Este largometraje británico de 1996, dirigido por Anthony Minghella, me parece una de las mejores películas de todos los tiempos. Al principio me disgustaba algo la historia principal, relativa a una mujer que, siendo feliz con su marido, sin embargo se enamora perdidamente de otro hombre (tal vez por eso entendía peor que fuese una de las películas favoritas de mi mujer, quien me “aficionó” a la misma). Tras verla muchas veces, no puedo dejar de reconocer sus incuestionables valores artísticos, entre los que  destacan sin duda las magníficas interpretaciones de tantos actores (los protagonistas Ralph Fiennes y Kristin Scott Thomas, pero también es obligado mencionar a Juliette Binoche y Willem Dafoe), así como las fantásticas y cuidadísimas imágenes  de África, y la extraordinaria labor del director. No en vano recibió nueve Óscars.

Mas por encima de todo ello, “El paciente inglés” impacta por la fuerza de sus historias de amor entre hombre y mujer, que nos muestran las muy diversas vertientes de este sentimiento tan humano. Entre todas ellas destaca el amor-pasión, tan intenso como destructivo (toda pasión lo es), que caracteriza la relación entre los dos amantes protagonistas. Pero no menos auténtico es el amor que a la misma mujer le tiene su marido (que de alguna manera es correspondido siempre), un amor casi “familiar” que viene desde la infancia y transcurre de forma tranquila y apacible, pero se “desboca” cuando él siente que puede perderla. O el amor-cariño entre la enfermera Hanna (Juliette Binoche) y el “paciente inglés”, a quien cuida con sincera entrega hasta el mismo final. O entre la misma enfermera y el zapador de origen sij llamado Kip, personaje interpretado por Naveen Andrews (ahora más conocido por “Lost”), esa atracción alegre y espontánea que se nos muestra de manera sutil en una de las escenas más hermosas de la historia del cine, en la que él le “descubre” los frescos de una iglesia dándole una vela y ayudándole a desplazarse “colgada” de una cuerda. Una película, en fin, que nos muestra de forma genial, tierna pero descarnada, las mil caras del amor.