Indudablemente, es una de las comarcas con más encanto de España. Un auténtico paraíso al pie de los Picos de Europa, compuesto por cuatro valles que confluyen en la preciosa localidad de Potes, capital incuestionable de la comarca. A pesar de estar muy cerca del mar y de la montaña, goza de un privilegiado microclima, más seco que el de la costa, más cálido que el de la montaña. Ello es así porque se trata en realidad de una “olla” que, al menos en el centro de los valles, tiene muy baja altitud (Potes está a 291 m.s.n.m.). En verano en Potes puede llegar a hacer calor, en invierno la temperatura es mucho más suave que en otros lugares de la cordillera. En algunas localidades de la costa cántabra dicen un tanto exageradamente que “Potes es Castilla”, aunque desde luego si uno llega desde Castilla notará de inmediato mucha mayor suavidad en el clima. En cualquier caso, ya sea llegando desde Castilla, desde León (Riaño) o desde la costa, la Liébana siempre encanta al visitante, y desde luego la atractiva villa que es su capital, no solo por el impresionante encanto natural de su entorno, sino por su gran valor histórico-artístico. Claro que la Liébana es mucho más que Potes, ya que todos sus valles están poblados por preciosas poblaciones, pequeñas y recónditas, pero que nos dan idea de la importancia histórica de la comarca al menos desde la Edad Media, sobre todo por la importancia de Santo Toribio y sus “beatos”. Hoy este lugar, que alberga según la tradición el pedazo más amplio que se conserva de la Cruz de Cristo, es punto de llegada de una importante peregrinación, pero a ello me referiré monográficamente en otra ocasión.

Liébana

 

Por lo demás, su singular emplazamiento geográfico es causa también de su atractivo natural y gastronómico. La naturaleza es apabullante, y ya la angosta y espectacular garganta de La Hermida, que nos conduce a la comarca, nos proporciona algunas posibilidades únicas, desde la impresionante subida a Tresviso, a la contemplación de los buitres, o el baño en aguas termales. También podemos subir a un teleférico o ir a dormir al refugio de Cabaña Verónica, a poca distancia del mítico Naranjo de Bulnes. De la gastronomía se puede recomendar de todo, desde el contundente cocido lebaniego, al lechal, o sus variedades de quesos y “quesucos”. Todo ello sin olvidar su afamado orujo, porque esta es tierra de uvas, que también generan el singular vino “Tostadillo”. Si alguna vez me pierdo y no me encuentran… tal vez pueden buscarme en Liébana.

Liébana

 

Apéndice para juristas

Además de todo lo dicho, no puedo dejar de destacar que esta comarca ha sido cuna de dos importantes juristas contemporáneos. En primer lugar, Eduardo García de Enterría, ya fallecido, que además de ser autor de obras imprescindibles en nuestro Derecho Administrativo (y también, sin duda, en el Derecho Constitucional) escribió un precioso libro titulado “Liébana. Un lugar para volver” publicado por la Editorial Estudio de Santander, e ilustrado con maravillosas fotografías de la comarca. Y también Luis Prieto Sanchís, el gran filósofo del Derecho, aunque también con relevamntes publicaciones vinculadas al Derecho Constitucional,  que fue primero mi maestro y luego muchos años mi compañero en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de Toledo, y que afortunadamente sigue realizando contribuciones relevantes a la Ciencia Jurídica.

Pongámonos en marcha

En una escena de “El principito”, Exupéry reconoce que “aunque estaba cansado y me parecía absurdo buscar un pozo en la inmensidad del desierto, nos pusimos en marcha”. Hace años que, más o menos en estas fechas, vuelvo a destacar la importancia de proceder a una reforma de la Constitución, cuya realización empieza a parecer ya más difícil que encontrar ese pozo en el desierto. Como mínimo desde el intento de la legislatura que empezó en 2004 (con motivo de la que organizamos en Toledo un seminario específico, que fue pronto publicado), algunos empezamos a analizar los aspectos que requerían esa modificación. Obviamente, y todo ello desde mi modesto punto de vista, esos aspectos cada vez son más. Y la reforma ha pasado ya de ser algo simplemente conveniente, a resultar necesaria, y cada vez más urgente (aunque es evidente que en este punto, mayor era la urgencia en 1977, eso no implica que ahora no exista). Lo único positivo es que, tanto en el ámbito académico, como en el político e incluso en el social, cada vez son más voces las que destacan la necesidad de la reforma.

 

Aquí no puedo entrar en los posibles contenidos de esta reforma, pero sí en lo que creo que debería ser su planteamiento general. Yo pienso que habría que hacer una reforma amplia, pero no una nueva Constitución, ya que los valores y principios fundamentales, y las características definidoras de nuestro Estado deberían permanecer. Si el preámbulo y el título preliminar se mantienen, lo que algunos llaman despectivamente el “régimen de 1978” permanecería. Sin embargo, hay muchas cuestiones que abordar: además del Senado, Unión Europea, y sucesión a la Corona, aspectos que ya estaban en la propuesta de 2004, habría que incluir una actualización de los derechos y una mejor garantía de algunos derechos económicos, sociales y culturales. También convendría mejorar las vías de participación ciudadana. Y, desde luego, hay que abordar la cuestión territorial. No como cesión a ningún chantaje ni concesión a los rupturistas, sino como vía para perfilar mejor un modelo que quedó demasiado abierto en 1978. Si bien es evidente que no hay consenso en esta materia, no hay que olvidar que el consenso también en 1977-78 fue el punto de llegada, no el de partida. Por lo demás, hay que saber lo que se le puede pedir a una Constitución, y ello no es que todos seamos más felices, ni “justos y benéficos” como decían los gaditanos. Pero sí establecer mejores condiciones para ello, así como la prosperidad y convivencia pacífica entre españoles.

Casi siempre que comento una película en esta sección, es porque quiero recomendarla en algún sentido. De lo contrario, ni me molesto en escribir el comentario. Sin embargo, todo tiene sus excepciones. “Oro” es una película que prometía. Está inspirada de algún modo en hechos históricos que sin duda tienen interés y resultan incluso muy sorprendentes, como es la aventura de Lope de Aguirre, aunque ya hayan sido abordados por la literatura (Ramón J. Sender) y el propio cine (Herzog en “Aguirre, la ira de Dios” y Saura en “El Dorado”). Y la combinación de un texto de Pérez Reverte y el trabajo cinematográfico de Díaz Yanes había dado buenos resultados en “Alatriste”. Motivos suficientes para ir a verla. Para mí esa decisión fue un error, aunque desde luego cada uno puede juzgar por sí mismo. La película no me gustó y no aporta nada.

Oro (Cartel)

Oro (Cartel)

No se trata ya de su mayor o menor fidelidad a la historia. Su inspiración es un hecho poco frecuente durante la conquista de América, protagonizado por un personaje también singular. No fue en absoluto normal romper con la Corona durante la conquista, y de ahí lo llamativo del caso de Lope de Aguirre. Pero admitiendo esa singularidad (y por tanto no tomándola como una descripción de algo habitual), podría haber estado enormemente interesante si ayudase a entender. Si fuera capaz de transmitir algo. Pero no lo logra. No hay un mínimo trabajo de la psicología de los personajes. No parecen locos (como acaso se volvió Lope de Aguirre). Tampoco simplemente la “fiebre del oro” explica su comportamiento, pues un mínimo sentido práctico y de supervivencia les llevaría a comportarse de otro modo. Se trata simplemente de cien minutos de españoles matándose entre sí sin motivo aparente, y de paso matando también a algún indígena. No falta, desde luego, el cura perverso, fanático y mujeriego al que todos desprecian. Y no hay más. Nadie respeta nada, y no existe no ya el menor rasgo de épica, sino ni siquiera código alguno que explique algún comportamiento. Pérez Reverte suele crear personajes sórdidos que no son ejemplo de virtudes, pero en todos ellos (desde Alatriste al comisario autoritario de “El asedio”) hay algo de nobleza profunda, un cierto código de conducta cuyo respeto les redime, al menos en parte. Aquí (al menos en la película) no hay nada de eso. Lástima de ocasión perdida para haber logrado un producto de algún interés.

          ¡Qué sería de nuestras vidas sin el humor! El humor es conveniente en casi todas las ocasiones. Incluso se diría que es particularmente necesario en las situaciones de crisis, pues es un medio que puede ayudar muy bien a afrontar las dificultades. En España, desde que me alcanza la memoria (que es la más o menos desde la transición) siempre hemos tenido humoristas de nivel, desde Gila a Tip y Coll, y poco después Martes y Trece o Cruz y Raya. Hoy, el género del monólogo nos ha traído a algunos humoristas excelentes, como Goyo Jiménez, Luis Piedrahita o Eva Hache, pero el humorista total solo lo veo encarnado en Florentino Fernández o el gran José Mota (a quien ya dediqué un comentario en su día, y sugiero como doctor honoris causa de nuestra Universidad), sin olvidar humoristas con múltiples vertientes como Santiago Segura. Pero Chiquito… era acaso el más exclusivo e irrepetible de todos.

          Actuando de algún modo como enlace entre estas generaciones de la transición y los 80, por un lado, y nuestro siglo XXI, por otro, “Chiquito de la Calzada” rompió moldes. Su verdadero nombre era Gregorio Sánchez Fernández, había nacido en 1932 y dedicado casi toda su vida al cante flamenco, destacando como palmero, hasta que a los 62 años empezó su actividad televisiva que le hizo de inmediato famoso en toda España por su inconfundible estilo. Se trataba simplemente de contar chistes, muchos de los cuales, para ser sinceros, harían poca gracia en boca de cualquier otro. Pero contados por Chiquito (o quizá habría que decir más correctamente “escenificados” por Chiquito) toda España se moría de risa. Sus inconfundibles andares y sus expresiones repetidas nos encandilaron a todos. Una fórmula aparentemente simple, pero exclusiva. En los últimos años, Chiquito había desaparecido de la escena pública, y cuentan que quedó muy apenado tras el fallecimiento de su inseparable esposa Pepita en 2012. Ahora nos ha dejado él, pero quedarán sus expresiones inolvidables, pronunciadas como él hacía (“finstro”, “pecadorrr de la pradera”, “al ataquerr”…). Si no existiera, habría que inventarlo… pero es irremplazable, y por ello nuestro humor queda un poco huérfano. Campofrío ha hecho la mejor propuesta, al pedir al rey que lo nombre “Conde Mor” (que es un lugar de Galicia), por la “gloria de tu madre”. D.E.P. Chiquito, “hasta luego Lucas”.

 

(Fuente de la imagen, http://www.elmundo.es/andalucia/2017/10/15/59e37dbf268e3e73318b45ea.html)

Las XIII Jornadas de Justicia Constitucional, que este jueves han comenzado en el Campus de Toledo de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM), abordarán entre otros asuntos la reforma constitucional en relación con Cataluña. Una reforma que “tiene que venir acompañada de negociación y debate previo y abierto”, en palabras del catedrático de Derecho Constitucional y director de la iniciativa, Francisco Javier Díaz Revorio. “El consenso no es el punto de partida, es la llegada. Hay que huir de posiciones extremas: una, no hacer nada y pensar que podemos seguir como estamos. La otra es la independencia”, señaló en declaraciones previas al a inauguración.

Jornadas de la UCLM abordan la reforma constitucional en relación con Cataluña

Jornadas de la UCLM abordan la reforma constitucional en relación con Cataluña

Leer noticia: https://www.uclm.es/noticias/noviembre2017/toledo/item-noticia#

Repercusión mediática:

 

(Fuente principal de la noticia e imágenes: https://www.uclm.es/noticias/noviembre2017/toledo/item-noticia#)

Aun cuando…

          El Derecho no es una ciencia exacta y, por suerte o por desgracia, en este ámbito casi todo es susceptible de diversas interpretaciones y valoraciones. Toda resolución judicial es susceptible de crítica, jurídica y política. Desde el punto de vista de la libertad de expresión, incluso las opiniones más disparatadas tienen amparo, y en aras del derecho de defensa casi todo se permite. Pero en una sociedad que aspira a un debate maduro, hay que valorar muy negativamente las opiniones desprovistas de un mínimo fundamento o argumentación. Yo, aunque creo que es muy interesante el debate jurídico sobre las resoluciones que han acordado recientemente la prisión provisional de algunos ex consejeros del Gobierno catalán, no voy a entrar ahora en esa cuestión. Voy a dar por buenas, a los solos efectos dialécticos, las críticas jurídicas que se les han formulado, para poner de relieve que ninguna de ellas permite sostener que España no es un Estado democrático, o que tiene baja calidad democrática, es franquista u otras lindezas del estilo.

          Aun cuando admitiéramos que el Ministerio Fiscal actúa al servicio del Gobierno, su actuación no vincula en absoluto a los jueces, así que no existe base alguna para cuestionar la independencia de estos. Y aun cuando diéramos por cierto que la prisión provisional es desproporcionada, ello no permitiría hablar de presos políticos. Porque aun cuando aceptásemos que no había base suficiente para imputar el delito de rebelión, permanecen otras imputaciones igualmente graves. Y aun cuando defendiéramos que no había riesgo de fuga (a pesar de que medio Gobierno se había fugado ya) ni de reincidencia (aunque las propias declaraciones de los exconsejeros apuntaban a lo contrario), ello no sería obstáculo para que tengamos que reconocer, si pretendemos ser mínimamente objetivos, que el auto de prisión provisional es una resolución judicial legítima, fundada en derecho, y como tal plenamente respetable. Y, por cierto, susceptible de revisión, en la vía judicial, constitucional y europea. Se puede criticar e instar estas vías de recurso, precisamente porque España es un Estado democrático en el que cabe la libertad de expresión, y están plenamente vigentes las garantías procesales. Pretender descalificar la calidad democrática de España con ese argumento me parece una tergiversación interesada e indigna, que solo busca dañar nuestra imagen.

(Fuente de la imagen: https://noticias.infocif.es/noticia/medidas-cautelares-la-prision-provisional-recursos-derechos-del-pre)

          En lo jurídico, la aplicación del que acaso se haya convertido en el más famoso precepto de la Constitución me parece correcta. No puedo extenderme sobre la cuestión, pero aunque algunos prestigiosos colegas plantearon algunas dudas (en particular si es posible, en virtud de este artículo, cesar a autoridades, así como convocar elecciones), creo que la formulación bastante general de su enunciado permite este tipo de medidas, cuando se cumple el supuesto de hecho habilitante (lo que aquí prácticamente nadie puede dudar) y la medida es proporcionada. La invocación del derecho a la autonomía para exigir en todo caso la interpretación más favorable al mismo, no me parece muy adecuada, no solo porque creo que este no puede equipararse sin más, a estos efectos, a los derechos fundamentales del título I, sino porque el 155, por definición, es una excepción o afectación a este derecho, que el propio constituyente quiso incluir, situándose por cierto en la franja más “moderada” de las alternativas conocidas en el derecho comparado. La autonomía no se suspende, pero puede verse obviamente afectada y reducida. Por otro lado, la necesidad de asegurar la eficacia de las instrucciones previstas en el propio artículo justifica, en el contexto y con los antecedentes conocidos, el cese de las autoridades que han sido apartadas. Además, el principio de proporcionalidad implica que las medidas serán equilibradas con la magnitud de la amenaza, y la que hemos vivido es probablemente la más intensa que pueda imaginarse en relación con algunos principios constitucionales, como el de unidad de la nación, fundamento de la propia norma suprema.

 

          En lo político, parece increíble que Puigdemont desaprovechase la oportunidad que tuvo en bandeja el jueves 26, de convocar elecciones, tomando la iniciativa y, de paso, resquebrajando probablemente la unidad del llamado “bloque constitucionalista”. En cambio, creo que Rajoy sorprendió a casi todos al día siguiente, precisamente al convocar esas elecciones, iniciando un 155 breve, casi quirúrgico, y prácticamente incontestado, salvo por los propios independentistas. Ninguna de las terribles amenazas y de los profundos temores (aparentemente fundados) de graves enfrentamientos, se cumplió. Alguien tan poco sospechoso como Iñaki Gabilondo, ha reconocido abiertamente que sobreestimó a los independentistas, y subestimó al presidente. Las incoherencias e inconsistencias de aquellos han llegado a su grado máximo, hasta el punto de abandonar inmediatamente la “República independiente”, como ha hecho Puigdemont, o aceptar participar en unas elecciones que consideran ilegítimas. Parece que aquí ninguna de las autoridades “se creyó” nunca la declaración unilateral, y por eso desde el primer momento han sido (por suerte) incoherentes con esa declaración. De todos modos, es obvio que nada está resuelto. Habrá que esperar al 21-D y ver resultados. Pero creo que, con independencia de estos, ha quedado claro que la vía unilateral a la independencia conduce a un callejón sin salida y es impracticable. Sería una incoherencia más que los partidos independentistas llevasen en su programa un nuevo referéndum o una nueva declaración de independencia, o un intento de avanzar en medidas que ya se han demostrado impracticables. Siendo así, si tras la aceptación de los resultados del 21-D viene una aceptación de la legalidad constitucional como única vía para el cambio, habrá llegado el momento, sin duda, de plantear la reforma constitucional para buscar otras opciones.

(Fuente de la imagen: http://baluartedigital.opennemas.com/articulo/separatismo/aplastante-mayoria-nuestros-lectores-quiere-aplicacion-articulo-155/20160801221620005291.html)

           Fue Habermas, y precisamente con referencia a Alemania, quien acuñó la idea del “patriotismo constitucional”. En Estados Unidos o en Inglaterra, por ejemplo, esta idea no ha sido nunca necesaria, dado que el sentimiento de patria ha estado siempre vinculado a las ideas de separación de poderes, democracia y respeto a los derechos, y de alguna manera los propios símbolos nacionales representan esos valores. Pero en Alemania, la vinculación del sentimiento nacional al nazismo antes de la segunda guerra mundial, hizo necesario recuperar después un patriotismo vinculado a los valores de la Ley Fundamental de Bonn. En España, probablemente hemos tenido una situación próxima a esta. Las décadas de dictadura franquista (y acaso en parte la fragilidad de la democracia durante nuestra historia contemporánea) provocaron que tanto los símbolos nacionales, como el propio sentimiento de patriotismo, quedasen en parte “contaminados”, al menos para parte de la población. Tal vez de ahí haya derivado un cierto pudor o timidez en la exhibición de los símbolos (fuera del ámbito deportivo) vinculado al riesgo (y al complejo) de que su muestra se identificase o se aproximase de algún modo con determinadas ideologías no propiamente democráticas.

           Casi cuarenta años después de la aprobación de nuestra Constitución, parece llegado el momento de superar esos temores, complejos y asociaciones. En estas fechas de zozobra e inquietud, ha resurgido un sentimiento de unidad en la defensa de los valores constitucionales. Y nuestros símbolos (como la bandera de España, pero también la señera y la bandera europea) se han empezado a mostrar con mucha más confianza y seguridad. Creo que ello encierra el reconocimiento (¡al fin!) de que estos símbolos representan a nuestra Constitución amenazada. A fin de cuentas, con un poco de perspectiva podemos reconocer una historia mucho más comprometida con la limitación del poder y del Estado de Derecho: en nuestro territorio nació el parlamentarismo, y en Cádiz inauguramos la Edad contemporánea con la idea de Constitución como obra de la nación soberana, a la que el mismo rey estaba sometido. De alguna manera, muchos ciudadanos españoles (incluyendo a muchos ciudadanos catalanes) han querido expresar estos días que su verdadera patria no es solo España, sino la Constitución, la democracia y los derechos.

(Fuente de la imagen: http://beatrizbecerra.eu/2017/10/10/se-aplica-articulo-155-proteger-los-derechos-los-catalanes/ ).

Como soy fan de la película “Blade runner” (que ya comenté en este espacio hace algunos años), cuando se anunció el estreno de “Blade runner 2049”, tuve claro que quería ir a verla, pero que no debía esperar algo al nivel de la película que se estrenó hace ahora 35 años. Si te encanta la paella, tal vez no quieras dejar de pedirla en un sitio que crees bueno, aunque sepas que alguna vez la probaste en un sitio en el que era insuperable. La verdad sea dicha, las críticas que leí previamente me confirmaron el interés por esta nueva película, dirigida por Denis Villeneuve: con ciertas discrepancias, la mayoría reconoce la calidad de este nuevo largometraje. Pero una vez vista la película, creo que un buen resumen es el que hace Oti Rodríguez Marchante en ABC: “Más que una secuela, menos que el original. Habría que evitar algo inevitable: comparar esta película (…) con la original…”. Y es que, en efecto, “Blade runner 2049” es un largometraje bien hecho, correctamente dirigido, con buenos actores y buenas interpretaciones, con escenarios y ambientes adecuados… pero que se queda lejos de la magia de la película dirigida por Ridley Scott. Es la diferencia entre lo bueno y lo sublime. El conjunto de los elementos (dirección, guion, ambiente, actores, aquella inolvidable banda sonora de Vangelis) dio como resultado, en 1982, una de las mejores películas de la historia de la ciencia ficción, radicalmente innovadora. Y en 2017, una obra correcta, probablemente digna de ser vista si se tiene en cuenta esta prevención.

            Porque, tratando de evitar lo inevitable, encontraremos en el film protagonizado por Ryan Gosling, Harrison Ford y Ana de Armas algunos elementos de interés. Continúa la reflexión sobre la esencia de la condición humana y sus difusas  fronteras, e incluso avanza una original tesis, que (sin desvelar nada sobre el argumento) me atrevo a resumir como la de que los humanos tal vez nos vendríamos a caracterizar, frente a los seres biotecnológicos, por haber nacido de una mujer. O al menos, que el conocimiento de esa forma de nacer, igual a la de otros seres vivos, nos hace sentirnos más humanos… O bien sentirnos “como humanos”. Es claro que esta idea sería susceptible de crítica y debate, pero la película tampoco profundiza en ella, ni en general en la psicología de los personajes. Queda “en el aire”…

(Fuente de la imagen: https://www.muyinteresante.es/ciencia/fotos/curiosidades-sobre-blade-runner)

            Esto de la independencia de nuevos Estados, como la guerra y otros conceptos de relevancia jurídico-política, tiene algo de jurídico, pero mucho de fáctico. La guerra se puede declarar, pero aunque no se produzca esa declaración, hay situaciones fácticas que son inequívocamente bélicas. Probablemente por ello nuestra Constitución, aunque encomienda al rey, con autorización de las Cortes Generales, “declarar la guerra y hacer la paz” (art. 63), utiliza en otros casos la expresión “tiempos de guerra” (art. 15) o “tiempo de guerra” (art. 169). Volviendo a la independencia, esta es, primero de todo, una cuestión fáctica, y luego tiene una vertiente jurídica, que pasa por el reconocimiento de otros Estados y organizaciones internacionales. Y todo ello solo parcialmente depende de que exista una declaración de independencia, y mucho menos de que esta sea jurídicamente válida, lo cual no sucede casi nunca, al menos en su origen y de acuerdo con la legislación del Estado del cual se independiza la entidad soberana naciente. Canadá, por ejemplo, nunca emitió ni aprobó declaración de independencia alguna (aún hoy reconoce simbólicamente la jefatura de Estado a la reina británica); sin embargo, nadie duda de que hoy es un Estado independiente y soberano a todos los efectos. Por su parte, la mayoría de Estados americanos, africanos y asiáticos que se independizaron de las potencias europeas, desde los Estados Unidos de América, emitieron en algún momento declaraciones de independencia, que desde luego eran jurídicamente inválidas desde el punto de vista del derecho de la metrópoli europea de la que se tratase. En todo caso, la independencia no fue consecuencia de esas declaraciones (que muchas veces no procedían de ningún órgano oficial del Estado naciente con supuestas competencias para hacerlo, sino de ciudadanos, grupos o ciudades, y podían ser más bien “gritos” que declaraciones), sino de la situación fáctica consistente en que, muchas veces tras una guerra, aparecía un nuevo poder con capacidad para ejercer la soberanía sobre la población de un territorio, es decir, un nuevo Estado. Cuando eso se produce, el reconocimiento por el Estado originario que sufre esa desmembración, e incluso el reconocimiento por terceros Estados, pasa a un segundo plano. Y en la práctica, aun en los casos en los que el origen de la independencia es considerado ilegítimo por la comunidad internacional, si esa situación fáctica se consolida y persiste en el tiempo, al final la mayoría de los Estados reconocen esa nueva soberanía.

 

La Declaración

 

            Cataluña es, desde luego, un caso diferente a los ejemplos de territorios colonizados que lograron la independencia. Pero a los efectos de una hipotética independencia, las reflexiones anteriores son válidas: la clave es la asunción fáctica de la soberanía. Cataluña ha declarado la independencia varias veces, como ahora recuerdan los medios, pero nunca ha sido realmente independiente (ni siquiera por unas horas o días). El 10 de octubre de 2017, es obvio que se ha declarado la independencia en Cataluña.  Y aunque esa declaración no sea un documento oficial de un órgano o poder oficial, no es un escrito de unos amigos tomando una cerveza, sino un documento suscrito en la sede del parlamento por algunos parlamentarios y miembros del Gobierno que se consideran representantes de Cataluña. Jurídicamente, podemos decir no solo que es nula, sino que sería inexistente como acto de un poder público legítimo. Pero eso es irrelevante en este caso. Lo relevante es que esta vez, a diferencia de los anteriores precedentes, hace tiempo que se inició un proceso de creación de “estructuras de Estado” en Cataluña, y en virtud de una ley de transitoriedad (jurídicamente ahora suspendida, y pronto nula) se van a seguir dando los pasos para esa asunción fáctica de la soberanía: inaplicación del Derecho del Estado y sustitución por uno propio, control de sedes, instalaciones y poderes del Estado… Se siguen dos vías para el logro de ese objetivo: el control de “la calle” para ejercer la presión o la fuerza sobre el Estado para privarle de su soberanía (instrumento preferido por la CUP), y la búsqueda de medidas simbólicas que, o bien no existen jurídicamente (con lo cual es dudoso incluso que puedan ser declaradas nulas) o bien fácticamente se ignora su nulidad declarada; todo ello como medio de distracción que puede permitir el avance paulatino pero inexorable, en paralelo, de ese cambio fáctico (instrumento preferido por el Gobierno catalán y el PdeCat, pero plenamente compatible con la vía anterior). En este contexto, la declaración es un elemento fáctico muy relevante que solo un ciego no puede ver. Si Puigdemont contestase a Rajoy que el Gobierno catalán no ha declarado la independencia, no mentiría, pero eso no es óbice para que él, como presidente catalán, y otros miembros de su Gobierno y del Parlamento han suscrito esa declaración, como paso importante de un proceso en el cual hace tiempo que se rompió con toda la legalidad española. Y si el proceso no es parado, seguirá hasta la completa asunción fáctica de la soberanía. Si eso se consolidase, todo lo demás vendría después, tarde o temprano. Ese es, ese ha sido desde hace un tiempo, el plan.

(Fuente de las imágenes: http://halconesenlahistoria.blogspot.com.es/2010/07/4-de-julio-de-1776-declaracion-de.html y http://www.lavanguardia.com/politica/20171010/431970027817/declaracion-de-independencia-catalunya.html)