“El `problema de Cataluña´ es político y la solución tendrá que ser política”. Hemos oído muchas veces esta afirmación, que no deja de ser un poco simple (habría que precisar qué entendemos por “político”) y deja de lado demasiados matices del “problema”. Pero a efectos meramente argumentativos, voy a aceptar que así fuera. Es verdad que el derecho tiene siempre una finalidad, y por eso las normas se aprueban, en cierta medida, para resolver “problemas” políticos, económicos, sociales… Para eso existen las vías de reforma de todas las normas, o la posibilidad de aprobar otras que las deroguen. Pero mientras la norma está vigente, solo queda aplicarla, y acudir a los mecanismos de sanción existentes en caso de incumplimiento. Quiero decir que, aunque aceptemos que el problema de Cataluña es político y su solución, también, lo que es del todo inadmisible es que esa solución política se produzca “contra el derecho”, “al margen del derecho”, o ignorando el derecho, lo que sería el caso si, para encontrar la solución tuviéramos que partir de la inaplicación del derecho vigente.

Viene lo anterior al caso por algunos anuncios del Gobierno de España respecto a Cataluña. No me parece mal que se hagan “gestos” con la intención de “destensar” las relaciones entre instituciones. Lo cuestionable se produce cuando esos gestos implican la renuncia a la aplicación de la Constitución y la ley en ciertos supuestos. Es verdad que el desistimiento es una opción procesal perfectamente válida, y en principio nada cabe objetar, en términos jurídicos, a la anunciada “retirada” de diversos recursos frente a leyes catalanas (o vascas) “sospechosas de inconstitucionalidad” -si se me permite esta expresión, que no sería del todo correcta jurídicamente-. Aunque cabe criticar políticamente la posibilidad de que pervivan en el ordenamiento leyes inconstitucionales. Pero mucho peor que eso es el anuncio, hacia el futuro, de que “no se abrirán más vías judiciales” frente a lo que puedan aprobar las instituciones de Cataluña. Esto es, lisa y llanamente, un compromiso general de que no se utilizarán los instrumentos que ofrece el Estado de derecho para garantizar la aplicación de la Constitución y de la ley, o al menos aquellos cuya activación dependa del Gobierno de España. Eso es utilizar, como parte de una negociación (o peor aún, como paso previo antes del inicio de una negociación) al Estado de derecho como moneda de cambio. Y eso, frente a quienes han dado pruebas reiteradas de absoluta falta de lealtad a la Constitución y al derecho -y han mostrado su voluntad de quebrantarlos- es renunciar al principal elemento de defensa de nuestro sistema constitucional.

Fuente de la imagen: https://www.elperiodico.com/es/politica/20180710/directo-reunion-sanchez-torra-6932248

Los versos del genial poeta nicaragüense constituyen una de las más hermosas odas al carácter efímero de la edad joven. En realidad, si bien se piensa, estos versos ensalzan más lo efímero de una edad, que el valor que en sí misma esta pueda tener. Esto, por cierto, es una constante en nuestra literatura, que nos llama a “extraer todo el jugo” a ese momento temprano y breve de la vida; y ya el “insigne vate toledano” Garcilaso de la Vega escribió “coged de vuestra alegre primavera/ el dulce fruto, antes que el tiempo airado/ cubra de nieve la hermosa cumbre”. Es, en realidad, un canto al “carpe diem”, que sin embargo se torna más fúnebre en Jorge Manrique, cuando nos advierte de que en realidad la vida toda es efímera y pasa ante nosotros a velocidad de vértigo, y por ello nos sugiere que deberíamos dar “lo no venido por pasado. Sin embargo, nuestra civilización tiende a ir más allá de ese maro valor de lo que se nos escapa de las manos, y en muchas situaciones parece conceder a la juventud un valor en sí misma, considerando como modelos o referencias a las personas que están en esa edad, cuya breve posesión tiende a convertirse en una virtud, aunque es evidente que nadie tiene mérito alguno por el hecho de ser joven. Cabe admitir, desde luego, que en lo meramente estético, o lo que tiene que ver con las cualidades físicas, los jóvenes pueden tener cierta ventaja (e incluso lo primero siempre sería discutible); pero en todos los demás aspectos, la juventud es simplemente una etapa más de la vida, con sus ventajas y sus inconvenientes.

Rubén Darío

Rubén Darío

El caso es que la idea del valor de la juventud, como todo aquello que carece de fundamento pero tiende a ser aceptado socialmente, se ha trasladado a nuestra vida política. Primero llegaron los líderes de los partidos de la “nueva política” poniendo en valor la juventud, e incluso, en el caso de Albert Rivera, afirmando explícitamente que a la política deberían dedicarse quienes han nacido después de la Constitución española (lo que en ese momento excluía, por cierto, a los otros tres líderes de los partidos nacionales). Para cerrar el ciclo, el PP ha elegido como presidente a quien pasa a ser el más joven de los cuatro líderes (con 37), dejando a Pedro Sánchez, con 46, como el más viejo de la cuadrilla (aunque todo es relativo, no creo que ninguno de ellos fuera joven si se dedicasen a jugar al fútbol…). Yo no digo que los partidos estén eligiendo a los jóvenes por ser jóvenes, pero no me negarán que este “valor” parece buscado. Quienes hemos nacido antes de la Constitución, pero aún no teníamos edad para votar en 1978, no somos ni viejos ni jóvenes, y acaso tendemos a entender mejor que los valores aplicables a este supuesto son el mérito y la capacidad. Y si acaso, la experiencia.

Fuente de las imágenes:

https://www.cervantes.es/bibliotecas_documentacion_espanol/creadores/dario_ruben.htm
https://www.elplural.com/politica/cis-optimismo-desembarca-psoe_201135102

Tradicionalmente se destaca la escasez de noticias propia del verano, y especialmente en el mes de agosto, vacacional para la mayoría en España. No es fácil saber en qué medida esa escasez era real, y en qué medida lo que se producía es un menor interés de los ciudadanos por la información, comprensible en momentos en los que se buscar una mayor relajación y desvinculación con la actividad cotidiana del resto del año. Además, por desgracia muchas noticias no son positivas, lo que puede acentuar el deseo de muchas personas de “descansar” también de la información en el mes de agosto. En cualquier caso, ha sido relativamente habitual ver periódicos con menos páginas, noticias o columnas de opinión sobre temas aparentemente menos trascendentes, o informativos más ligeros. Pero creo que esta situación es cada vez menos real. Vivimos en un mundo globalizado, y aunque es posible que -salvo circunstancias excepcionales- las noticias políticas en España bajen su intensidad en el mes de agosto, a la par que lo hace la actividad parlamentaria, de las instituciones y de los partidos, esta situación se compensa con otras noticias que pueden llegar del exterior.

Nunca indiferente

En no pocos casos se trata de noticias terribles. Es imposible ignorar, por ejemplo, el drama de la inmigración, cuando precisamente en verano se acentúa el número de personas que tratan desesperadamente de ingresar en territorio europeo. Ello genera situaciones tristes y dolorosas, no solo para quienes pretenden ingresar en nuestro país, sino también, como hemos visto estos días, para los agentes de las fuerzas y cuerpos de seguridad que, cumpliendo con su deber, intentan controlar nuestras fronteras y evitar las entradas ilegales, pero también ofrecen la primera asistencia a quienes ya están en nuestro territorio. Tampoco podemos dejar de lado la dramática situación que se vive en algunos países hermanos, y en estos momentos especialmente en Nicaragua, ese lugar tan querido, cuya población sufre ahora intensamente los excesos y los abusos del poder, que han causado una inmensa violencia en las calles, y no pocos heridos y fallecidos. En estas situaciones cabe preguntarse qué se puede hacer, cómo se puede apoyar. Y cabe pensar que por estar informados no se consigue nada, pero la información es el primer paso para la denuncia, la ayuda, o para cualquier actuación que cada quien pueda llevar a cabo dentro de sus posibilidades. En las próximas semanas, como siempre, seguiré fiel a mi cita con los lectores cada viernes. Puede que aborde cuestiones más trascendentes, u otros aspectos más “ligeros” o relacionados con el ocio vacacional. Pero que ningún lector dude que, ante estos dramas humanos, nunca permaneceré indiferente.

Fuentes de las imágenes:

https://www.clarin.com/mundo/noche-violencia-nicaragua-matan-estudiante-queman-radio-estatal_0_Hku21MugQ.html
https://www.pressdigital.es/texto-diario/mostrar/1147232/grupo-700-inmigrantes-saltan-valla-ceuta-atacan-agentes-guardia-civil

La manzana es, sin duda, mi fruta favorita. Sus propiedades dietéticas son innumerables, y sus ventajas, incuestionables. Es sobradamente conocido ese dicho inglés (en realidad parece que originario de Gales en el siglo XIX): “an apple a day keeps the doctor away”. Es sana, tiene efecto saciante y se puede comer en cualquier momento y lugar. Vaya a donde vaya, siempre procuro llevar una manzana encima si voy a estar toda la mañana o toda la tarde fuera: así me aseguro una comida que rápidamente puedo degustar en cualquier momento. Además, se pueden conseguir fácilmente, en casi cualquier tienda, o en casi cualquier hotel si uno desayuna fuera de cada. Y aunque me gustan todo tipo de manzanas, me quedo con las rojas… y más aún con las manzanas Golden, de las que me encanta su textura y su impresionante resistencia y duración. A veces, en caso de viaje, algunas me han acompañado días y días, incluyendo desplazamientos en mochilas o maletas, sin estropearse en absoluto.

Elogio de la manzana

Elogio de la manzana

La manzana es tan valiosa y codiciable, que no es extraño que prácticamente todos los artistas que han plasmado el árbol de la ciencia del bien y del mal han imaginado que la fruta prohibida era… ¡una manzana roja!, a pesar de que nada dice el Génesis. Y es que, puestos a imaginar a nuestros primeros padres arriesgando su vida paradisíaca por comer fruta, cabe pensar en una que ejerciera un atractivo tan irresistible como para desobedecer la prohibición divina: y a nadie se le ocurre nada más tentador que la fruta del manzano, a ser posible grande y con una piel de intenso color bermejo. Y Dios, que evidentemente tenía que ser justo y cumplir su palabra, expulsándonos del Paraíso, no quiso excederse en su dureza, y nos dejó, incluso en este destierro, seguir comiendo y disfrutando de las manzanas, ya que con un criterio estricto podría habernos privado de ellas para toda la eternidad. Salimos del Paraíso (porque es imposible mantener una vida paradisíaca cuando se es consciente de lo que está bien… y de lo que está mal), pero nos quedan para siempre las manzanas, y además ya no están prohibidas. Y si todo lo anterior no fuera motivo suficiente de elogio, no hay que olvidar que la manzana puede también tener el destino más noble y sublime que imaginarse pueda: convertirse en ese “manjar de dioses” de sabor insuperable y maravillosos efectos sobre el cuerpo y el alma, que es la sidra. Que se consume en muchos lugares del mundo, pero -me permito decir- alcanza su techo insuperable en Asturias. Y es que no es casualidad que, en este destierro terrenal, esa tierra del norte de España es lo más parecido al paraíso…

Fuente de las imágenes:

https://www.enlacejudio.com/2013/10/16/quisieron-adan-eva-comer-una-manzana/
https://mejorconsalud.com/los-beneficios-de-comer-una-manzana-al-dia/

Constitución y ortografía

La Constitución española de 1978 contiene faltas de ortografía. Algunas obedecen a defectos o errores más o menos comunes en el ámbito jurídico, mientras que otras son causa de la renovación y actualización de las propias normas de ortografía, y por tanto no pueden imputarse en modo alguno al poder constituyente, que, por cierto, actuó a través de unas cámaras parlamentarias en las que había personas tan cuidadosas con la corrección lingüística como Camilo José Cela. Aun así, el texto constitucional no se libra, como he mencionado, de algunas de las “patologías” más comunes entre los juristas, comenzando por la “mayusculitis”, esto es, la tendencia a una utilización incorrecta de la mayúscula. Así, por ejemplo, el artículo 1.1 proclama que “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho” (sobra la mayúscula en “Derecho”); la Constitución escribe también “Decretos Legislativos” (art. 85) o “Decretos-leyes” (art. 86, en este último caso, además, sobra el guion), así como “Jefe del Estado” (artículo 56, que debería escribir “jefe del Estado”, e incluso en “Rey” no sería necesaria ni recomendable la mayúscula), “Presidente” o “Ministros” (art. 98.1). En otros casos, los defectos son más bien de estilo, como sería el supuesto de lo que alguien ha llamado “mismismo”, otra “patología” de los juristas, que consiste en abusar de forma injustificada e innecesaria de las formas “mismo” y sus derivados, construyendo a veces perífrasis tan recargadas como innecesarias. Como muestra, el artículo 90 utiliza hasta tres veces el término “mismo”, para terminar diciéndonos que el Congreso puede levantar el veto del Senado por mayoría simple “transcurridos dos meses desde la interposición del mismo”, evitando así la “simpleza”, acaso poco adecuada para el lenguaje engolado y barroco que gusta a juristas y políticos, de haber dicho “desde su interposición”… (véanse también, como muestra, los artículos 98.2 o 102.2).

Constitución y ortografía

Constitución y ortografía

En otros supuestos, como he apuntado, los errores ortográficos son consecuencia simplemente de que las normas y criterios de la RAE se han ido actualizando. Téngase en cuenta que la edición vigente de la Ortografía es de 2010, el Diccionario panhispánico de dudas se publicó en 2005, e incluso el Diccionario de la lengua ha alcanzado su última edición (la vigésimotercera) en 2014. Así que, por ejemplo, el texto constitucional de 1978 acentúa todavía el adverbio “sólo” (arts. 13.3, 20.5, 21.2, 22.4, etc.) o los pronombres “éste”, “ése”, “aquél” y sus derivados (arts. 73.2, 90.1, 114.1, entre otros) en casos en los que manifiestamente ya no debe hacerse. Conviene recordar, desde luego, que cambiar la Constitución, incluso una coma o un acento, implica seguir el procedimiento establecido en los artículos 166 y siguientes de la propia norma fundamental. Si alguna vez este se inicia, sería positivo no olvidar la corrección y actualización en este terreno.

Si no tuviera una famosa torre inclinada, acaso no sería mundialmente conocida; pero Pisa sería (y es) una tranquila y agradable ciudad, cómoda y llana, cercana a Florencia (con la que comparte río) y al mar Tirreno. Pisa es una importante ciudad universitaria, a la que cada mañana llegan por todos los medios miles de jóvenes, que forman parte del “paisaje humano” de la ciudad. El lector toledano puede hacerse una idea con este dato: con una población similar a la de nuestra ciudad, Pisa alberga una universidad que cuenta con unos 50.000 alumnos. Con o sin su inconfundible torre inclinada, Pisa es una ciudad ideal para el desplazamiento en bicicleta, hasta el punto de que en su centro histórico a veces hay que tener cuidado para no ser arrollado por una de ellas. Aun así, es una ciudad amable, que puede recorrerse cómodamente caminando.

Ciudades de Europa: Pisa

Independientemente de la torre inclinada más famosa del mundo (que no la única), Pisa es una ciudad histórica de primer nivel. Y aunque es verdad que en Italia eso no es noticia ni sorprende; y también lo es que la segunda guerra mundial provocó daños severos que cambiaron su fisonomía, eso no le quita para nada el encanto a todas esas calles de hace décadas, con sus casas, ventanas y persianas italianas y sus típicas lámparas (más que farolas) colgadas en la calle. Ni impide tampoco que conserve un centro histórico mucho más antiguo, y muy valioso. Es inolvidable, por ejemplo, la Piazza dei Cavalieri, con su forma irregular y sus edificios universitarios, entre los que destaca la Escuela Normal. Pero es que, aunque no tuviera la torre inclinada que es la imagen más difundida de la ciudad, tendría, en pleno centro, ese espectacular Campo dei Miracoli, con su enorme iglesia románica, su baptisterio, un cementerio que nadie debería perderse, y… una torre que, aunque no estuviera inclinada, sería una maravilla de la arquitectura románica y permitiría (como permite) desde su parte más alta disfrutar de una hermosa vista de la ciudad y su entorno. Pero como bien sabe el lector, además de todo lo que he dicho, y de lo que podría decir (sin olvidar la excelente gastronomía italiana que es posible degustar en sus restaurantes absolutamente típicos y tradicionales), Pisa tiene una torre inclinada, y por ella recibe miles y miles de personas que continuamente animan (acaso en exceso) ese Campo dei Miracoli; y casi ninguna de ellas se resiste a hacerse una foto provocando el efecto visual o ilusión óptica de estar “sujetando” la torre inclinada. Y como la visito con alguna frecuencia y disfruto perdiéndome en sus calles, me pregunto cuántos de sus efímeros visitantes la abandonarán sin conocer prácticamente nada más…

Ciudades de Europa: Pisa

Si creemos (aunque sea entendiéndolo en términos metafóricos) al autor del Génesis, en el Paraíso no se trabajaba. El trabajo debió venir después, y fue consecuencia de una maldición divina por nuestro pecado: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Aunque también es verdad que, mucho más tarde pero sin salir todavía de la Biblia, San Pablo entendió el papel del trabajo de todos en una sociedad justa, como servicio o aportación a la comunidad, y por eso estableció que para aquellas primeras comunidades cristianas que “el que no trabaje, que no coma”. El trabajo ha sido, por tanto, algo así como un “mal necesario”, una obligación para el ser humano, pero compensada no solo por la contraprestación económica que representaba el salario, sino también por el beneficio que supone para la sociedad. De todos modos, acaso siempre ha existido un sueño, un anhelo más o menos utópico, de poder suprimir o reducir el trabajo, en beneficio del ocio. Quizá fue Karl Marx quien más claramente formuló ese deseo para el futuro, partiendo de que el trabajo era esencialmente una explotación del empresario al trabajador, que se veía obligado a enajenar lo único que realmente poseía, que era su fuerza laboral, a cambio de un salario ridículo porque la plusvalía se la quedaba el propio empresario. Hoy a eso se le suele llamar beneficio empresarial, pero las huellas de todo lo que he venido comentando aparecen en el constitucionalismo social, y la Constitución española de 1978 es buen ejemplo de ello. Ciertamente, el trabajo se configura como deber, pero también como derecho, y viene acompañado del derecho a la libre elección de profesión u oficio, y también “a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia” (artículo 35). Es difícil no ver la huella tanto de aquel concepto bíblico, como, sobre todo, de esas ideas marxistas, mucho más cuando el artículo 43, entre los principios rectores de la política social y económica, dispone que los poderes públicos “facilitarán la adecuada utilización del ocio”. Es la antesala de lo que podríamos denominar un “derecho fundamental al ocio adecuado”.  Pero lo que llamamos ocio solo tiene sentido junto al neg-ocio, es decir, ese  derecho-deber de trabajar (acaso, si lo entendemos literalmente, el menos efectivo de todos los derechos constitucionales en uno de los Estados con más desempleo del mundo occidental), y con una libertad de elección de profesión u oficio, aunque sea siempre relativa, ya que se elige entre lo disponible o lo que quede al alcance, que no siempre es lo que más le gusta a uno…

 

El caso es que aquella utopía de trabajar menos y tener más ocio retorna periódicamente, y ahora parece regresar con más fuerza que nunca, merced a la inteligencia artificial y los robots. Se nos anuncia que más pronto que tarde, gran parte de las actividades que ahora desarrollamos, serán asumidas por máquinas inteligentes. Todo ello en el contexto de una economía colaborativa, que desdibuja las fronteras entre trabajador y empresario, entre consumidor y productor. Desde luego, para que esta revolución no genere una gran crisis o una enorme fractura social, se estudian fórmulas que nos permitieran trabajar menos sin renunciar a las prestaciones actuales, como por ejemplo, que los robots paguen seguridad social (supongo que esto se refiere a sus creadores o diseñadores). No sé si en qué medida llegaremos a ver esto, ni si, en caso afirmativo, supondría una evolución favorable hacia una vida en la que el trabajo no nos absorba tanto, o un cambio traumático generador de insatisfacción social. En todo caso, creo que lo peor que tienen algunos sueños es que a veces se hacen realidad, y es muy probable que una vida sin trabajo, regida además por un “gobierno de las máquinas”, no fuera mejor que esta. Así que, de momento, quien tenga un trabajo que más o menos le estimule o le dé algunas satisfacciones, creo que tiene motivos para estar contento.

Fuente de la imagen: https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-08-11/nos-quitaran-los-robots-el-trabajo-en-2025-el-veredicto-de-los-principales-expertos_173890/

Muchas veces he proclamado en este mismo lugar mi convencido europeísmo. Estoy seguro de que, si se me permite la expresión, “Europa es la única salida que tiene Europa”. Aunque convendría precisar: la salida es más y mejor Europa. En todo caso, he de reconocer que, aunque mantengo firme mi convicción, a veces flaquea la fe en que ese sea el camino que realmente está transitando Europa. Y con la fe, claro, se pierde algo de entusiasmo. Hay que ser conscientes de que la construcción europea nunca ha sido un camino de rosas: las dificultades han hecho que una y otra vez la consecución de los grandes objetivos fundacionales se haya ido aplazando, dilatando o rebajando en su intensidad. Apareció así la cooperación reforzada, para que al menos algunos Estados pudieran avanzar a un ritmo algo más elevado. Y fruto de esa idea llegaron los que posiblemente hayan sido hasta ahora los logros más tangibles de la Unión Europea: la libertad de circulación, real y generalizada, aunque solo en el “espacio Schengen”, y desde luego la moneda única, el euro, aunque en este caso en un espacio más reducido que el de la Unión. En los últimos años, el fracaso de la Constitución europea o el Brexit han contribuido a ralentizar todavía más el proceso de la integración.

De todas formas, en alguna medida estas crisis pueden fortalecer a Europa, si persiste en sus objetivos centrales, aunque por otras vías. La Constitución se sustituyó por el más moderado Tratado de Lisboa, y quizá llegue el momento de volver a pensar en su reforma. Y el Brexit… quizá facilite que los demás puedan seguir avanzando con un ritmo más intenso, sin el “lastre” -si se me permite la expresión, dicha con todo respeto- que a veces suponía el Reino Unido. En cambio, tengo más dudas de que Europa sea capaz de superar otras crisis más profundas, en la medida en que afectan a los cimientos que quizá haya sido su logro más importante, como es la libertad de circulación, esa Europa sin fronteras siempre imaginada. Y es que la supresión de las fronteras internas necesita dos presupuestos fuertes, que como se ve recientemente, están muy lejos de cumplirse. Uno, que junto a las personas, circulen libremente las resoluciones judiciales, en especial las que permiten detener y enjuiciar a los presuntos responsables de delitos. De lo contrario, tendremos una enorme excepción al principio del imperio de la ley. Y en este aspecto, como vemos en ejemplos de todos conocidos, parece que la regulación de la orden europea de detención y entrega es mucho menos ágil, y mucho menos completa, de lo que nos “vendieron” en su día. Y en segundo lugar, la supresión de las fronteras internas conlleva que las fronteras externas deban ser homogéneas, con un grado de “permeabilidad” y con unos criterios para la entrada similares en todos los Estados. Y eso, ante los inmensos flujos inmigratorios que afronta la Unión, implica también la solidaridad entre todos los países. No puede ser que la situación se intente resolver por cada Estado de forma individual, y con criterios a veces antitéticos sobre la admisión. Las sucesivas crisis de los refugiados, y la respuesta común al problema de la inmigración, son los grandes retos de Europa. Si no los afronta adecuadamente, podemos estar ante un gigante con pies de barro, que sin darse cuenta se esté desintegrando a la vista de todos.

Fuentes de las imágenes:

http://manuescudero.es/blog/2015/10/30/frente-a-la-crisis-de-los-refugiados-acciones-concretas/

https://actualidad.rt.com/actualidad/185006-inmigrantes-refugiados-rutas-europa-ue

El frenesí informativo de estos días, y acaso también la costumbre, ha restado relieve al undécimo triunfo de Rafa Nadal en Roland Garros. Antes de que el mundial de Rusia 2018 monopolice toda la atención, creo que es el momento de detenerse en esta proeza, y en los méritos de su autor. Desde luego, y más allá de apreciaciones subjetivas, los datos y las cifras son apabullantes. El actual número uno del tenis mundial no solo ha sido el único tenista que ha conseguido ganar once veces el torneo de Roland Garros, sino que además es el segundo con más títulos del Grand Slam (17, por 20 de Roger Federer, cifra que por cierto no parece imposible que alcance el manacorí), y ocupa el primer lugar en títulos de Masters 1000 en modalidad individual. Es el cuarto en la lista de títulos ATP, pero comparte con su amigo Federer el primer lugar en número de títulos ATP World Tour 500. Además de todo ello, tiene dos medallas de oro olímpicas, que contribuyen a que haya sido el tenista más joven en conseguir el llamado “Golden Slam” a lo largo de su carrera, lo que logró en 2010.

Creo que se puede afirmar, sin temor a resultar exagerado, que es uno de los mejores tenistas de la historia (y sin duda el mejor en tierra batida), así como uno de los mejores deportistas españoles en toda la historia (con permiso, quizá, de Miguel Indurain). Parafraseando aquel anuncio de cerveza, podría decirse que es “probablemente, el mejor deportista español de la historia”. Todo esto son méritos más que suficientes, pero como he dicho muchas veces, en el caso de deportistas con gran proyección pública, no hay que olvidar que son, para muchas personas, y especialmente jóvenes, un modelo, o al menos una referencia. Y por ello, hay que valorar que sepan transmitir determinados valores positivos. En este sentido, Rafa puede ponerse como ejemplo en no pocos aspectos. En primer lugar, su capacidad de lucha y superación. Su carrera, siendo espectacular, ha sido algo irregular por culpa de las lesiones. Pero nunca ha abandonado, siempre ha sido constante, y así ha logrado levantarse tantas veces como ha caído. Por otro lado, este tenista sabe mantener, en sus apariciones públicas, un equilibrio muy adecuado entre el “estar callado” y no pronunciarse ante nada (como si los deportistas no vivieran en la sociedad), y “ser un bocazas”. Nadal ha sido siempre prudente y moderado, pero ha expresado su opinión cuando lo ha considerado. Por eso sabemos, entre otras cosas, que este tenista balear está orgulloso de ser español (y basta ver cómo se emociona con el himno) y desea que España siga estando unida. Por todo, enhorabuena campeón.

Fuente de la imagen es: http://www.marca.com/tenis/roland-garros/2018/06/10/5b1d49f8e2704e14458b4660.html

Una vez que el presidente del Gobierno ha accedido al cargo por cualquiera de los procedimientos constitucionalmente previstos, sobre la formación del resto del Gobierno no hay, en términos constitucionales, mucho más que añadir. Tan solo cabría mencionar el artículo 100 de nuestra norma suprema, que dice: “Los demás miembros del Gobierno serán nombrados y separados por el Rey, a propuesta de su Presidente”. Por tanto, el presidente elige libremente a sus ministros, y aunque en un Estado de derecho la arbitrariedad de los poderes públicos está siempre prohibida (artículo 9.3), hay que reconocer que su margen de decisión es, en esto, casi total. Así que el Derecho Constitucional, habitualmente tan entretenido y hasta divertido, en este tema da para relativamente poco, ya que, a partir de ahí, cualquier valoración que se haga sería política, social, cultural, pero no jurídico-constitucional. Lo bueno es que en este espacio yo también me siento libre para dar opiniones particulares de cualquier naturaleza. Lo menos bueno, que ya saben mis lectores que no me gusta expresar aquí valoraciones políticas, y lo único que reconozco abiertamente es ser… del Atlético de Madrid.  Unos ministros me gustan más, otros menos, pero eso no tiene mucha relevancia.

Pero es evidente que la propia composición del Gobierno transmite algo. Yo creo que este Gobierno de Pedro Sánchez contiene ciertos gestos o “guiños”. Y también mensajes de otro tipo. Entre esos “guiños” parece que hay alguno claro a Europa, al feminismo (o por mejor decir, hacia un concepto de igualdad entre sexos que va más allá de la paridad) o al ecologismo. Eso no prejuzga si finalmente el Gobierno será europeísta, feminista, ecologista… pero se busca dar esa imagen. Entre los “mensajes”, hay una apuesta por el perfil técnico en ciertos ámbitos, pero el que más me interesa es el de firmeza en la defensa de ciertos valores constitucionales, que es, desde luego, toda una apuesta frente a los independentistas que postulan la ruptura unilateral. Algunos han dicho que todo esto es “marketing político”, y yo creo que eso puede afirmarse, pero sin el menor matiz peyorativo. Es imposible valorar hoy la gestión política del Gobierno, y ya se sabe que es tradicional al menos dejar cien días para ese tipo de valoraciones. Esa gestión es, hoy, un libro en blanco. Pero formar un Gobierno es, también, hacer política, y está claro que el presidente Sánchez ha sabido diseñar unos perfiles claros. Y aunque en esto, como casi todos los ámbitos, sea más importante hacer que comunicar, políticamente es hábil quien sabe transmitir la imagen de lo que se pretende hacer.

Fuente de la imagen: http://eldia.es/nacional/2018-06-01/32-Aprobada-mocion-censura-lleva-Sanchez-Moncloa.htm