Absurdas fronteras

De todas las medidas que los distintos gobiernos están adoptando para luchar contra la expansión del coronavirus, creo humildemente que, en estos momentos, la más absurda, y la que menos ha demostrado su utilidad, es el establecimiento de un cierre o frontera coincidente con el límite de cada Comunidad Autónoma. Lamentablemente, parece ser la que más agrada a una mayoría de presidentes autonómicos. Voy a intentar precisar lo anterior: es evidente que hay que adoptar determinadas medidas, basadas sobre todo en el distanciamiento entre personas, lo que implica evitar aglomeraciones, así como el uso de la mascarilla cuando hay varias personas en un mismo espacio, y la intensificación de las medidas de higiene. En todo esto es en lo que habría que incidir. Pero, por otro lado, la adecuada ponderación entre bienes y derechos en juego obliga, cuando estamos hablando de severas restricciones de derechos fundamentales, a adoptar solo las medidas estrictamente necesarias, y exclusivamente durante el tiempo en que lo sean. Demasiadas veces se plantea la cuestión como un conflicto entre “economía y salud”, y creo que esto es muy erróneo, no solo porque mientras haya riesgo para la salud es difícil imaginar la recuperación económica, sino sobre todo porque, en realidad, lo que entra en colisión aquí con la salud es la libertad, en muy diversas manifestaciones: primero de todo, la casi olvidada libertad de circulación, pero también la libertad de empresa y otras muchas. Incluyendo, por ejemplo, el derecho de propiedad de quienes, desde hace ya demasiado tiempo, se ven privado del uso y disfrute de sus viviendas situadas fuera del territorio de su región.

Dicho lo anterior, el establecimiento de fronteras interiores puede estar justificado en algunas situaciones, pero no solo requiere la declaración del estado de alarma (entre otros motivos, contradice claramente las previsiones del artículo 139.2 de la Constitución, lo que es inadmisible en una situación de normalidad), sino que ha de justificar, cada día en que se mantenga, su idoneidad y necesidad. Estas pueden producirse cuando una zona tiene un nivel de contagios muy por encima (o muy por debajo) de las demás, pero no cuando están en situaciones similares. El virus no se transmite por el mero hecho de que la gente viaje, sino porque la gente (ya sea viajando, o ya en su propia ciudad, en su propio barrio, en el bar o en su centro de trabajo), se junta con otra gente sin adoptar las medidas preventivas antes mencionadas. Dicen que hay que aprender de la experiencia de las pasadas fiestas navideñas, pero a mi juicio lo que estas demuestras es que el repunte no se produce por los viajes (solo se permitieron el reagrupamiento familiar) sino por las reuniones. Por último, teniendo en cuenta nuestra distribución territorial, de todas las fronteras que podamos imaginar, la más disparatada es la autonómica. No sé cómo cabe explicar que se pueda ir de Toledo a Albacete, por ejemplo, pero no a Gredos a dar un paseo en la montaña. Y esto por no hablar de los muchos lugares fronterizos que se ven seriamente afectados en su vida cotidiana por esta absurda frontera, a la que se apegan irracionalmente gran parte de nuestros responsables políticos. Se comprende que se quieran evitar aglomeraciones en lugares concretos (algunas playas o estaciones de esquí, por ejemplo) con motivo de la Semana Santa, pero la respuesta proporcionada es actuar sobre esos lugares concretos, y no generalizar la injustificada frontera autonómica.

Fuente de la imagen: http://everydailucas.blogspot.com/2012/02/