia combinación de ritmos que permitió reunir en un disco como “Brother in Arms” (tal vez uno de los que más veces he escuchado en mi vida) canciones lentas como “Why worry”, ritmos medios como la maravillosa “So far away”, y melodías más rápidas como “Walk of life”. Así, en aquella época de transición del disco de vinilo a la cinta, escuché repetidas veces (y hoy he vuelto a recuperar en versión digital) las canciones contenidas en elepés como “Communiqué”, “Love over Gold”, “Making movies”, “On every street” o “Sultans of swing” (también las bandas sonoras de Mark Knopfler como “Local hero” o “The princess bride”), pero quizás hoy me quedo con el doble disco en directo de “Alchemy”, quizás uno de los mejores conciertos jamás escuchados. Es verdad que la característica voz de Mark Knopfler no pasará a la historia por su potencia y calidad… pero la guitarra compensaba sobradamente cualquier otra limitación. Por supuesto, escuché a mi grupo favorito en directo, fue en el estadio Vicente Calderón en el año 1992, y hoy guardo un recuerdo imborrable de aquella noche… y en algún sitio creo guardar todavía la entrada de aquel memorable concierto.