Decía Montesquieu que el poder legislativo ha de estar compuesto por dos cámaras tan separadas como lo permita la naturaleza común de sus funciones. De esta manera, quien fuera una de los primeros teóricos de la separación de poderes, justificaba esta “división interna” en el legislativo como vía para equilibrar y limitar a los propios poderes. Es claro que Montesquieu pensaba en una cámara alta nobiliaria, como es la Cámara de los Lores de los ingleses. Hoy, este tipo de cámara casi no existe en el mundo, e incluso en algunos países hay parlamentos unicamerales (y, por cierto, así son todos nuestros parlamentos autonómicos), pero una segunda cámara suele resultar muy habitual, no tanto con ese perfil estamental o nobiliario, sino representación de los territorios, frente a la “cámara baja”, heredera de la representación de las ciudades o del “tercer estado”, que representa hoy a la población. Y permanece la idea de que un legislativo dividido en dos cámaras facilita el control mutuo y el equilibrio de poderes.

Nuestro Senado, según la Constitución, sería la cámara “de representación territorial” (artículo 69.1). Pero ya es un lugar común en la doctrina, e incluso en los ámbitos político y social, que mal puede cumplir esa finalidad con su actual composición (que mayoritariamente representa a provincias y no a comunidades autónomas) y sus funciones. De ahí que muchos vengamos defendiendo la necesidad de su reforma. Mientras ese momento llega -resultaría obvio decirlo- hay que respetar sus funciones y competencias constitucional y legalmente establecidas. Por lo demás, ha demostrado “no ser tan inútil” como parecía (si me permiten esa forma de expresarme, que resultaría abrupta en un foro más académico). Su papel en el procedimiento establecido en el artículo 155 de la Constitución es esencial, y participa en la función legislativa (aunque en una posición un tanto subordinada al Congreso) y también en la función de control, sin que en este ámbito se aprecien diferencias significativas con la cámara baja (dejo de lado la responsabilidad política, que es otra función que monopoliza el Congreso). Los artículos 109 a 111 de la Constitución regulan esta función de control. En concreto, el artículo 110.1 afirma que “Las Cámaras y sus Comisiones pueden reclamar la presencia de los miembros del Gobierno” y lo más razonable es entender que esa “reclamación” conlleva una obligación por parte del miembro reclamado, ya que lo contrario sería dejar el ejercicio efectivo del control en manos del sujeto controlado. Tratar de eliminar o socavar esta función del Senado sería ignorar lo que dice la Constitución, y desequilibrar nuestro modelo de separación de poderes.

Hace ahora un año, el 3 de octubre de 2017, el rey Felipe VI pronunció el que sin duda ha sido -al menos hasta el momento- el discurso más importante de su reinado. Pero, desde luego, si ese mensaje de seis minutos fue trascendental no es por su significación para la Corona, sino por sus consecuencias para España, y en concreto para Cataluña, que fue, como todo el mundo recuerda, su objeto central. Alguien ha comparado ese mensaje con el del rey Juan Carlos la noche del 23 de febrero de 1981. Dejando ahora de lado similitudes y diferencias, sí puede decirse que ambos casos el rey jugó un papel destacado (aunque desde luego, no único) en la recuperación de la legalidad constitucional, que había sido claramente quebrantada por algunos, que pusieron en jaque al propio sistema constitucional y democrático. Y también, que en ambos casos los monarcas hablaron con una contundencia inusitada. En concreto, en 2017 Felipe VI, refiriéndose a “determinadas autoridades de Cataluña” señaló su “deslealtad inadmisible hacia los poderes del Estado”, añadiendo que “han quebrantado los principios democráticos de todo Estado de Derecho y han socavado la armonía y la convivencia en la propia sociedad catalana”, para destacar a continuación su “conducta irresponsable”, todo lo cual suponía “la culminación de un inaceptable intento de apropiación de las instituciones históricas de Cataluña”. Sin embargo, concluyó con un mensaje positivo y esperanzador, señalando a todos los catalanes que todo puede defenderse por las vías constitucionales, y transmitiendo ánimo y afecto a los catalanes preocupados por las actuaciones de sus autoridades, y al conjunto de los españoles, afirmando rotundamente que superaríamos esos difíciles momentos.

Con este discurso, el rey se mantuvo en el papel que tiene un monarca parlamentario, que se sintetiza, según célebre frase inglesa, en la idea del derecho a “ser consultado, animar y advertir”. En efecto, Felipe VI opinó, advirtió y animó. Si ese “golpe” o quebrantamiento constitucional no se consumó -ya que es obvio que la independencia de Cataluña no se ha producido por esa vía rupturista y unilateral- no fue solo por la actuación del monarca. El Gobierno, todas las fuerzas políticas que apoyaron la aplicación del artículo 155, el Tribunal Constitucional, y el poder judicial, al iniciar los correspondientes procesos penales por (presuntos todavía) delitos muy graves, jugaron cada uno su papel en ello. Y sobre todo, una vez más, el pueblo, y en este caso, sobre todo, esa parte mayoritaria del pueblo catalán que siempre ha estado a favor de la permanencia en España y en Europa. Pero esa parte de la población, seguramente reconfortada por el discurso del rey, se hizo a partir de entonces mucho más visible, demostrando que no está dispuesta a aceptar la imposición de unos pocos por encima de la propia Constitución. El mensaje de Felipe VI puso de relieve, dentro y fuera de España, que el conflicto no se produce entre España y Cataluña, sino entre catalanes que piensan de manera diferente, y entre los cuales había que evitar el enfrentamiento que algunos vienen buscando, para sustituirlo por la convivencia “en paz y en libertad”. Algunos dicen que, con este discurso, el rey se granjeó la antipatía de algunas personas en Cataluña. Si eso es cierto, es un coste asumible por el cumplimiento de su deber, y el trascendental papel jugado para defender la convivencia constitucional y democrática. Otros critican que no apeló explícitamente al diálogo. Cabría decir que dicho término podía entenderse incluido en las ideas de “entendimiento” y “concordia” a cuyo servicio se posicionó el rey. En todo caso, dijo lo que era urgente decir en ese momento, porque todo diálogo solo es posible y tiene sentido dentro de los márgenes de la Constitución (lo que, obviamente, incluye su reforma por los procedimientos previstos). Por ello, este discurso está llamado a pasar a la historia, porque seguramente jugó un papel histórico.

Para pronunciarse sobre la conveniencia de suprimir o limitar los aforamientos, conviene entender bien lo que son y por qué existen. Si nos limitamos a asumir que son un privilegio injustificado, o una puerta para que los políticos y otros colectivos no respondan por sus incumplimientos legales, es obvio que habría que suprimirlos de inmediato. Pero los aforamientos, desde luego, no son eso. Los sujetos aforados responden de todos los ilícitos que cometan, y la única peculiaridad que tienen es el que, en el ámbito penal, lo hacen ante un órgano judicial diferente al que correspondería en la generalidad de los casos (caso distinto es el de la inviolabilidad y la inmunidad). Es verdad que esto es un trato desigual, pero no nos resuelve la cuestión de si es o no discriminatorio, porque para ello sería necesario que carezca de una justificación razonable. Por lo demás, en los casos en que están previstos en la Constitución, no caben las “normas constitucionales inconstitucionales”, por lo que ni siquiera tendría sentido plantearse su incompatibilidad con otros valores constitucionales, aunque sí una interpretación armónica con ellos.

 

Lo anterior no es óbice para plantear la reforma de los supuestos de aforamiento constitucionalmente previstos, que son dos: el artículo 71.3, aplicable a diputados y senadores, y el 102.1, referido al presidente y los demás miembros del Gobierno. En ambos casos, se limitan al ámbito penal, y el fuero corresponde a la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo. El motivo por el que se establecieron, siguiendo nuestros antecedentes históricos, es tratar de impedir posibles persecuciones políticas, o simplemente actuaciones tendenciosas o subjetivas de algún juez, a favor o en contra del cargo político del que se trate. Esta hipótesis, que en algunos momentos históricos se ha convertido en una realidad, explica que, en su momento, se entendiera conveniente esta prerrogativa. Eso no significa en absoluto, como alguien ha sugerido, presumir que los jueces sean por definición tendenciosos, ni mucho menos prevaricadores o dispuestos a dejarse llevar por sus preferencias políticas. Pero cierta subjetividad es inherente a toda actuación humana, y en casos políticamente sensibles, se pensó que un órgano colegiado, y del máximo nivel, podría garantizar mejor la actuación objetiva. Si esta explicación de la prerrogativa puede entender como una justificación aplicable en 2018 es precisamente lo que corresponde valorar para decidir si procede esa reforma (que afectaría exclusivamente a los cargos mencionados, al menos en principio). Por supuesto, finalmente decidirá la mayoría cualificada de nuestros representantes, y eventualmente el pueblo en referéndum.

Fuente de la imagen: https://es.wikipedia.org/wiki/Tribunal_Supremo_(España)

Dice la Ley de Felson: “Robarle ideas a una persona es plagio. Robárselas a muchas es investigación”. Esta ley figura en el libro de Arthur Bloch, La ley de Murphy. Edición especial de aniversario, traducción de Ana Mendoza, Temas de Hoy, Madrid, 2005, p. 98, y como se puede comprender, está enunciada con sentido del humor. Lo que sí es cierto es que, si bien es deseable y positivo que las investigaciones sean profundamente innovadoras, el máximo grado de innovación, creatividad e inteligencia solo es alcanzable por algunos, de manera que el “rasero mínimo” se queda en la exigencia de una obra original que realice alguna aportación relevante a la ciencia de que se trate. Desde luego, esto excluye toda forma de plagio, así como toda apropiación de cualquier obra intelectual ajena. Para evitar este tipo de prácticas inadmisibles, hay que seguir diversas reglas, pero estas se pueden resumir en el sentido común y la más rigurosa honestidad en el manejo de las fuentes y la declaración de la procedencia de toda idea o texto. Se puede citar más o menos, y la comunidad científica admite diversos sistemas y técnicas de cita, pero lo que en ningún caso cabe es reproducir sin cita.

Honestidad intelectual Copiar-Pgar

Honestidad intelectual Copiar-Pgar

De aquí se derivan ciertas elementales: siempre que se incorporen ideas ajenas hay que dar la referencia, y reflejarlas huyendo de toda tendenciosidad o manipulación; siempre que se introduzcan citas literales hay que entrecomillar, además de declarar la fuente; si se cita “por referencia” de otro autor (lo cual hay que evitar como regla general, salvo que la fuente original resulte inaccesible por razones justificadas), hay que citar al autor que da la referencia, y no fingir que se acudió a la fuente original; si la traducción la ha hecho un tercero, hay que citar al traductor. En las tesis doctorales, hay exigencias adicionales, ya que han de ser originales e inéditas y, como es obvio, si son de un autor único no pueden incorporar textos realizados en coautoría. En estos casos, la autocita es perfectamente posible, pero no el autoplagio, si se entiende por este la inclusión íntegra y no declarada de publicaciones previas. Todo este conjunto de criterios deriva de una exigencia general de eso que podemos llamar “honestidad intelectual”. En mi opinión, alguien podría cumplir estos criterios y, sin embargo, ser deshonesto en otros aspectos de la vida; pero lo contrario sería mucho más difícil. Si alguien no es suficientemente riguroso y honesto en su trabajo académico, y es capaz de apropiarse de la obra de otros, o falsear la suya propia haciéndola pasar por original e inédita sin serlo, creo que no cabe confiar en que esta persona sea honesta en cualquier otro aspecto de la vida.

Fuente de las imágenes:

Es probablemente la única bebida que, existiendo en todo el mundo, en todos los lugares es un producto local. En los trópicos o en regiones frías, en Asia, África o América, cada país, incluso muchas veces cada región o cada ciudad, se enorgullece de su cerveza. No se puede conocer bien un lugar sin conocer sus variedades de cerveza. Las hay rubias, rojas, tostadas, negras; ligeras y con cuerpo, con diversos estilos… y todas están buenas. La cerveza es, junto al vino y la sidra, una bebida que contiene alcohol, pero en la cual su consideración de “alimento” tiene más peso, porque estas bebidas se han consumido desde siempre como parte de un tipo de dieta. Como destaca un reportaje publicado en la revista National Geographic España en febrero de 2017, un estudio de la Universidad Politécnica de Munich ha descubierto que la causa originaria del “invento” de la agricultura -y con él de toda la revolución neolítica- fue el descubrimiento de la fermentación de los cereales, es decir, de la cerveza. “Empezamos a labrar la tierra para beber”, de dice literalmente en este reportaje. Parece que el ser humano había descubierto la fermentación espontánea de las frutas que caían de los árboles, y pronto aprendió a consumir combinados de cereales y agua, primitivas cervezas que se removían en grandes tinas, como parecen demostrar algunas excavaciones en el sudeste de Turquía. Ahora todo parece entenderse mejor: no abandonamos nuestra aventurada, incierta y excitante vida de cazadores-recolectores nómadas, para sustituirla por una aburrida y acomodada vida sedentaria; no abandonamos el consumo de las jugosas carnes de las piezas cazadas, para comer verduras, arroz, pan o pollito, sino para poder hacer fiestas en las que consumir cerveza, y poco más tarde vino.

Elogio de la cerveza

Elogio de la cerveza

Los mismos estudios demuestran el importante papel nutritivo que tuvo la cerveza en aquellos seres humanos que la descubrieron, cuya dieta podía ser deficitaria en muchos de los elementos que aporta esta bebida. A lo que hay que añadir el probable papel de los primeros alcoholes en el ámbito de las creencias y prácticas religiosas. Y es que una buena cerveza siempre es sana, y su consumo moderado (salvo que se tenga que conducir, manejar maquinaria precisa, etc.) es una buena costumbre. No soy médico, pero baso esta afirmación en la experimentación y la contrastación empírica. Por lo demás, una cerveza, a ser posible bien fresquita, ayuda a relajarse, y es el mejor complemento a una buena conversación, o a la diversión entre amigos, porque, consumida con buen criterio en el momento adecuado, potencia una de las mejores características del ser humano: la sociabilidad y la empatía con otros seres humanos. ¡Salud!

Elogio de la cerveza

Elogio de la cerveza

Hace años que un eslogan con fines turísticos se refiere a Asturias como “paraíso natural”, y desde luego esta es una definición sintética y apropiada de este lugar maravilloso. Pero Asturias es mucho más. Es (además de las insulares) la única comunidad autónoma de nombre plural, y acaso eso da idea de que hay varias Asturias: la costa y la montaña; la minera, la industrial, la ganadera, la marinera; la urbana y la rural; occidente, centro y oriente… Pero todas ellas configuran una Asturias a la que nadie puede dar lecciones de eso que ahora llaman “identidad propia”. Esta identidad, tan arraigada y profunda, nunca es excluyente. El bable, la lengua asturiana, convive habitualmente de forma armónica con el castellano, y en las fiestas la mayoría de los asturianos exhiben con orgullo la bandera rojigualda, al lado de la enseña asturiana, que incorpora de forma destacada y sin complejo alguno la cruz de don Pelayo. Y detrás de esta identidad están los asturianos, gentes que -en general- no se “hacen bolas” con estos temas, discreta pero profundamente acogedoras, y sobre todo, esencialmente nobles.

Asturias

Asturias

El 8 de septiembre se celebra el día de Asturias, y este año esta celebración es muy especial, por lo que han llamado el “triple centenario”: 1300 años desde el origen del reino de Asturias, y un siglo de la declaración del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, así como de la coronación canónica de la Virgen de Covadonga. Porque para la inmensa mayoría de los asturianos, creyentes, agnósticos o ateos, “la mi Santina” es un emblema, un símbolo profundo de esa identidad, que va mucho más allá de su sentido religioso. A la Santina no se la toca, y todos la respetan. Yo presumo de tener una parte asturiana, aunque en esto de la sangre, los genes y los sentimientos, es absurdo hablar de porcentajes, así que es perfectamente compatible con ser toledano, castellanomanchego, español y europeo, y sobre todo un ciudadano del mundo, hermano de cualquier otro ser humano. Pero hoy quiero felicitar a los asturianos, y estoy seguro de que mis lectores toledanos compartirán esta felicitación a los habitantes de la única Comunidad Autónoma cuyo himno -letra y música- conocemos perfectamente todos. Y también mis lectores hispanoamericanos, de los cuales más de uno será descendiente de Asturias y se sentirá también asturiano. Nunca olvidaré que, celebrando el Mundial de fútbol que España ganó en 2010, yo estaba en México, y allí unos paisanos me ofrecieron sidra que escanciaban, y cuando les pregunté de dónde eran me respondieron: “¡De Llanes!”. Muchas felicidades a todos los asturianos, estén en Asturias o en cualquier lugar del mundo.

Asturias

Saludarse es algo imprescindible en cualquier sociedad, pero como bien sabemos, las formas del saludo son muy diferentes en distintos lugares del mundo, y en distintos contextos. Así, en muchos países orientales el saludo tradicional es la inclinación de cabeza con las palmas de las manos juntas (el llamado “namasté”), y siempre se pone como ejemplo exótico el de los esquimales, que aproximan sus narices como gesto para olerse. Incluso dentro del más extendido apretón de manos, hay muchas modalidades que enfatizan más o menos el gesto, hasta el punto de que puede implicar un contacto breve y rápido, o ser más contundente, al punto de ir acompañado de un abrazo (así, en México, entre hombres y para expresar cierta cercanía, se da la mano, seguida de abrazo con un par de palmadas firmes en la espalda, y de nuevo la mano). Se trata de maneras de “formalizar” la expresión de respeto o de cariño. La forma de dar la mano puede ser diferente en cada persona, hasta el punto de que nos puede decir bastante del carácter de esa persona. Y luego está el asunto del beso, que permite mil y una formas, pero también puede estar proscrito o descartado en ciertos contextos. Aunque nosotros no estamos acostumbrados a dar dos besos entre hombres, en Italia es frecuente verlo. En este tema, lo mejor es adaptarse a cada caso, que es la mejor manera de empezar una comunicación. Y, de paso, si la situación implica cierto protocolo, adaptarse a la cultura de la persona saludada es siempre un detalle elegante y generoso. Yo, por ello, no tengo problema alguno en dar dos besos a algún amigo italiano cuando procede, pero jamás lo haría con la esposa de un amigo islámico, a la que, como es sabido, no se debe tocar.

Más allá del cómo, en esto de los saludos llama la atención también el cuándo. En ciertos ámbitos rurales, en los caminos o en la montaña, es habitual saludar a todo el que pasa, aunque no se le conozca. En cambio, en la ciudad, a duras penas se saluda al vecino en el ascensor, y a nadie que no sea conocido en la calle. Siempre me he preguntado la causa de esta diferencia; alguien me dio una vez una explicación que parece convincente: en la ciudad, muchas personas compartimos un espacio reducido, y “el otro” tiende a ser visto como un competidor o una posible amenaza (muy especialmente, cuando vamos manos al volante…). En cambio, en el camino o en la montaña (salvo en ciertas rutas senderistas que se saturan en el verano) nos sentimos aislados en la inmensidad, y por ello tendemos a ver a las demás personas con una perspectiva mucho más solidaria -o incluso “utilitaria”-: pueden ser nuestro apoyo en una situación de necesidad. En la duda, saludar siempre es un signo de respeto y de educación.

Fuente de la imagen: http://www.acn.cu/especiales-acn/25945-el-saludo-carta-de-presentacion-entre-los-seres-humanos

 

Sol y playa. Puede que muchas personas asocien Málaga, ciudad y provincia, a esta idea. Y es indudable que las playas y el buen clima son habitualmente un atractivo de esta zona que no en vano es llamada “Costa del Sol”. Pero esto, que no está mal, para mí es lo de menos a la hora de dedicarle este artículo a esta gran ciudad española, la sexta por su población. Porque, mucho más allá de esta imagen, Málaga es fenicia y romana, árabe y cristiana. Profundamente tradicional y profundamente moderna, es una ciudad orgullosa de su Semana Santa y su Cristo de la Buena Muerte, tan vinculado a la Legión; o de su Virgen de la Victoria; pero también una ciudad moderna, abierta y tolerante. Profundamente española, y profundamente cosmopolita. Una ciudad llena de lugares emblemáticos que no hay que perderse. Entre ellos, y por supuesto, destaco en primer lugar la tradicional y concurrida calle del marqués de Larios (o simplemente calle Larios). También la catedral y las calles del centro de la ciudad, siempre animadas y agradables. Y, cómo no, la zona del puerto deportivo, llena de lugares ideales para cenar o tomar una copa. Sin olvidar, desde luego, que es absolutamente imprescindible subir al parador de Gibralfaro para contemplar una espectacular vista de conjunto de toda la ciudad.

Ciudades de España, Málaga

En el aspecto monumental, además de lo ya citado, hay que destacar las importantes huellas de su pasado romano y árabe, como son el teatro romano y, por supuesto, la alcazaba, cuya visita es obligada, y que además ofrece vistas muy hermosas desde la zona del puerto, sobre todo por la noche con su agradable iluminación. Y siguiendo en el ámbito cultural, es imposible omitir la visita a la casa natal de Picasso. Pero por supuesto, y dado que esta serie de artículos nunca ha pretendido ser una guía turística de lugares, sino más bien lo que en su día llamé una “guía de sensaciones y sentimientos”, hay que destacar que Málaga es una ciudad agradable como pocas, ideal para descubrir y pasear tranquilamente, sin el ansia del turista. Hay que disfrutar del carácter y la gracia de los lugareños, del ambiente siempre animado. Y, claro está, de la gastronomía, variadísima, muy adecuada para el “tapeo”, algo que siempre hay que disfrutar en el sur de España, y en la que los pescados ocupan un importante protagonismo, aunque yo no puedo dejar de destacar la porra antequerana, una de mis grandes debilidades. Y claro, desde que fenicios y griegos introdujeron el viñedo, no se puede hablar de Málaga sin destacar sus excelentes vinos, en especial los dulces. En fin, una ciudad maravillosa, para disfrutar con todos los sentidos. ¡Ah! Lo olvidaba: por si alguien no lo sabía, hay excelentes playas, como la Caleta y la Malagueta…

Ciudades de España, Málaga

El camino es, casi siempre, más importante que el destino. Pero no tiene sentido caminar sin un destino. Esa es, entre otras, la diferencia entre el caminante y el peregrino, ya que este último va a un lugar concreto y con un propósito determinado. En realidad, más que de un destino, habría que hablar de una meta, que puede ser un lugar, pero también un reto físico, mental, psicológico o espiritual. A veces, ni el propio caminante conoce esa meta, o bien surge en el propio camino. Dicen que todos los caminos llegan a Roma, pero en España (y también en buena parte de Europa) muchos caminos llegan a Santiago. Desde Cádiz o Huelva, desde Valencia o Barcelona, desde Irún, Roncesvalles o La Junquera, se puede “hacer el camino” a Santiago; y también, desde luego, desde París, Milán o Ginebra. Por supuesto, el camino de Santiago, en su variante de Levante, atraviesa nuestra ciudad de Toledo, y no sé si todos los que pasean por la llamada “senda ecológica” saben que están haciendo un tramo. Todo ello nos ofrece una oportunidad excepcional de caminar con una meta. No importa si se va a llegar a Santiago, no importa tampoco la motivación concreta de cada caminante: seguir la flecha amarilla (si puede ser en etapas que nos exijan cierto esfuerzo y nos hagan conocer el cansancio) nos hace partícipes de una historia multisecular, compartida por millones de personas desde que el rey Alfonso II, primer peregrino a Santiago, iniciara desde Oviedo lo que hoy conocemos como “camino primitivo”. Caminar y caminar siguiendo el símbolo de la vieira nos da nuestra pequeña cuota de protagonismo en la historia de España, de Europa y de eso que algunos llaman “Occidente”.

Seguir el camino nos permite comprender que, como en la vida, vamos avanzando paso a paso. Que no debemos tener prisa, pero sí perseverancia, constancia, y una voluntad firme de alcanzar nuestros objetivos. Que, solo por seguir ese objetivo, vamos a poder conocer pueblos a los que, de otro modo, jamás habríamos ido; tratar con personas con las que jamás habríamos hablado; visitar iglesias y ermitas que nos descubren el inmenso patrimonio cultural y espiritual de nuestra tierra, y de algún modo nos van recordando nuestro propósito último; disfrutar de espectaculares paisajes que nos hacen valorar la belleza de la naturaleza, que no nos pertenece, sino a la que nosotros pertenecemos. El verdadero peregrino comprenderá además que el camino, como la vida, tiene también otros momentos menos gratos, monótonos y más duros. Y los asumirá como parte del todo, como medio para alcanzar ese objetivo representado en el Apóstol, pero que en realidad es la luz que queremos que ilumine nuestra vida.

Caminando hacia Santiago

Caminando hacia Santiago

“El `problema de Cataluña´ es político y la solución tendrá que ser política”. Hemos oído muchas veces esta afirmación, que no deja de ser un poco simple (habría que precisar qué entendemos por “político”) y deja de lado demasiados matices del “problema”. Pero a efectos meramente argumentativos, voy a aceptar que así fuera. Es verdad que el derecho tiene siempre una finalidad, y por eso las normas se aprueban, en cierta medida, para resolver “problemas” políticos, económicos, sociales… Para eso existen las vías de reforma de todas las normas, o la posibilidad de aprobar otras que las deroguen. Pero mientras la norma está vigente, solo queda aplicarla, y acudir a los mecanismos de sanción existentes en caso de incumplimiento. Quiero decir que, aunque aceptemos que el problema de Cataluña es político y su solución, también, lo que es del todo inadmisible es que esa solución política se produzca “contra el derecho”, “al margen del derecho”, o ignorando el derecho, lo que sería el caso si, para encontrar la solución tuviéramos que partir de la inaplicación del derecho vigente.

Viene lo anterior al caso por algunos anuncios del Gobierno de España respecto a Cataluña. No me parece mal que se hagan “gestos” con la intención de “destensar” las relaciones entre instituciones. Lo cuestionable se produce cuando esos gestos implican la renuncia a la aplicación de la Constitución y la ley en ciertos supuestos. Es verdad que el desistimiento es una opción procesal perfectamente válida, y en principio nada cabe objetar, en términos jurídicos, a la anunciada “retirada” de diversos recursos frente a leyes catalanas (o vascas) “sospechosas de inconstitucionalidad” -si se me permite esta expresión, que no sería del todo correcta jurídicamente-. Aunque cabe criticar políticamente la posibilidad de que pervivan en el ordenamiento leyes inconstitucionales. Pero mucho peor que eso es el anuncio, hacia el futuro, de que “no se abrirán más vías judiciales” frente a lo que puedan aprobar las instituciones de Cataluña. Esto es, lisa y llanamente, un compromiso general de que no se utilizarán los instrumentos que ofrece el Estado de derecho para garantizar la aplicación de la Constitución y de la ley, o al menos aquellos cuya activación dependa del Gobierno de España. Eso es utilizar, como parte de una negociación (o peor aún, como paso previo antes del inicio de una negociación) al Estado de derecho como moneda de cambio. Y eso, frente a quienes han dado pruebas reiteradas de absoluta falta de lealtad a la Constitución y al derecho -y han mostrado su voluntad de quebrantarlos- es renunciar al principal elemento de defensa de nuestro sistema constitucional.

Fuente de la imagen: https://www.elperiodico.com/es/politica/20180710/directo-reunion-sanchez-torra-6932248