Si creemos (aunque sea entendiéndolo en términos metafóricos) al autor del Génesis, en el Paraíso no se trabajaba. El trabajo debió venir después, y fue consecuencia de una maldición divina por nuestro pecado: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Aunque también es verdad que, mucho más tarde pero sin salir todavía de la Biblia, San Pablo entendió el papel del trabajo de todos en una sociedad justa, como servicio o aportación a la comunidad, y por eso estableció que para aquellas primeras comunidades cristianas que “el que no trabaje, que no coma”. El trabajo ha sido, por tanto, algo así como un “mal necesario”, una obligación para el ser humano, pero compensada no solo por la contraprestación económica que representaba el salario, sino también por el beneficio que supone para la sociedad. De todos modos, acaso siempre ha existido un sueño, un anhelo más o menos utópico, de poder suprimir o reducir el trabajo, en beneficio del ocio. Quizá fue Karl Marx quien más claramente formuló ese deseo para el futuro, partiendo de que el trabajo era esencialmente una explotación del empresario al trabajador, que se veía obligado a enajenar lo único que realmente poseía, que era su fuerza laboral, a cambio de un salario ridículo porque la plusvalía se la quedaba el propio empresario. Hoy a eso se le suele llamar beneficio empresarial, pero las huellas de todo lo que he venido comentando aparecen en el constitucionalismo social, y la Constitución española de 1978 es buen ejemplo de ello. Ciertamente, el trabajo se configura como deber, pero también como derecho, y viene acompañado del derecho a la libre elección de profesión u oficio, y también “a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia” (artículo 35). Es difícil no ver la huella tanto de aquel concepto bíblico, como, sobre todo, de esas ideas marxistas, mucho más cuando el artículo 43, entre los principios rectores de la política social y económica, dispone que los poderes públicos “facilitarán la adecuada utilización del ocio”. Es la antesala de lo que podríamos denominar un “derecho fundamental al ocio adecuado”.  Pero lo que llamamos ocio solo tiene sentido junto al neg-ocio, es decir, ese  derecho-deber de trabajar (acaso, si lo entendemos literalmente, el menos efectivo de todos los derechos constitucionales en uno de los Estados con más desempleo del mundo occidental), y con una libertad de elección de profesión u oficio, aunque sea siempre relativa, ya que se elige entre lo disponible o lo que quede al alcance, que no siempre es lo que más le gusta a uno…

 

El caso es que aquella utopía de trabajar menos y tener más ocio retorna periódicamente, y ahora parece regresar con más fuerza que nunca, merced a la inteligencia artificial y los robots. Se nos anuncia que más pronto que tarde, gran parte de las actividades que ahora desarrollamos, serán asumidas por máquinas inteligentes. Todo ello en el contexto de una economía colaborativa, que desdibuja las fronteras entre trabajador y empresario, entre consumidor y productor. Desde luego, para que esta revolución no genere una gran crisis o una enorme fractura social, se estudian fórmulas que nos permitieran trabajar menos sin renunciar a las prestaciones actuales, como por ejemplo, que los robots paguen seguridad social (supongo que esto se refiere a sus creadores o diseñadores). No sé si en qué medida llegaremos a ver esto, ni si, en caso afirmativo, supondría una evolución favorable hacia una vida en la que el trabajo no nos absorba tanto, o un cambio traumático generador de insatisfacción social. En todo caso, creo que lo peor que tienen algunos sueños es que a veces se hacen realidad, y es muy probable que una vida sin trabajo, regida además por un “gobierno de las máquinas”, no fuera mejor que esta. Así que, de momento, quien tenga un trabajo que más o menos le estimule o le dé algunas satisfacciones, creo que tiene motivos para estar contento.

Fuente de la imagen: https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-08-11/nos-quitaran-los-robots-el-trabajo-en-2025-el-veredicto-de-los-principales-expertos_173890/

Muchas veces he proclamado en este mismo lugar mi convencido europeísmo. Estoy seguro de que, si se me permite la expresión, “Europa es la única salida que tiene Europa”. Aunque convendría precisar: la salida es más y mejor Europa. En todo caso, he de reconocer que, aunque mantengo firme mi convicción, a veces flaquea la fe en que ese sea el camino que realmente está transitando Europa. Y con la fe, claro, se pierde algo de entusiasmo. Hay que ser conscientes de que la construcción europea nunca ha sido un camino de rosas: las dificultades han hecho que una y otra vez la consecución de los grandes objetivos fundacionales se haya ido aplazando, dilatando o rebajando en su intensidad. Apareció así la cooperación reforzada, para que al menos algunos Estados pudieran avanzar a un ritmo algo más elevado. Y fruto de esa idea llegaron los que posiblemente hayan sido hasta ahora los logros más tangibles de la Unión Europea: la libertad de circulación, real y generalizada, aunque solo en el “espacio Schengen”, y desde luego la moneda única, el euro, aunque en este caso en un espacio más reducido que el de la Unión. En los últimos años, el fracaso de la Constitución europea o el Brexit han contribuido a ralentizar todavía más el proceso de la integración.

De todas formas, en alguna medida estas crisis pueden fortalecer a Europa, si persiste en sus objetivos centrales, aunque por otras vías. La Constitución se sustituyó por el más moderado Tratado de Lisboa, y quizá llegue el momento de volver a pensar en su reforma. Y el Brexit… quizá facilite que los demás puedan seguir avanzando con un ritmo más intenso, sin el “lastre” -si se me permite la expresión, dicha con todo respeto- que a veces suponía el Reino Unido. En cambio, tengo más dudas de que Europa sea capaz de superar otras crisis más profundas, en la medida en que afectan a los cimientos que quizá haya sido su logro más importante, como es la libertad de circulación, esa Europa sin fronteras siempre imaginada. Y es que la supresión de las fronteras internas necesita dos presupuestos fuertes, que como se ve recientemente, están muy lejos de cumplirse. Uno, que junto a las personas, circulen libremente las resoluciones judiciales, en especial las que permiten detener y enjuiciar a los presuntos responsables de delitos. De lo contrario, tendremos una enorme excepción al principio del imperio de la ley. Y en este aspecto, como vemos en ejemplos de todos conocidos, parece que la regulación de la orden europea de detención y entrega es mucho menos ágil, y mucho menos completa, de lo que nos “vendieron” en su día. Y en segundo lugar, la supresión de las fronteras internas conlleva que las fronteras externas deban ser homogéneas, con un grado de “permeabilidad” y con unos criterios para la entrada similares en todos los Estados. Y eso, ante los inmensos flujos inmigratorios que afronta la Unión, implica también la solidaridad entre todos los países. No puede ser que la situación se intente resolver por cada Estado de forma individual, y con criterios a veces antitéticos sobre la admisión. Las sucesivas crisis de los refugiados, y la respuesta común al problema de la inmigración, son los grandes retos de Europa. Si no los afronta adecuadamente, podemos estar ante un gigante con pies de barro, que sin darse cuenta se esté desintegrando a la vista de todos.

Fuentes de las imágenes:

http://manuescudero.es/blog/2015/10/30/frente-a-la-crisis-de-los-refugiados-acciones-concretas/

https://actualidad.rt.com/actualidad/185006-inmigrantes-refugiados-rutas-europa-ue

El frenesí informativo de estos días, y acaso también la costumbre, ha restado relieve al undécimo triunfo de Rafa Nadal en Roland Garros. Antes de que el mundial de Rusia 2018 monopolice toda la atención, creo que es el momento de detenerse en esta proeza, y en los méritos de su autor. Desde luego, y más allá de apreciaciones subjetivas, los datos y las cifras son apabullantes. El actual número uno del tenis mundial no solo ha sido el único tenista que ha conseguido ganar once veces el torneo de Roland Garros, sino que además es el segundo con más títulos del Grand Slam (17, por 20 de Roger Federer, cifra que por cierto no parece imposible que alcance el manacorí), y ocupa el primer lugar en títulos de Masters 1000 en modalidad individual. Es el cuarto en la lista de títulos ATP, pero comparte con su amigo Federer el primer lugar en número de títulos ATP World Tour 500. Además de todo ello, tiene dos medallas de oro olímpicas, que contribuyen a que haya sido el tenista más joven en conseguir el llamado “Golden Slam” a lo largo de su carrera, lo que logró en 2010.

Creo que se puede afirmar, sin temor a resultar exagerado, que es uno de los mejores tenistas de la historia (y sin duda el mejor en tierra batida), así como uno de los mejores deportistas españoles en toda la historia (con permiso, quizá, de Miguel Indurain). Parafraseando aquel anuncio de cerveza, podría decirse que es “probablemente, el mejor deportista español de la historia”. Todo esto son méritos más que suficientes, pero como he dicho muchas veces, en el caso de deportistas con gran proyección pública, no hay que olvidar que son, para muchas personas, y especialmente jóvenes, un modelo, o al menos una referencia. Y por ello, hay que valorar que sepan transmitir determinados valores positivos. En este sentido, Rafa puede ponerse como ejemplo en no pocos aspectos. En primer lugar, su capacidad de lucha y superación. Su carrera, siendo espectacular, ha sido algo irregular por culpa de las lesiones. Pero nunca ha abandonado, siempre ha sido constante, y así ha logrado levantarse tantas veces como ha caído. Por otro lado, este tenista sabe mantener, en sus apariciones públicas, un equilibrio muy adecuado entre el “estar callado” y no pronunciarse ante nada (como si los deportistas no vivieran en la sociedad), y “ser un bocazas”. Nadal ha sido siempre prudente y moderado, pero ha expresado su opinión cuando lo ha considerado. Por eso sabemos, entre otras cosas, que este tenista balear está orgulloso de ser español (y basta ver cómo se emociona con el himno) y desea que España siga estando unida. Por todo, enhorabuena campeón.

Fuente de la imagen es: http://www.marca.com/tenis/roland-garros/2018/06/10/5b1d49f8e2704e14458b4660.html

Una vez que el presidente del Gobierno ha accedido al cargo por cualquiera de los procedimientos constitucionalmente previstos, sobre la formación del resto del Gobierno no hay, en términos constitucionales, mucho más que añadir. Tan solo cabría mencionar el artículo 100 de nuestra norma suprema, que dice: “Los demás miembros del Gobierno serán nombrados y separados por el Rey, a propuesta de su Presidente”. Por tanto, el presidente elige libremente a sus ministros, y aunque en un Estado de derecho la arbitrariedad de los poderes públicos está siempre prohibida (artículo 9.3), hay que reconocer que su margen de decisión es, en esto, casi total. Así que el Derecho Constitucional, habitualmente tan entretenido y hasta divertido, en este tema da para relativamente poco, ya que, a partir de ahí, cualquier valoración que se haga sería política, social, cultural, pero no jurídico-constitucional. Lo bueno es que en este espacio yo también me siento libre para dar opiniones particulares de cualquier naturaleza. Lo menos bueno, que ya saben mis lectores que no me gusta expresar aquí valoraciones políticas, y lo único que reconozco abiertamente es ser… del Atlético de Madrid.  Unos ministros me gustan más, otros menos, pero eso no tiene mucha relevancia.

Pero es evidente que la propia composición del Gobierno transmite algo. Yo creo que este Gobierno de Pedro Sánchez contiene ciertos gestos o “guiños”. Y también mensajes de otro tipo. Entre esos “guiños” parece que hay alguno claro a Europa, al feminismo (o por mejor decir, hacia un concepto de igualdad entre sexos que va más allá de la paridad) o al ecologismo. Eso no prejuzga si finalmente el Gobierno será europeísta, feminista, ecologista… pero se busca dar esa imagen. Entre los “mensajes”, hay una apuesta por el perfil técnico en ciertos ámbitos, pero el que más me interesa es el de firmeza en la defensa de ciertos valores constitucionales, que es, desde luego, toda una apuesta frente a los independentistas que postulan la ruptura unilateral. Algunos han dicho que todo esto es “marketing político”, y yo creo que eso puede afirmarse, pero sin el menor matiz peyorativo. Es imposible valorar hoy la gestión política del Gobierno, y ya se sabe que es tradicional al menos dejar cien días para ese tipo de valoraciones. Esa gestión es, hoy, un libro en blanco. Pero formar un Gobierno es, también, hacer política, y está claro que el presidente Sánchez ha sabido diseñar unos perfiles claros. Y aunque en esto, como casi todos los ámbitos, sea más importante hacer que comunicar, políticamente es hábil quien sabe transmitir la imagen de lo que se pretende hacer.

Fuente de la imagen: http://eldia.es/nacional/2018-06-01/32-Aprobada-mocion-censura-lleva-Sanchez-Moncloa.htm

El sistema parlamentario de gobierno se caracteriza por la permanente dependencia del Gobierno respecto al Parlamento, ya que aquel tiene origen parlamentario y responde políticamente ante la cámara que lo ha elegido. Esta característica, que tiene indudables ventajas, tiene también el inconveniente de que tiende a provocar una mayor inestabilidad de los gobiernos. Por este motivo, tras la segunda guerra mundial, y a partir sobre todo de la Ley Fundamental de Bonn de 1949, en algunos sistemas se va instaurando lo que se ha dado en llamar “parlamentarismo racionalizado”, que se caracteriza porque la responsabilidad política del Gobierno solo se puede exigir por vías tasadas, en particular la cuestión de confianza y la moción de censura. Y en particular, porque esta última pasa a ser una moción de censura “constructiva”, que implica no solo el acuerdo en derribar a un Gobierno, sino también en la formación del nuevo Gobierno, ya que el apoyo a la moción supone también el apoyo a la investidura del candidato alternativo. Es más fácil destruir que construir, y con este mecanismo, aunque se dificulta el derribar a un Gobierno, se evitan vacíos de poder o situaciones de inestabilidad. Es, en realidad, un procedimiento doble, simultáneamente de censura a un Gobierno y de investidura de un nuevo presidente.

En la Constitución de 1978 se sigue muy de cerca esa “estela” de la Ley Fundamental de Bonn. La moción de censura es constructiva, y requiere el apoyo al nuevo candidato. Este apoyo implica un acuerdo de investidura, y cabe suponer que ha de implicar al menos unas coincidencias programáticas básicas. Mucho más si, más allá de lo que alguno ha llamado “moción instrumental” (cuyo objetivo sería únicamente convocar elecciones, y que no parece muy acorde con lo previsto en la Constitución), se trata de una moción que pretende formar un nuevo Gobierno, con un nuevo programa, por un tiempo indefinido. Si, como parece muy probable en el momento de escribir estas líneas, la moción en marcha en el Congreso va a triunfar, sin duda alguna el candidato se convertirá en el presidente legítimo, de acuerdo con las reglas del juego constitucional. Pero la falta prácticamente total de acuerdos programáticos con los independentistas y otras fuerzas que apoyan la moción, e incluso el dato sorprendente de que el candidato acepte y defienda los presupuestos que hace una semana rechazó su grupo y todos los que ahora le apoyan, hacen que esta moción carezca de programa y tenga muy poco de constructiva, pues no logra disimular el propósito destructivo que la ha inspirado, que es lo único que ha permitido que se pongan de acuerdo fuerzas tan dispares.

Fuente de la imagen: http://www.antena3.com/noticias/espana/asi-funciona-mocion-censura-espana_201704275901d6070cf2461b6deb4f2c.html

Admirado “Niño”: aunque ya lo hice cuando se fue al Liverpool, me parece que está justificado que le dedique un nuevo artículo. Eso sí, manteniendo esa regla inquebrantable de no repetirme ni copiarme a mí mismo. Por eso, esta vez voy a tratar de dejar a un lado mis sobradamente conocidos sentimientos atléticos. Y quisiera centrarme en el hecho de que los deportistas, por encima de muchos otros colectivos, constituyen una referencia o modelo para muchas personas, y especialmente para muchos jóvenes. Por eso es muy importante que, más allá de demostrar (y a veces exhibir) sus sobresalientes condiciones físicas, sepan transmitir ciertos valores. Por suerte, creo que entre los deportistas españoles hay más de uno que resulta admirable por ello. Pero me temo que en el fútbol esa característica no es tan frecuente, de tal manera que nuestros niños terminan percibiendo, las más de las veces, el “no ejemplo” del nivel de vida que llevan, los cochazos y las cambiantes parejas. Cuando no la soberbia o la presunción con la que algunos se expresan. Y no seré yo quien cuestione el derecho de cada uno a llevar la vida que quiera, pero lo bueno sería que haya otra cosa que transmitir: el ejemplo de calidad humana, de capacidad de lucha, de superación, y (no solo en el fútbol) valores como la fidelidad, la lealtad o el sentimiento de “familia” o de “comunidad” (esto último muy importante en un deporte de equipo).

Fernando Torres

A mi juicio, usted, aquel “niño” que se ha transformado en leyenda, según el eslogan de estos días, es una excelente muestra de todo lo anterior. Estuvo en el equipo en segunda división, cuando otros se hubieran ido. Cuando se fue, no pensó solo en su dinero, sino mucho más en el que necesitaba el club: el Atleti y usted tuvieron que crecer temporalmente por separado. Se negó rotundamente a celebrar el único gol que le marcó al Atleti con la camiseta del Chelsea. Y a su regreso, ha luchado como uno más, nunca ha reclamado nada, y ha aceptado sin el menor atisbo de queja la decisión del entrenador de ir dándole cada vez menos minutos. Después de haber marcado el gol en la final con la que la selección española inició su senda más gloriosa, ganar el europeo y el mundial, la Champions y la Europa League, ha reconocido que esta Europa League con el Atleti es para usted, en el plano emocional, el más importante de sus títulos. Todo un ejemplo de lealtad, de sentimiento, de nobleza, de coraje y de humildad. Ha demostrado que se puede ser un gran profesional y no renunciar jamás a los sentimientos ni a los valores. Merece el homenaje del último partido de liga con su doblete, y cualquier otro que se le haga. Mucha suerte, Niño. Mucha suerte, don Fernando, legendario Torres. Hasta pronto.

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Habitualmente he dedicado los artículos de esta serie a canciones de mi infancia y juventud. Y es que aquello que nos gustó o llamó la atención en los primeros años de nuestra vida, nos marca probablemente para siempre. En este caso, en cambio, me refiero a un autor cuyo primer disco es de 1991, y su primer gran éxito, por el que casi todos le conocimos (“Tierra de nadie”) data de 1998. Pero no por ello la música de Hevia ha dejado de ser “música de mi vida”, porque representa mejor que nadie lo que significa innovar respetando la tradición. Cualquier asturiano se cría acostumbrado a escuchar las gaitas en todo tipo de eventos y fiestas, aunque no todos la tocan desde los 7 años. Hasta ahí, José Ángel Hevia Velasco podría haber sido “simplemente” un gran gaitero. Pero una cosa es eso, y otra muy diferente inventar un instrumento llamado gaita electrónica, y a partir de ahí revolucionar la tradicional música gaitera, partiendo en muchas ocasiones, de canciones o melodías tradicionales, pero transformándolas para darles un estilo y un toque radicalmente original, innovador, absolutamente híbrido, e incuestionablemente rompedor. Eso solo está al alcance de los genios. Y, por supuesto, como toda obra genial, los primeros discos de Hevia fueron objeto de debate o controversia, su estilo fue cuestionado por los más puristas, tuvo sus detractores y sus partidarios… Como todo es opinable, diré que a mí siempre me pareció fabuloso y extraordinario, y que sin duda ha contribuido enormemente a la difusión y el interés por la gaita y por algunas canciones tradicionales asturianas.

Música de mi vida - Hevia

Es imposible aquí hacer una selección de sus mejores canciones. Del excelente disco antes mencionado, aunque parece imposible destacar solo una me decanto por el gran éxito Busindre Reel, canción absolutamente dinámica y casi totalmente instrumental, aunque, entre ese ritmo gaitero casi “pop” se puede escuchar a la señora cantando “Tu non vuelvas máaas a mio casa faciendo ruiu con les madreñes”. Este gran defensor de la lengua y la cultura asturiana ha seguido creando sus particulares versiones de canciones tradicionales asturianas en discos posteriores como “Al otru llau” (2003), pero al tiempo ha ido evolucionando hasta el reciente “Al son del indianu” (2018) en el que vuelve a innovar y resultar rompedor, aplicando su gaita eléctrica a ritmos tan latinos como la bachata, el bolero o incluso el tango, en un particular y precioso reconocimiento a los asturianos que emigraron a América a ganarse la vida y de vuelta dejaron su huella a orillas del Cantábrico; un trabajo construido con esa mixtura de elementos (en este caso, Asturias e Iberoamérica, tradición e innovación) que Hevia maneja mejor que nadie.

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La palabra “serio” tiene varios sentidos, y en algunos de ellos puede ser contraria a “alegre” o “desenfadado”. Pero si entendemos serio no como “severo en el semblante, en el modo de mirar y hablar”, sino más bien como “real, verdadero y sincero, sin engaño o burla, doblez o disimulo”, o como “grave, importante, de consideración” (que son, probablemente, sus sentidos más positivos), resulta que el que algo o alguien sea serio no solo es compatible con que sea alegre, sino incluso con que resulte ameno o divertido. Lo contrario de divertido no es, desde luego, serio, sino aburrido. Y ser aburrido no es ningún valor. Más bien al contrario, suele resultar positivo utilizar medios amenos, alegres y atractivos para abordar cuestiones serias, siempre que no se confunda el medio y el fin. El sentido del humor resulta saludable tanto a nivel individual como social.

Creo que, en principio, todo es susceptible de ser abordado con sentido del humor, aunque no toda forma de humor puede legitimar siempre lo que sea objetivamente ofensivo o hiriente. El Tribunal Supremo de Estados Unidos, en Hustler Magazine vs. Falwell, de 24 de febrero de 1988 (uno de los asuntos que refleja la película que se tituló en España El escándalo de Larry Flynt) protege especialmente aquella comunicación que constituye evidentemente una parodia, y no resulta realmente creíble ni verosímil. La libertad de expresión protege todos los gustos, incluso aquello que la mayoría pueda considerar de mal gusto. En general, la jurisprudencia da una mayor protección a aquellas manifestaciones en las que prevalece el animus iocandi. Aunque esto no puede afirmarse de una manera categórica o absoluta, ya que en cualquier mensaje dicho animus puede convivir con un claro animus iniuriandi, y no siempre es fácil determinar cuál prevalece, ni la intensidad de esa intención de ofender o injuriar. A mi juicio, el humor nunca debería ser utilizado meramente como una coartada, excusa o forma de encubrir la intención de lesionar de forma clara el honor, la intimidad, u otros valores constitucionalmente protegidos. En cuanto a los valores o principios colectivos, cada sociedad en cada momento tiene un grado de sensibilidad especial frente a determinados temas, pero en ningún caso ello debería impedir abordarlos con humor. Ese genial castellanomanchego que es José Mota, por ejemplo, siempre ha sabido hacer buen humor sin ofender, aunque muchas veces sus parodias encierren profundas críticas a nuestra sociedad. El humor bien entendido debe empezar con uno mismo. Y en una sociedad que en algunos aspectos parece siempre tensa y a veces hasta desquiciada, el humor es la mejor terapia.

Fuente de la imagen: https://www.lifehack.org/584343/having-sense-humor-worse-than-being-boring

Lo que diferencia la civilización de la barbarie es fundamentalmente que en aquella se establecen reglas, y mecanismos ordenados y equilibrados para sancionar a quienes las infringen, así como para la solución pacífica de controversias. Se supera así la mera venganza, el linchamiento o la pasional respuesta tribal. Más tarde se supera también el “ojo por ojo”, y se va asentando la idea de que para preservar estos mecanismos es necesario un poder judicial independiente de todos los demás poderes, pero también de cualquier tipo de presión social o económica. Los jueces han de operar solamente con criterios jurídicos, que incluyen no solo las reglas explicitadas en las normas aplicables, sino también principios como la presunción de inocencia (ya dijo Ulpiano “satius enim esse impunitum relinqui facinus nocentis quam innocentem damnari”) o el más genérico del “in dubio pro reo”.  Sus decisiones son siempre revisables con esos mismos criterios, y las leyes en las que se basan, susceptibles de reforma por los procedimientos previstos.

Desde luego, la libertad de expresión permite criticar las decisiones de todos los poderes públicos, incluido el poder judicial. Pero no es igual criticar las sentencias que atacar a los jueces. Y tampoco dejan de resultar llamativas (aunque lícitas) las críticas de algunas personas que, en muchos casos sin conocer el derecho, antes de haber leído la sentencia, y sin haber analizado las pruebas, exigen directamente la inhabilitación de los jueces. Desde luego, en el caso de la ya famosa “sentencia de la manada”, ha habido críticas de todo tipo, pero tengo la sensación de que entre los juristas han sido mucho más frecuentes las expresiones de respeto a los jueces, se acompañen o no de discrepancias sobre el fondo. Por lo demás, siendo la prueba principal (además de la declaración de la víctima, a la que los jueces han dado plena credibilidad) un vídeo que se supone que nadie ha visto, excepto las partes y los propios jueces, creo que las opiniones deberían ser muy cautelosas. Pero como alguien ha dicho, parece que la posverdad ha llegado a la justicia, y muchas personas habían ya asumido un relato, una interpretación, y una única solución justa. Esa construcción resulta muy emotiva y es fácil que cale en muchas personas. Lo increíble e injustificable es que a ello se apunte el propio ministro de Justicia, que se permite además aleccionar al Consejo General del Poder Judicial, órgano que existe precisamente para garantizar que un ministro no pueda dar indicaciones sobre lo que ha de hacer este, o los propios jueces. La última palabra, por suerte, la tendrá un tribunal superior, porque la única salida es siempre el Estado de derecho.

Fuente de la imagen: http://www.mercado.com.ar/notas/2711133

En varias ocasiones he dedicado este espacio a los derechos que existen sobre una imagen, que básicamente son de dos tipos: los del autor, y los de las personas captadas (si la imagen refleja a personas). Hoy, toda persona es un medio de comunicación; todos tenemos una cámara en el bolsillo, y todos podemos ver cómo nuestra imagen es captada y reproducida. Así que puede ser útil conocer (y practicar) algunas reglas básicas derivadas de nuestro derecho y del sentido común. Intentaré expresarlas sintéticamente:

  1. Como regla general, no publiques la imagen de terceras personas sin su consentimiento, implícito o explícito (en algunos lugares del mundo, una propina puede ayudar… y a veces conseguirás una mejor foto, con un posado y una sonrisa).
  2. La publicación debe ser proporcional al consentimiento. Alguien puede permitir que le tomes una fotografía, pero eso no significa que puedas presumir que consiente cualquier uso o difusión de ella.
  3. En el caso de personas privadas, lo único que se puede publicar sin pedir consentimiento es aquella imagen tomada en lugar público y que sea accesoria en una toma más amplia o general.
  4. En la duda, busca la opción más prudente. No publiques primeros planos “robados”, y ofrece quitar las fotos que hayas subido (indicando forma de contacto) a las personas que aparecen en ellas.
  5. La responsabilidad por la difusión indebida de imágenes no afecta solo a quien publica, sino también a quien comparte, al menos cuando es evidente que esa imagen no cumple los requisitos para su difusión.
  6. No tiene las mismas consecuencias compartir algo con tus amigos, que hacerlo con todo el mundo. Tanto para lo que publicas como para lo que compartes, tanto para la protección de la imagen de los demás como de la tuya propia, piensa bien cómo quieres configurar las opciones de privacidad en una red social.
  7. Protege tu imagen, sobre todo la del perfil de Facebook. Lo mejor es no subir lo que no quieras que pueda ver cualquiera, nunca puedes estar seguro de que alguien no lo comparta indebidamente.
  8. Respeta siempre el derecho de autor: jamás compartas una foto que no hayas hecho tú, sin citar al autor, o al menos la fuente de donde la has tomado.
  9. En ciertos casos, ni siquiera con cita se puede compartir una foto, porque el autor puede restringir esa opción o someterla a requisitos. Infórmate antes de compartir; como regla general, no publiques en abierto aquello a lo que accediste en un foro restringido.
  10. Cuando subas una foto de tu autoría, aunque no incluya la imagen de nadie, infórmate de las condiciones de la plataforma a la que la subes, para saber en qué medida estás consintiendo el acceso o uso de la foto por terceros. O establece tus propias condiciones. Si la valoras, fírmala, procurando no estropearla con ello.