En nuestro mundo globalizado, es verosímil que una red más o menos compleja, tenue y caprichosa de relaciones pueda vincular de algún modo a la hija de un cazador japonés con unos niños marroquíes, o a éstos con una familia californiana cuya leal empleada del hogar mexicana se ve involucrada -también por una curiosa acumulación de casualidades- en un supuesto secuestro de menores. Lo que en otro contexto podría parecer una historia demasiado rebuscada, en este mundo cada vez más pequeño y más intracomunicado resulta ser una posibilidad muy creíble que permite construir una muy atractiva película a Alejandro González Iñárritu en “Babel”. De hecho es ésta, a mi juicio, una de las mejores reflexiones cinematográficas sobre la globalización como característica definidora de nuestros días. “Babel” sitúa la escena en algunos de los diversos “confines de nuestra civilización” (Marruecos, California-Tijuana o Japón) y nos propone así un nuevo concepto de frontera para la era de la globalización; un concepto desvinculado de la idea de los límites territoriales de un concreto Estado, y en cambio relacionado con las acusadas diferencias que perviven entre los diversos círculos culturales y sociales que conforman este complejo mundo. Así concebidas, las fronteras (entre Europa y África, entre Estados Unidos y América Latina, entre Oriente y Occidente, y en definitiva entre lo que suele llamarse “civilización occidental” y el resto del mundo) son seguramente las grandes barreras que hacen menos justo y más inequitativo este proceso de globalización, pero están ineludiblemente llamadas a ser cada vez más permeables.

 

La tercera gran película de este director mexicano (de quien también destacaría “Amores perros” y “21 gramos”, y habrá que ver “Biutiful” que se estrena ahora) interpreta, por tanto, nuestra era y nos hace reflexionar sobre ella, y por eso merece ser considerada una de las películas de mi vida, y creo que uno de los mejores largometrajes de nuestra generación. A este gran mérito cabe añadir el de un inteligente guión, unas notables interpretaciones encabezadas por Brad Pitt (tan atractivo para la mayoría de las mujeres, como gran profesional, lo que demuestra una vez más en esta cinta), y una banda sonora merecedora de un Óscar. Solo apuntar que me queda la duda de si el desenlace -cuyos detalles no quiero desvelar por si algún lector no la ha visto y se anima a hacerlo- es un guiño para hacer la historia menos cruda y más soportable al espectador norteamericano (únicamente diré que los “occidentales”, incluyendo los japoneses, son los personajes mejor parados), o una forma de destacar que al final, en este mundo, siempre ganan los mismos…