Una vez que el presidente del Gobierno ha accedido al cargo por cualquiera de los procedimientos constitucionalmente previstos, sobre la formación del resto del Gobierno no hay, en términos constitucionales, mucho más que añadir. Tan solo cabría mencionar el artículo 100 de nuestra norma suprema, que dice: “Los demás miembros del Gobierno serán nombrados y separados por el Rey, a propuesta de su Presidente”. Por tanto, el presidente elige libremente a sus ministros, y aunque en un Estado de derecho la arbitrariedad de los poderes públicos está siempre prohibida (artículo 9.3), hay que reconocer que su margen de decisión es, en esto, casi total. Así que el Derecho Constitucional, habitualmente tan entretenido y hasta divertido, en este tema da para relativamente poco, ya que, a partir de ahí, cualquier valoración que se haga sería política, social, cultural, pero no jurídico-constitucional. Lo bueno es que en este espacio yo también me siento libre para dar opiniones particulares de cualquier naturaleza. Lo menos bueno, que ya saben mis lectores que no me gusta expresar aquí valoraciones políticas, y lo único que reconozco abiertamente es ser… del Atlético de Madrid.  Unos ministros me gustan más, otros menos, pero eso no tiene mucha relevancia.

Pero es evidente que la propia composición del Gobierno transmite algo. Yo creo que este Gobierno de Pedro Sánchez contiene ciertos gestos o “guiños”. Y también mensajes de otro tipo. Entre esos “guiños” parece que hay alguno claro a Europa, al feminismo (o por mejor decir, hacia un concepto de igualdad entre sexos que va más allá de la paridad) o al ecologismo. Eso no prejuzga si finalmente el Gobierno será europeísta, feminista, ecologista… pero se busca dar esa imagen. Entre los “mensajes”, hay una apuesta por el perfil técnico en ciertos ámbitos, pero el que más me interesa es el de firmeza en la defensa de ciertos valores constitucionales, que es, desde luego, toda una apuesta frente a los independentistas que postulan la ruptura unilateral. Algunos han dicho que todo esto es “marketing político”, y yo creo que eso puede afirmarse, pero sin el menor matiz peyorativo. Es imposible valorar hoy la gestión política del Gobierno, y ya se sabe que es tradicional al menos dejar cien días para ese tipo de valoraciones. Esa gestión es, hoy, un libro en blanco. Pero formar un Gobierno es, también, hacer política, y está claro que el presidente Sánchez ha sabido diseñar unos perfiles claros. Y aunque en esto, como casi todos los ámbitos, sea más importante hacer que comunicar, políticamente es hábil quien sabe transmitir la imagen de lo que se pretende hacer.

Fuente de la imagen: http://eldia.es/nacional/2018-06-01/32-Aprobada-mocion-censura-lleva-Sanchez-Moncloa.htm

El sistema parlamentario de gobierno se caracteriza por la permanente dependencia del Gobierno respecto al Parlamento, ya que aquel tiene origen parlamentario y responde políticamente ante la cámara que lo ha elegido. Esta característica, que tiene indudables ventajas, tiene también el inconveniente de que tiende a provocar una mayor inestabilidad de los gobiernos. Por este motivo, tras la segunda guerra mundial, y a partir sobre todo de la Ley Fundamental de Bonn de 1949, en algunos sistemas se va instaurando lo que se ha dado en llamar “parlamentarismo racionalizado”, que se caracteriza porque la responsabilidad política del Gobierno solo se puede exigir por vías tasadas, en particular la cuestión de confianza y la moción de censura. Y en particular, porque esta última pasa a ser una moción de censura “constructiva”, que implica no solo el acuerdo en derribar a un Gobierno, sino también en la formación del nuevo Gobierno, ya que el apoyo a la moción supone también el apoyo a la investidura del candidato alternativo. Es más fácil destruir que construir, y con este mecanismo, aunque se dificulta el derribar a un Gobierno, se evitan vacíos de poder o situaciones de inestabilidad. Es, en realidad, un procedimiento doble, simultáneamente de censura a un Gobierno y de investidura de un nuevo presidente.

En la Constitución de 1978 se sigue muy de cerca esa “estela” de la Ley Fundamental de Bonn. La moción de censura es constructiva, y requiere el apoyo al nuevo candidato. Este apoyo implica un acuerdo de investidura, y cabe suponer que ha de implicar al menos unas coincidencias programáticas básicas. Mucho más si, más allá de lo que alguno ha llamado “moción instrumental” (cuyo objetivo sería únicamente convocar elecciones, y que no parece muy acorde con lo previsto en la Constitución), se trata de una moción que pretende formar un nuevo Gobierno, con un nuevo programa, por un tiempo indefinido. Si, como parece muy probable en el momento de escribir estas líneas, la moción en marcha en el Congreso va a triunfar, sin duda alguna el candidato se convertirá en el presidente legítimo, de acuerdo con las reglas del juego constitucional. Pero la falta prácticamente total de acuerdos programáticos con los independentistas y otras fuerzas que apoyan la moción, e incluso el dato sorprendente de que el candidato acepte y defienda los presupuestos que hace una semana rechazó su grupo y todos los que ahora le apoyan, hacen que esta moción carezca de programa y tenga muy poco de constructiva, pues no logra disimular el propósito destructivo que la ha inspirado, que es lo único que ha permitido que se pongan de acuerdo fuerzas tan dispares.

Fuente de la imagen: http://www.antena3.com/noticias/espana/asi-funciona-mocion-censura-espana_201704275901d6070cf2461b6deb4f2c.html

Admirado “Niño”: aunque ya lo hice cuando se fue al Liverpool, me parece que está justificado que le dedique un nuevo artículo. Eso sí, manteniendo esa regla inquebrantable de no repetirme ni copiarme a mí mismo. Por eso, esta vez voy a tratar de dejar a un lado mis sobradamente conocidos sentimientos atléticos. Y quisiera centrarme en el hecho de que los deportistas, por encima de muchos otros colectivos, constituyen una referencia o modelo para muchas personas, y especialmente para muchos jóvenes. Por eso es muy importante que, más allá de demostrar (y a veces exhibir) sus sobresalientes condiciones físicas, sepan transmitir ciertos valores. Por suerte, creo que entre los deportistas españoles hay más de uno que resulta admirable por ello. Pero me temo que en el fútbol esa característica no es tan frecuente, de tal manera que nuestros niños terminan percibiendo, las más de las veces, el “no ejemplo” del nivel de vida que llevan, los cochazos y las cambiantes parejas. Cuando no la soberbia o la presunción con la que algunos se expresan. Y no seré yo quien cuestione el derecho de cada uno a llevar la vida que quiera, pero lo bueno sería que haya otra cosa que transmitir: el ejemplo de calidad humana, de capacidad de lucha, de superación, y (no solo en el fútbol) valores como la fidelidad, la lealtad o el sentimiento de “familia” o de “comunidad” (esto último muy importante en un deporte de equipo).

Fernando Torres

A mi juicio, usted, aquel “niño” que se ha transformado en leyenda, según el eslogan de estos días, es una excelente muestra de todo lo anterior. Estuvo en el equipo en segunda división, cuando otros se hubieran ido. Cuando se fue, no pensó solo en su dinero, sino mucho más en el que necesitaba el club: el Atleti y usted tuvieron que crecer temporalmente por separado. Se negó rotundamente a celebrar el único gol que le marcó al Atleti con la camiseta del Chelsea. Y a su regreso, ha luchado como uno más, nunca ha reclamado nada, y ha aceptado sin el menor atisbo de queja la decisión del entrenador de ir dándole cada vez menos minutos. Después de haber marcado el gol en la final con la que la selección española inició su senda más gloriosa, ganar el europeo y el mundial, la Champions y la Europa League, ha reconocido que esta Europa League con el Atleti es para usted, en el plano emocional, el más importante de sus títulos. Todo un ejemplo de lealtad, de sentimiento, de nobleza, de coraje y de humildad. Ha demostrado que se puede ser un gran profesional y no renunciar jamás a los sentimientos ni a los valores. Merece el homenaje del último partido de liga con su doblete, y cualquier otro que se le haga. Mucha suerte, Niño. Mucha suerte, don Fernando, legendario Torres. Hasta pronto.

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Habitualmente he dedicado los artículos de esta serie a canciones de mi infancia y juventud. Y es que aquello que nos gustó o llamó la atención en los primeros años de nuestra vida, nos marca probablemente para siempre. En este caso, en cambio, me refiero a un autor cuyo primer disco es de 1991, y su primer gran éxito, por el que casi todos le conocimos (“Tierra de nadie”) data de 1998. Pero no por ello la música de Hevia ha dejado de ser “música de mi vida”, porque representa mejor que nadie lo que significa innovar respetando la tradición. Cualquier asturiano se cría acostumbrado a escuchar las gaitas en todo tipo de eventos y fiestas, aunque no todos la tocan desde los 7 años. Hasta ahí, José Ángel Hevia Velasco podría haber sido “simplemente” un gran gaitero. Pero una cosa es eso, y otra muy diferente inventar un instrumento llamado gaita electrónica, y a partir de ahí revolucionar la tradicional música gaitera, partiendo en muchas ocasiones, de canciones o melodías tradicionales, pero transformándolas para darles un estilo y un toque radicalmente original, innovador, absolutamente híbrido, e incuestionablemente rompedor. Eso solo está al alcance de los genios. Y, por supuesto, como toda obra genial, los primeros discos de Hevia fueron objeto de debate o controversia, su estilo fue cuestionado por los más puristas, tuvo sus detractores y sus partidarios… Como todo es opinable, diré que a mí siempre me pareció fabuloso y extraordinario, y que sin duda ha contribuido enormemente a la difusión y el interés por la gaita y por algunas canciones tradicionales asturianas.

Música de mi vida - Hevia

Es imposible aquí hacer una selección de sus mejores canciones. Del excelente disco antes mencionado, aunque parece imposible destacar solo una me decanto por el gran éxito Busindre Reel, canción absolutamente dinámica y casi totalmente instrumental, aunque, entre ese ritmo gaitero casi “pop” se puede escuchar a la señora cantando “Tu non vuelvas máaas a mio casa faciendo ruiu con les madreñes”. Este gran defensor de la lengua y la cultura asturiana ha seguido creando sus particulares versiones de canciones tradicionales asturianas en discos posteriores como “Al otru llau” (2003), pero al tiempo ha ido evolucionando hasta el reciente “Al son del indianu” (2018) en el que vuelve a innovar y resultar rompedor, aplicando su gaita eléctrica a ritmos tan latinos como la bachata, el bolero o incluso el tango, en un particular y precioso reconocimiento a los asturianos que emigraron a América a ganarse la vida y de vuelta dejaron su huella a orillas del Cantábrico; un trabajo construido con esa mixtura de elementos (en este caso, Asturias e Iberoamérica, tradición e innovación) que Hevia maneja mejor que nadie.

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La palabra “serio” tiene varios sentidos, y en algunos de ellos puede ser contraria a “alegre” o “desenfadado”. Pero si entendemos serio no como “severo en el semblante, en el modo de mirar y hablar”, sino más bien como “real, verdadero y sincero, sin engaño o burla, doblez o disimulo”, o como “grave, importante, de consideración” (que son, probablemente, sus sentidos más positivos), resulta que el que algo o alguien sea serio no solo es compatible con que sea alegre, sino incluso con que resulte ameno o divertido. Lo contrario de divertido no es, desde luego, serio, sino aburrido. Y ser aburrido no es ningún valor. Más bien al contrario, suele resultar positivo utilizar medios amenos, alegres y atractivos para abordar cuestiones serias, siempre que no se confunda el medio y el fin. El sentido del humor resulta saludable tanto a nivel individual como social.

Creo que, en principio, todo es susceptible de ser abordado con sentido del humor, aunque no toda forma de humor puede legitimar siempre lo que sea objetivamente ofensivo o hiriente. El Tribunal Supremo de Estados Unidos, en Hustler Magazine vs. Falwell, de 24 de febrero de 1988 (uno de los asuntos que refleja la película que se tituló en España El escándalo de Larry Flynt) protege especialmente aquella comunicación que constituye evidentemente una parodia, y no resulta realmente creíble ni verosímil. La libertad de expresión protege todos los gustos, incluso aquello que la mayoría pueda considerar de mal gusto. En general, la jurisprudencia da una mayor protección a aquellas manifestaciones en las que prevalece el animus iocandi. Aunque esto no puede afirmarse de una manera categórica o absoluta, ya que en cualquier mensaje dicho animus puede convivir con un claro animus iniuriandi, y no siempre es fácil determinar cuál prevalece, ni la intensidad de esa intención de ofender o injuriar. A mi juicio, el humor nunca debería ser utilizado meramente como una coartada, excusa o forma de encubrir la intención de lesionar de forma clara el honor, la intimidad, u otros valores constitucionalmente protegidos. En cuanto a los valores o principios colectivos, cada sociedad en cada momento tiene un grado de sensibilidad especial frente a determinados temas, pero en ningún caso ello debería impedir abordarlos con humor. Ese genial castellanomanchego que es José Mota, por ejemplo, siempre ha sabido hacer buen humor sin ofender, aunque muchas veces sus parodias encierren profundas críticas a nuestra sociedad. El humor bien entendido debe empezar con uno mismo. Y en una sociedad que en algunos aspectos parece siempre tensa y a veces hasta desquiciada, el humor es la mejor terapia.

Fuente de la imagen: https://www.lifehack.org/584343/having-sense-humor-worse-than-being-boring

Lo que diferencia la civilización de la barbarie es fundamentalmente que en aquella se establecen reglas, y mecanismos ordenados y equilibrados para sancionar a quienes las infringen, así como para la solución pacífica de controversias. Se supera así la mera venganza, el linchamiento o la pasional respuesta tribal. Más tarde se supera también el “ojo por ojo”, y se va asentando la idea de que para preservar estos mecanismos es necesario un poder judicial independiente de todos los demás poderes, pero también de cualquier tipo de presión social o económica. Los jueces han de operar solamente con criterios jurídicos, que incluyen no solo las reglas explicitadas en las normas aplicables, sino también principios como la presunción de inocencia (ya dijo Ulpiano “satius enim esse impunitum relinqui facinus nocentis quam innocentem damnari”) o el más genérico del “in dubio pro reo”.  Sus decisiones son siempre revisables con esos mismos criterios, y las leyes en las que se basan, susceptibles de reforma por los procedimientos previstos.

Desde luego, la libertad de expresión permite criticar las decisiones de todos los poderes públicos, incluido el poder judicial. Pero no es igual criticar las sentencias que atacar a los jueces. Y tampoco dejan de resultar llamativas (aunque lícitas) las críticas de algunas personas que, en muchos casos sin conocer el derecho, antes de haber leído la sentencia, y sin haber analizado las pruebas, exigen directamente la inhabilitación de los jueces. Desde luego, en el caso de la ya famosa “sentencia de la manada”, ha habido críticas de todo tipo, pero tengo la sensación de que entre los juristas han sido mucho más frecuentes las expresiones de respeto a los jueces, se acompañen o no de discrepancias sobre el fondo. Por lo demás, siendo la prueba principal (además de la declaración de la víctima, a la que los jueces han dado plena credibilidad) un vídeo que se supone que nadie ha visto, excepto las partes y los propios jueces, creo que las opiniones deberían ser muy cautelosas. Pero como alguien ha dicho, parece que la posverdad ha llegado a la justicia, y muchas personas habían ya asumido un relato, una interpretación, y una única solución justa. Esa construcción resulta muy emotiva y es fácil que cale en muchas personas. Lo increíble e injustificable es que a ello se apunte el propio ministro de Justicia, que se permite además aleccionar al Consejo General del Poder Judicial, órgano que existe precisamente para garantizar que un ministro no pueda dar indicaciones sobre lo que ha de hacer este, o los propios jueces. La última palabra, por suerte, la tendrá un tribunal superior, porque la única salida es siempre el Estado de derecho.

Fuente de la imagen: http://www.mercado.com.ar/notas/2711133

En varias ocasiones he dedicado este espacio a los derechos que existen sobre una imagen, que básicamente son de dos tipos: los del autor, y los de las personas captadas (si la imagen refleja a personas). Hoy, toda persona es un medio de comunicación; todos tenemos una cámara en el bolsillo, y todos podemos ver cómo nuestra imagen es captada y reproducida. Así que puede ser útil conocer (y practicar) algunas reglas básicas derivadas de nuestro derecho y del sentido común. Intentaré expresarlas sintéticamente:

  1. Como regla general, no publiques la imagen de terceras personas sin su consentimiento, implícito o explícito (en algunos lugares del mundo, una propina puede ayudar… y a veces conseguirás una mejor foto, con un posado y una sonrisa).
  2. La publicación debe ser proporcional al consentimiento. Alguien puede permitir que le tomes una fotografía, pero eso no significa que puedas presumir que consiente cualquier uso o difusión de ella.
  3. En el caso de personas privadas, lo único que se puede publicar sin pedir consentimiento es aquella imagen tomada en lugar público y que sea accesoria en una toma más amplia o general.
  4. En la duda, busca la opción más prudente. No publiques primeros planos “robados”, y ofrece quitar las fotos que hayas subido (indicando forma de contacto) a las personas que aparecen en ellas.
  5. La responsabilidad por la difusión indebida de imágenes no afecta solo a quien publica, sino también a quien comparte, al menos cuando es evidente que esa imagen no cumple los requisitos para su difusión.
  6. No tiene las mismas consecuencias compartir algo con tus amigos, que hacerlo con todo el mundo. Tanto para lo que publicas como para lo que compartes, tanto para la protección de la imagen de los demás como de la tuya propia, piensa bien cómo quieres configurar las opciones de privacidad en una red social.
  7. Protege tu imagen, sobre todo la del perfil de Facebook. Lo mejor es no subir lo que no quieras que pueda ver cualquiera, nunca puedes estar seguro de que alguien no lo comparta indebidamente.
  8. Respeta siempre el derecho de autor: jamás compartas una foto que no hayas hecho tú, sin citar al autor, o al menos la fuente de donde la has tomado.
  9. En ciertos casos, ni siquiera con cita se puede compartir una foto, porque el autor puede restringir esa opción o someterla a requisitos. Infórmate antes de compartir; como regla general, no publiques en abierto aquello a lo que accediste en un foro restringido.
  10. Cuando subas una foto de tu autoría, aunque no incluya la imagen de nadie, infórmate de las condiciones de la plataforma a la que la subes, para saber en qué medida estás consintiendo el acceso o uso de la foto por terceros. O establece tus propias condiciones. Si la valoras, fírmala, procurando no estropearla con ello.

 

En los últimos años, y especialmente en los últimos meses, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, con sede en Estrasburgo, ha ocupado en España un protagonismo informativo antes inusual. Primero fueron casos como Del Río Prada contra España (que “derogó” la famosa “doctrina Parot”), más tarde algunas condenas recientes en materias como libertad de expresión o privacidad de los trabajadores, o sobre las llamadas “devoluciones en caliente” en la frontera, entre otras (sin olvidar el proceso para renovación del juez propuesto por España). Con la absoluta concisión requerida en este espacio, me gustaría apuntar algunas ideas. En primer lugar, conviene aclarar que el juez propuesto por un Estado no está para defender los intereses de ese Estado, sino para garantizar la aplicación del Convenio. En segundo lugar, desde luego, estas condenas no permiten calificar a España como un Estado sistemáticamente vulnerador de los derechos humanos, o alejado de los parámetros europeos. España, por suerte, sigue lejos de la cabeza en el ranquin de condenas del TEDH, y no tiene motivos para avergonzarse. Pero, en tercer lugar, también hay que rechazar una postura de indiferencia que se despreocupe del problema y sus causas.

A mi juicio son varias las circunstancias que han coadyuvado a un cierto crecimiento de las condenas: a) el propio incremento, muy destacado, de los asuntos que llegan al TEDH, lo cual ha de afirmarse con carácter general y no solo respecto a España, y es un problema que los últimos protocolos al Convenio tratan de afrontar; b) desde la reforma de nuestra Ley Orgánica del Tribunal Constitucional en 2007, los criterios de admisión son totalmente diferentes para nuestro amparo constitucional y para este “amparo europeo”, de manera que no es infrecuente que asuntos que el TC ni siquiera admitió, al considerarlos carentes de “especial trascendencia constitucional”, sean finalmente admitidos y estimados en Estrasburgo, provocando una condena que tal vez podría haber evitado nuestro supremo intérprete de la Constitución; c) en algunos derechos como los mencionados, la jurisprudencia española parece haberse quedado en una posición más restrictiva que la de Estrasburgo, con lo que la adaptación parece imprescindible (en otros casos sucede al revés, pero eso no es problema porque el estándar del TEDH es solo el mínimo). En fin, será bueno que todo esto sirva al menos para que la labor del TEDH sea más conocida y considerada, pues hace no demasiado tiempo muchos juristas ni se preocupaban por conocer su jurisprudencia.

España y el TEDH

España y el TEDH

 

Desde luego, esta pregunta no se debe entender como un cuestionamiento de la indudable realidad jurídica e institucional existente en la Unión Europea, sino como el planteamiento de si, efectivamente, la integración que era su objetivo central se ha logrado realmente, y los valores fundacionales se han llegado a hacer efectivos en un grado razonable. Yo he sido, soy y seré un europeísta convencido y, pensando en concreto en España, he afirmado que nuestra entrada en este proceso de integración es, junto a la Constitución de 1978, lo mejor que nos ha pasado en toda la Edad Contemporánea. Pero también he de reconocer que a veces este proceso parece extremadamente largo, lento, complejo y poco comprensible para los ciudadanos comunes, que pueden sentirlo como algo bastante alejado. Si al menos puede decirse que este proceso ha ido implicando dos pasos adelante y uno atrás, podemos pensar que algo avanzamos…

Puede que un ejemplo de lo que digo sea el de la orden europea de detención y entrega. Conseguida tras muchas décadas (y con algún que otro matiz) la libre circulación de personas, resultaba imprescindible acompañarla de lo que podríamos llamar libre circulación de decisiones judiciales, y en particular de las órdenes judiciales de detención, pues de lo contrario a los (presuntos) delincuentes les sería tan fácil eludir (o al menos dilatar enormemente, o minimizar) las consecuencias de su delito como cambiar de país. Los procedimientos de extradición son complejos y sometidos a requisitos no estrictamente jurídicos, y la orden europea de detención pretendía superar esas dificultades con un procedimiento ágil y prácticamente automático, al menos para un bloque importante de delitos. Y en una medida no mucho menor, también para aquellos en los que se exige la llamada “doble incriminación”, una vez constatada que esta situación (la existencia de un delito equivalente) se produce.

Como ya sabíamos los juristas y ahora estamos comprobando todos los ciudadanos de una forma patente, en la práctica las cosas son más complejas. Los jueces de algunos países tienden aplicar siempre las soluciones aparentemente más garantistas (considerando que estas son las de su propio ordenamiento), pero el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ya ha venido a señalar, en síntesis, que el habitual “estándar mínimo” que suelen suponer los textos internacionales en materia de derechos humanos debe sustituirse, en las relaciones entre los Estados de la Unión, por un “estándar común”; de manera que en estas situaciones ha de prevalecer la aplicación del derecho de la Unión, siempre que se respete ese baremo en materia de derechos. España, tras una cuestión prejudicial presentada por el Tribunal Constitucional en el caso Melloni (aunque no sea exactamente la misma situación que en el caso Puigdemont), ha aplicado ese criterio. Y es que entrar a cuestionar los motivos por los que una persona es perseguida, a valorar las garantías del país requirente, o tratar de juzgar si los hechos que se le imputan a una persona están perfectamente probados, o si pueden subsumirse estrictamente en el tipo delictivo del Estado que tiene que ejecutar la orden, es traicionar el principio de confianza mutua, verdadero pilar de todo el sistema. El Tribunal de Schleswig-Holstein hace mal pretendiendo entrar en el fondo del asunto (y resolver en días lo que nuestro Tribunal Supremo lleva instruyendo meses), pues solo debe comparar los tipos delictivos. Dicho claramente: puede que después de todo no haya delito de rebelión, pero eso deben valorarlo los tribunales españoles. De lo contrario, todo lo que nos “vendieron” como gran avance cuando se aprobó la regulación de la “euroorden” sería papel mojado. No es posible minusvalorar la trascendencia de este caso emblemático de cara a la salud de los pilares esenciales de la propia Unión, como ha destacado por ejemplo la Fundación Konrad Adenauer. Por el bien de estos principios, cabe esperar que la situación se reconduzca. De lo contrario, tal vez Europa, que con dificultad intenta recuperarse de golpes como el fracaso de la Constitución, la crisis de los refugiados o el Brexit, peligre más de lo que somos capaces de ver ahora.

fuente de la imagen, https://www.caracteristicas.co/union-europea/

Puede que, en términos turísticos, quede parcialmente eclipsada por otras ciudades francesas o centroeuropeas. Pero Estrasburgo es, sin duda, una ciudad de gran interés. No solo es hoy “una de las capitales” de Europa, sino que también lo es de una región llena de historia, como es Alsacia. Junto a Lorena, esta región pasó en los últimos siglos varias veces de Alemania a Francia, y a la inversa, hasta su actual ubicación en el país galo, desde el final de la segunda guerra mundial. Hoy es capital del departamento del Bajo Rin, y tras la reestructuración de las regiones francesas en 2016, también cabeza de la región Gran Este. Pero esa historia de mixtura está todavía presente en su fisonomía, en su cultura, en su gastronomía. Aquí encontramos platos típicamente alemanes como el choucrute o el codillo, pero también el foigras de oca (que en realidad fue inventado aquí) o la tarta flambeada, junto al tradicional puchero alsaciano o baeckeoffe. Alguien pensaría que esto no es especialmente destacado en Francia, pero es de gran nivel si lo comparamos con Alemania; aunque tampoco quiero ser tan simplista. Lo bueno es que -seguramente fruto de esa misma mixtura- hay muy buena cerveza y muy buenos vinos. En todo caso, la ciudad es mucho más, y tiene uno de los centros históricos más cuidados y agradables de la zona, y eso que en ese aspecto, sin duda, hay gran competencia. Las calles estrechas, las casas con sus típicos tejados y fachadas con madera vista, las hermosas plantas y flores, el agradable entorno de los ríos, dominan el centro. Desde luego, es imprescindible su catedral, una auténtica joya del gótico, que hay que ver despacio.

Estrasburgo

Pero sin duda, hoy su vertiente europea -aspecto por el que es conocida en todo el mundo- marca también la estructura urbana de la ciudad. Una de las sedes del Parlamento europeo está aquí, pero Estrasburgo es también capital de “la otra Europa”, esto es, el Consejo de Europa, y por tanto aquí está también el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, cuya trascendencia es imposible exagerar. Piensen que, solo contando la población de los 47 Estados que reconocen su jurisdicción, a este Tribunal pueden acceder directamente (desde que se suprimió la Comisión) más de 800 millones de personas en el mundo, desde el Atlántico al Estrecho de Bering. Este tribunal no está muy lejos de la frontera alemana, y tras la visita es posible cruzar el río Rin dando un paseo, tomarse el café en Alemania y regresar a Francia. Y mientras tanto, pensar en todo lo que ha costado que este lugar pase de ser el centro de las disputas (y varias guerras) francoalemanas, a ser uno de los centros de este sueño hecho realidad llamado Europa sin fronteras.

Estrasburgo

Estrasburgo