Admirado “Niño”: aunque ya lo hice cuando se fue al Liverpool, me parece que está justificado que le dedique un nuevo artículo. Eso sí, manteniendo esa regla inquebrantable de no repetirme ni copiarme a mí mismo. Por eso, esta vez voy a tratar de dejar a un lado mis sobradamente conocidos sentimientos atléticos. Y quisiera centrarme en el hecho de que los deportistas, por encima de muchos otros colectivos, constituyen una referencia o modelo para muchas personas, y especialmente para muchos jóvenes. Por eso es muy importante que, más allá de demostrar (y a veces exhibir) sus sobresalientes condiciones físicas, sepan transmitir ciertos valores. Por suerte, creo que entre los deportistas españoles hay más de uno que resulta admirable por ello. Pero me temo que en el fútbol esa característica no es tan frecuente, de tal manera que nuestros niños terminan percibiendo, las más de las veces, el “no ejemplo” del nivel de vida que llevan, los cochazos y las cambiantes parejas. Cuando no la soberbia o la presunción con la que algunos se expresan. Y no seré yo quien cuestione el derecho de cada uno a llevar la vida que quiera, pero lo bueno sería que haya otra cosa que transmitir: el ejemplo de calidad humana, de capacidad de lucha, de superación, y (no solo en el fútbol) valores como la fidelidad, la lealtad o el sentimiento de “familia” o de “comunidad” (esto último muy importante en un deporte de equipo).

Fernando Torres

A mi juicio, usted, aquel “niño” que se ha transformado en leyenda, según el eslogan de estos días, es una excelente muestra de todo lo anterior. Estuvo en el equipo en segunda división, cuando otros se hubieran ido. Cuando se fue, no pensó solo en su dinero, sino mucho más en el que necesitaba el club: el Atleti y usted tuvieron que crecer temporalmente por separado. Se negó rotundamente a celebrar el único gol que le marcó al Atleti con la camiseta del Chelsea. Y a su regreso, ha luchado como uno más, nunca ha reclamado nada, y ha aceptado sin el menor atisbo de queja la decisión del entrenador de ir dándole cada vez menos minutos. Después de haber marcado el gol en la final con la que la selección española inició su senda más gloriosa, ganar el europeo y el mundial, la Champions y la Europa League, ha reconocido que esta Europa League con el Atleti es para usted, en el plano emocional, el más importante de sus títulos. Todo un ejemplo de lealtad, de sentimiento, de nobleza, de coraje y de humildad. Ha demostrado que se puede ser un gran profesional y no renunciar jamás a los sentimientos ni a los valores. Merece el homenaje del último partido de liga con su doblete, y cualquier otro que se le haga. Mucha suerte, Niño. Mucha suerte, don Fernando, legendario Torres. Hasta pronto.

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Habitualmente he dedicado los artículos de esta serie a canciones de mi infancia y juventud. Y es que aquello que nos gustó o llamó la atención en los primeros años de nuestra vida, nos marca probablemente para siempre. En este caso, en cambio, me refiero a un autor cuyo primer disco es de 1991, y su primer gran éxito, por el que casi todos le conocimos (“Tierra de nadie”) data de 1998. Pero no por ello la música de Hevia ha dejado de ser “música de mi vida”, porque representa mejor que nadie lo que significa innovar respetando la tradición. Cualquier asturiano se cría acostumbrado a escuchar las gaitas en todo tipo de eventos y fiestas, aunque no todos la tocan desde los 7 años. Hasta ahí, José Ángel Hevia Velasco podría haber sido “simplemente” un gran gaitero. Pero una cosa es eso, y otra muy diferente inventar un instrumento llamado gaita electrónica, y a partir de ahí revolucionar la tradicional música gaitera, partiendo en muchas ocasiones, de canciones o melodías tradicionales, pero transformándolas para darles un estilo y un toque radicalmente original, innovador, absolutamente híbrido, e incuestionablemente rompedor. Eso solo está al alcance de los genios. Y, por supuesto, como toda obra genial, los primeros discos de Hevia fueron objeto de debate o controversia, su estilo fue cuestionado por los más puristas, tuvo sus detractores y sus partidarios… Como todo es opinable, diré que a mí siempre me pareció fabuloso y extraordinario, y que sin duda ha contribuido enormemente a la difusión y el interés por la gaita y por algunas canciones tradicionales asturianas.

Música de mi vida - Hevia

Es imposible aquí hacer una selección de sus mejores canciones. Del excelente disco antes mencionado, aunque parece imposible destacar solo una me decanto por el gran éxito Busindre Reel, canción absolutamente dinámica y casi totalmente instrumental, aunque, entre ese ritmo gaitero casi “pop” se puede escuchar a la señora cantando “Tu non vuelvas máaas a mio casa faciendo ruiu con les madreñes”. Este gran defensor de la lengua y la cultura asturiana ha seguido creando sus particulares versiones de canciones tradicionales asturianas en discos posteriores como “Al otru llau” (2003), pero al tiempo ha ido evolucionando hasta el reciente “Al son del indianu” (2018) en el que vuelve a innovar y resultar rompedor, aplicando su gaita eléctrica a ritmos tan latinos como la bachata, el bolero o incluso el tango, en un particular y precioso reconocimiento a los asturianos que emigraron a América a ganarse la vida y de vuelta dejaron su huella a orillas del Cantábrico; un trabajo construido con esa mixtura de elementos (en este caso, Asturias e Iberoamérica, tradición e innovación) que Hevia maneja mejor que nadie.

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La palabra “serio” tiene varios sentidos, y en algunos de ellos puede ser contraria a “alegre” o “desenfadado”. Pero si entendemos serio no como “severo en el semblante, en el modo de mirar y hablar”, sino más bien como “real, verdadero y sincero, sin engaño o burla, doblez o disimulo”, o como “grave, importante, de consideración” (que son, probablemente, sus sentidos más positivos), resulta que el que algo o alguien sea serio no solo es compatible con que sea alegre, sino incluso con que resulte ameno o divertido. Lo contrario de divertido no es, desde luego, serio, sino aburrido. Y ser aburrido no es ningún valor. Más bien al contrario, suele resultar positivo utilizar medios amenos, alegres y atractivos para abordar cuestiones serias, siempre que no se confunda el medio y el fin. El sentido del humor resulta saludable tanto a nivel individual como social.

Creo que, en principio, todo es susceptible de ser abordado con sentido del humor, aunque no toda forma de humor puede legitimar siempre lo que sea objetivamente ofensivo o hiriente. El Tribunal Supremo de Estados Unidos, en Hustler Magazine vs. Falwell, de 24 de febrero de 1988 (uno de los asuntos que refleja la película que se tituló en España El escándalo de Larry Flynt) protege especialmente aquella comunicación que constituye evidentemente una parodia, y no resulta realmente creíble ni verosímil. La libertad de expresión protege todos los gustos, incluso aquello que la mayoría pueda considerar de mal gusto. En general, la jurisprudencia da una mayor protección a aquellas manifestaciones en las que prevalece el animus iocandi. Aunque esto no puede afirmarse de una manera categórica o absoluta, ya que en cualquier mensaje dicho animus puede convivir con un claro animus iniuriandi, y no siempre es fácil determinar cuál prevalece, ni la intensidad de esa intención de ofender o injuriar. A mi juicio, el humor nunca debería ser utilizado meramente como una coartada, excusa o forma de encubrir la intención de lesionar de forma clara el honor, la intimidad, u otros valores constitucionalmente protegidos. En cuanto a los valores o principios colectivos, cada sociedad en cada momento tiene un grado de sensibilidad especial frente a determinados temas, pero en ningún caso ello debería impedir abordarlos con humor. Ese genial castellanomanchego que es José Mota, por ejemplo, siempre ha sabido hacer buen humor sin ofender, aunque muchas veces sus parodias encierren profundas críticas a nuestra sociedad. El humor bien entendido debe empezar con uno mismo. Y en una sociedad que en algunos aspectos parece siempre tensa y a veces hasta desquiciada, el humor es la mejor terapia.

Fuente de la imagen: https://www.lifehack.org/584343/having-sense-humor-worse-than-being-boring

Lo que diferencia la civilización de la barbarie es fundamentalmente que en aquella se establecen reglas, y mecanismos ordenados y equilibrados para sancionar a quienes las infringen, así como para la solución pacífica de controversias. Se supera así la mera venganza, el linchamiento o la pasional respuesta tribal. Más tarde se supera también el “ojo por ojo”, y se va asentando la idea de que para preservar estos mecanismos es necesario un poder judicial independiente de todos los demás poderes, pero también de cualquier tipo de presión social o económica. Los jueces han de operar solamente con criterios jurídicos, que incluyen no solo las reglas explicitadas en las normas aplicables, sino también principios como la presunción de inocencia (ya dijo Ulpiano “satius enim esse impunitum relinqui facinus nocentis quam innocentem damnari”) o el más genérico del “in dubio pro reo”.  Sus decisiones son siempre revisables con esos mismos criterios, y las leyes en las que se basan, susceptibles de reforma por los procedimientos previstos.

Desde luego, la libertad de expresión permite criticar las decisiones de todos los poderes públicos, incluido el poder judicial. Pero no es igual criticar las sentencias que atacar a los jueces. Y tampoco dejan de resultar llamativas (aunque lícitas) las críticas de algunas personas que, en muchos casos sin conocer el derecho, antes de haber leído la sentencia, y sin haber analizado las pruebas, exigen directamente la inhabilitación de los jueces. Desde luego, en el caso de la ya famosa “sentencia de la manada”, ha habido críticas de todo tipo, pero tengo la sensación de que entre los juristas han sido mucho más frecuentes las expresiones de respeto a los jueces, se acompañen o no de discrepancias sobre el fondo. Por lo demás, siendo la prueba principal (además de la declaración de la víctima, a la que los jueces han dado plena credibilidad) un vídeo que se supone que nadie ha visto, excepto las partes y los propios jueces, creo que las opiniones deberían ser muy cautelosas. Pero como alguien ha dicho, parece que la posverdad ha llegado a la justicia, y muchas personas habían ya asumido un relato, una interpretación, y una única solución justa. Esa construcción resulta muy emotiva y es fácil que cale en muchas personas. Lo increíble e injustificable es que a ello se apunte el propio ministro de Justicia, que se permite además aleccionar al Consejo General del Poder Judicial, órgano que existe precisamente para garantizar que un ministro no pueda dar indicaciones sobre lo que ha de hacer este, o los propios jueces. La última palabra, por suerte, la tendrá un tribunal superior, porque la única salida es siempre el Estado de derecho.

Fuente de la imagen: http://www.mercado.com.ar/notas/2711133

En varias ocasiones he dedicado este espacio a los derechos que existen sobre una imagen, que básicamente son de dos tipos: los del autor, y los de las personas captadas (si la imagen refleja a personas). Hoy, toda persona es un medio de comunicación; todos tenemos una cámara en el bolsillo, y todos podemos ver cómo nuestra imagen es captada y reproducida. Así que puede ser útil conocer (y practicar) algunas reglas básicas derivadas de nuestro derecho y del sentido común. Intentaré expresarlas sintéticamente:

  1. Como regla general, no publiques la imagen de terceras personas sin su consentimiento, implícito o explícito (en algunos lugares del mundo, una propina puede ayudar… y a veces conseguirás una mejor foto, con un posado y una sonrisa).
  2. La publicación debe ser proporcional al consentimiento. Alguien puede permitir que le tomes una fotografía, pero eso no significa que puedas presumir que consiente cualquier uso o difusión de ella.
  3. En el caso de personas privadas, lo único que se puede publicar sin pedir consentimiento es aquella imagen tomada en lugar público y que sea accesoria en una toma más amplia o general.
  4. En la duda, busca la opción más prudente. No publiques primeros planos “robados”, y ofrece quitar las fotos que hayas subido (indicando forma de contacto) a las personas que aparecen en ellas.
  5. La responsabilidad por la difusión indebida de imágenes no afecta solo a quien publica, sino también a quien comparte, al menos cuando es evidente que esa imagen no cumple los requisitos para su difusión.
  6. No tiene las mismas consecuencias compartir algo con tus amigos, que hacerlo con todo el mundo. Tanto para lo que publicas como para lo que compartes, tanto para la protección de la imagen de los demás como de la tuya propia, piensa bien cómo quieres configurar las opciones de privacidad en una red social.
  7. Protege tu imagen, sobre todo la del perfil de Facebook. Lo mejor es no subir lo que no quieras que pueda ver cualquiera, nunca puedes estar seguro de que alguien no lo comparta indebidamente.
  8. Respeta siempre el derecho de autor: jamás compartas una foto que no hayas hecho tú, sin citar al autor, o al menos la fuente de donde la has tomado.
  9. En ciertos casos, ni siquiera con cita se puede compartir una foto, porque el autor puede restringir esa opción o someterla a requisitos. Infórmate antes de compartir; como regla general, no publiques en abierto aquello a lo que accediste en un foro restringido.
  10. Cuando subas una foto de tu autoría, aunque no incluya la imagen de nadie, infórmate de las condiciones de la plataforma a la que la subes, para saber en qué medida estás consintiendo el acceso o uso de la foto por terceros. O establece tus propias condiciones. Si la valoras, fírmala, procurando no estropearla con ello.

 

En los últimos años, y especialmente en los últimos meses, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, con sede en Estrasburgo, ha ocupado en España un protagonismo informativo antes inusual. Primero fueron casos como Del Río Prada contra España (que “derogó” la famosa “doctrina Parot”), más tarde algunas condenas recientes en materias como libertad de expresión o privacidad de los trabajadores, o sobre las llamadas “devoluciones en caliente” en la frontera, entre otras (sin olvidar el proceso para renovación del juez propuesto por España). Con la absoluta concisión requerida en este espacio, me gustaría apuntar algunas ideas. En primer lugar, conviene aclarar que el juez propuesto por un Estado no está para defender los intereses de ese Estado, sino para garantizar la aplicación del Convenio. En segundo lugar, desde luego, estas condenas no permiten calificar a España como un Estado sistemáticamente vulnerador de los derechos humanos, o alejado de los parámetros europeos. España, por suerte, sigue lejos de la cabeza en el ranquin de condenas del TEDH, y no tiene motivos para avergonzarse. Pero, en tercer lugar, también hay que rechazar una postura de indiferencia que se despreocupe del problema y sus causas.

A mi juicio son varias las circunstancias que han coadyuvado a un cierto crecimiento de las condenas: a) el propio incremento, muy destacado, de los asuntos que llegan al TEDH, lo cual ha de afirmarse con carácter general y no solo respecto a España, y es un problema que los últimos protocolos al Convenio tratan de afrontar; b) desde la reforma de nuestra Ley Orgánica del Tribunal Constitucional en 2007, los criterios de admisión son totalmente diferentes para nuestro amparo constitucional y para este “amparo europeo”, de manera que no es infrecuente que asuntos que el TC ni siquiera admitió, al considerarlos carentes de “especial trascendencia constitucional”, sean finalmente admitidos y estimados en Estrasburgo, provocando una condena que tal vez podría haber evitado nuestro supremo intérprete de la Constitución; c) en algunos derechos como los mencionados, la jurisprudencia española parece haberse quedado en una posición más restrictiva que la de Estrasburgo, con lo que la adaptación parece imprescindible (en otros casos sucede al revés, pero eso no es problema porque el estándar del TEDH es solo el mínimo). En fin, será bueno que todo esto sirva al menos para que la labor del TEDH sea más conocida y considerada, pues hace no demasiado tiempo muchos juristas ni se preocupaban por conocer su jurisprudencia.

España y el TEDH

España y el TEDH

 

Desde luego, esta pregunta no se debe entender como un cuestionamiento de la indudable realidad jurídica e institucional existente en la Unión Europea, sino como el planteamiento de si, efectivamente, la integración que era su objetivo central se ha logrado realmente, y los valores fundacionales se han llegado a hacer efectivos en un grado razonable. Yo he sido, soy y seré un europeísta convencido y, pensando en concreto en España, he afirmado que nuestra entrada en este proceso de integración es, junto a la Constitución de 1978, lo mejor que nos ha pasado en toda la Edad Contemporánea. Pero también he de reconocer que a veces este proceso parece extremadamente largo, lento, complejo y poco comprensible para los ciudadanos comunes, que pueden sentirlo como algo bastante alejado. Si al menos puede decirse que este proceso ha ido implicando dos pasos adelante y uno atrás, podemos pensar que algo avanzamos…

Puede que un ejemplo de lo que digo sea el de la orden europea de detención y entrega. Conseguida tras muchas décadas (y con algún que otro matiz) la libre circulación de personas, resultaba imprescindible acompañarla de lo que podríamos llamar libre circulación de decisiones judiciales, y en particular de las órdenes judiciales de detención, pues de lo contrario a los (presuntos) delincuentes les sería tan fácil eludir (o al menos dilatar enormemente, o minimizar) las consecuencias de su delito como cambiar de país. Los procedimientos de extradición son complejos y sometidos a requisitos no estrictamente jurídicos, y la orden europea de detención pretendía superar esas dificultades con un procedimiento ágil y prácticamente automático, al menos para un bloque importante de delitos. Y en una medida no mucho menor, también para aquellos en los que se exige la llamada “doble incriminación”, una vez constatada que esta situación (la existencia de un delito equivalente) se produce.

Como ya sabíamos los juristas y ahora estamos comprobando todos los ciudadanos de una forma patente, en la práctica las cosas son más complejas. Los jueces de algunos países tienden aplicar siempre las soluciones aparentemente más garantistas (considerando que estas son las de su propio ordenamiento), pero el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ya ha venido a señalar, en síntesis, que el habitual “estándar mínimo” que suelen suponer los textos internacionales en materia de derechos humanos debe sustituirse, en las relaciones entre los Estados de la Unión, por un “estándar común”; de manera que en estas situaciones ha de prevalecer la aplicación del derecho de la Unión, siempre que se respete ese baremo en materia de derechos. España, tras una cuestión prejudicial presentada por el Tribunal Constitucional en el caso Melloni (aunque no sea exactamente la misma situación que en el caso Puigdemont), ha aplicado ese criterio. Y es que entrar a cuestionar los motivos por los que una persona es perseguida, a valorar las garantías del país requirente, o tratar de juzgar si los hechos que se le imputan a una persona están perfectamente probados, o si pueden subsumirse estrictamente en el tipo delictivo del Estado que tiene que ejecutar la orden, es traicionar el principio de confianza mutua, verdadero pilar de todo el sistema. El Tribunal de Schleswig-Holstein hace mal pretendiendo entrar en el fondo del asunto (y resolver en días lo que nuestro Tribunal Supremo lleva instruyendo meses), pues solo debe comparar los tipos delictivos. Dicho claramente: puede que después de todo no haya delito de rebelión, pero eso deben valorarlo los tribunales españoles. De lo contrario, todo lo que nos “vendieron” como gran avance cuando se aprobó la regulación de la “euroorden” sería papel mojado. No es posible minusvalorar la trascendencia de este caso emblemático de cara a la salud de los pilares esenciales de la propia Unión, como ha destacado por ejemplo la Fundación Konrad Adenauer. Por el bien de estos principios, cabe esperar que la situación se reconduzca. De lo contrario, tal vez Europa, que con dificultad intenta recuperarse de golpes como el fracaso de la Constitución, la crisis de los refugiados o el Brexit, peligre más de lo que somos capaces de ver ahora.

fuente de la imagen, https://www.caracteristicas.co/union-europea/

Puede que, en términos turísticos, quede parcialmente eclipsada por otras ciudades francesas o centroeuropeas. Pero Estrasburgo es, sin duda, una ciudad de gran interés. No solo es hoy “una de las capitales” de Europa, sino que también lo es de una región llena de historia, como es Alsacia. Junto a Lorena, esta región pasó en los últimos siglos varias veces de Alemania a Francia, y a la inversa, hasta su actual ubicación en el país galo, desde el final de la segunda guerra mundial. Hoy es capital del departamento del Bajo Rin, y tras la reestructuración de las regiones francesas en 2016, también cabeza de la región Gran Este. Pero esa historia de mixtura está todavía presente en su fisonomía, en su cultura, en su gastronomía. Aquí encontramos platos típicamente alemanes como el choucrute o el codillo, pero también el foigras de oca (que en realidad fue inventado aquí) o la tarta flambeada, junto al tradicional puchero alsaciano o baeckeoffe. Alguien pensaría que esto no es especialmente destacado en Francia, pero es de gran nivel si lo comparamos con Alemania; aunque tampoco quiero ser tan simplista. Lo bueno es que -seguramente fruto de esa misma mixtura- hay muy buena cerveza y muy buenos vinos. En todo caso, la ciudad es mucho más, y tiene uno de los centros históricos más cuidados y agradables de la zona, y eso que en ese aspecto, sin duda, hay gran competencia. Las calles estrechas, las casas con sus típicos tejados y fachadas con madera vista, las hermosas plantas y flores, el agradable entorno de los ríos, dominan el centro. Desde luego, es imprescindible su catedral, una auténtica joya del gótico, que hay que ver despacio.

Estrasburgo

Pero sin duda, hoy su vertiente europea -aspecto por el que es conocida en todo el mundo- marca también la estructura urbana de la ciudad. Una de las sedes del Parlamento europeo está aquí, pero Estrasburgo es también capital de “la otra Europa”, esto es, el Consejo de Europa, y por tanto aquí está también el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, cuya trascendencia es imposible exagerar. Piensen que, solo contando la población de los 47 Estados que reconocen su jurisdicción, a este Tribunal pueden acceder directamente (desde que se suprimió la Comisión) más de 800 millones de personas en el mundo, desde el Atlántico al Estrecho de Bering. Este tribunal no está muy lejos de la frontera alemana, y tras la visita es posible cruzar el río Rin dando un paseo, tomarse el café en Alemania y regresar a Francia. Y mientras tanto, pensar en todo lo que ha costado que este lugar pase de ser el centro de las disputas (y varias guerras) francoalemanas, a ser uno de los centros de este sueño hecho realidad llamado Europa sin fronteras.

Estrasburgo

Estrasburgo

Hace algunos meses, la revista National Geographic España incluía un amplio reportaje en el que trataba de dar respuesta a la pregunta “¿por qué mentimos?”. Entre sus conclusiones, no solo destacaba la idea de que la mentira está estrechamente relacionada con la inteligencia humana (de manera que mentimos porque somos inteligentes, y aprendemos a mentir como parte de nuestro aprendizaje); sino también la de que las mentiras tienden a funcionar porque -acaso contra todo lo que deberíamos haber aprendido- tendemos siempre a creer y a confiar en lo que otros nos cuentan, y no a cuestionarlo. Además, otro aspecto curioso es que tendemos a limitar y sofisticar nuestras mentiras, no solo para que sean más creíbles para los demás, sino tal vez, también, para creérnoslas nosotros mismos. Salvo algunos casos muy extremos, no solemos exagerar nuestras mentiras, sino mezclarlas con algunas verdades, para dar de nosotros mismos una imagen más próxima a lo que nos gustaría ser, pero también más creíble. Desde luego, a mi juicio lo anterior no puede ser una justificación de la mentira, sino la explicación de por qué esta es en cierta medida “natural” y muchas veces el “camino fácil” y más tentador. Pero no, por supuesto, el más honesto.

De verdades, mentiras y mitos

El caso es que esa mezcla de mentiras y verdades (o medias verdades) que muchas personas utilizan de forma más o menos cotidiana para dar la imagen que ellos o los demás esperan es, a nivel colectivo, la materia prima de los mitos. Hoy vivimos una época que algunos han llamado la “posverdad”, pero que es en realidad esa mentira, mayor o menor, construida sobre algunas medias verdades, pero que todos estamos dispuestos a creer, porque es más agradable, positiva, o da nuestra mejor imagen colectiva. No importa cómo somos, sino la imagen que damos de nosotros mismos. He de ser sincero -especialmente en este artículo-: más de una vez, cuando he conocido en persona a alguien a quien primeramente conocí a través de una red social, la primera impresión tiende a ser decepcionante. La verdad “pura” suele ser tan “dura” y molesta, que antes de expresarla solemos pedir permiso, y por ello es común preguntar “¿puedo ser totalmente sincero?”. Una pregunta, por cierto, que suele ser respondida con absoluta falta de sinceridad, ya que casi siempre contestamos “¡desde luego!”, cuando en el fondo estamos pensando algo así como “no veo la necesidad”…

De verdades, mentiras y mitos

Como apuntaba, la mezcla de medias verdades y mentiras que algunas personas usan para transmitir una imagen, la utilizan también las sociedades y las naciones para crear sus mitos. La posverdad no es una novedad de nuestros días; solamente sucede que hoy Internet y las redes sociales la ponen al alcance de cualquiera. Pero hay -no sé muy bien cómo llamarlo- una historia de la posverdad, o una “preverdad”, constituida por esos mitos colectivos, que fueron creados quizá hace siglos, y son a lo largo de la historia recuperados o revisados y cuestionados, según los momentos. Desde Wifredo el Velloso con sus dedos ensangrentados creando el signo que sería (si fuera cierto) la base de la bandera de la corona de Aragón, la Virgen en la batalla de Covadonga o Santiago en Clavijo, hasta el “mito” más reciente que algunos han creado con los hechos del 1 de octubre en Cataluña, pasando por el origen del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, encontramos casos en los que “ajustando”, manipulando, o moviendo algunas circunstancias estratégicas en un fondo de hechos reales, se construye un mito colectivo. Hay incluso alguna bibliografía que analiza cómo el “mito gótico” estuvo presente de forma mucho más profunda de lo que se cree en nuestro siglo XVIII (supuestamente el siglo de las luces y la razón) para “reconstruir” una constitución histórica española de origen medieval, que respondiera a un ideal de libertad y limitación del poder. Construcción no exenta de ciertas bases históricas reales, y que nuestros constituyentes gaditanos supieron utilizar en las Cortes de 1810 para justificar que la superación de la monarquía absoluta no implicaba una ruptura, sino una vuelta a los orígenes auténticos.

De verdades, mentiras y mitos

Nuestra posverdad tiene, en realidad, las mismas bases que estos mitos históricos. La diferencia, como ya apunté, es que su construcción está casi al alcance de cualquiera. Y ello es debido a dos factores relacionados: 1) como he señalado varias veces, hoy cada persona es un medio de comunicación. Cualquiera tiene una cámara de fotos en el bolsillo, acceso a los programas de edición, y un blog o perfil en redes sociales; 2) la “mentira emotiva” es mucho más verosímil cuando viene apoyada por una imagen. No importa si está alterada o sacada de contexto, para quienes están deseando creerlo, es una prueba irrefutable. Por eso creo que es especialmente importante “desconfiar”, contrastar con diligencia noticias e imágenes, colaborando en la búsqueda de la verdad. Como decía Machado, “¿Tu verdad?, No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”

Fuente de las imágenes:

https://elpais.com/elpais/2017/10/05/hechos/1507220162_048235.html
http://www.galeradas.info/tag/posverdad/
https://www.actuall.com/criterio/familia/la-era-de-la-posverdad-la-razon-ha-muerto-por-pedro-luis-lleral/
https://sites.google.com/site/csocialsvalldemia/home/socials-2n-eso/unitats-didactiques/unitat-4-7-el-naixement-de-catalunya-s-viii-x

Una película realmente original y difícil de clasificar. Y, sin embargo, es imposible no apreciar referencias y similitudes con largometrajes bien conocidos, desde “La bella y la bestia” hasta “E.T.”, entre tantas otras (hay incluso, según yo creí imaginar, pero luego he leído, un “guiño” a “Torrente”). En realidad, con todo el cine fantástico. O con el cine de terror. O, desde luego, con el cine romántico, ya que a fin de cuentas se trata de un “chica conoce a chico” (aunque, es claro, también un “chico conoce a chica”). Por eso, si bien es una película compleja, con distintos elementos, enfoques y aristas -eso que podríamos llamar una obra “poliédrica”- finalmente creo que prevalece su dimensión romántica. Su mensaje central es, como en tantas otras películas, que el amor no conoce fronteras ni barreras (o quizá sería mejor decir, que el amor es capaz de superar cualquier frontera o barrera). Pero en este caso encontramos, a mi juicio, dos preciosas consideraciones complementarias, que de algún modo se relacionan entre sí y “redondean” el tema principal. Por un lado, ese nexo de unión entre quienes de alguna manera han sido relegados por la sociedad a los roles más subsidiarios o apartados: la mujer muda, la mujer negra siempre al servicio del marido, el viejo homosexual, son seres solitarios; son, al igual que el “monstruo”, “bichos raros”, que de algún modo tejen entre sí una red de solidaridad y de amistad. Porque, por otro lado, ese segundo elemento complementario es la importancia de la amistad, que, de alguna manera, está construida con la misma materia prima que el amor que forma la relación principal.

La forma del agua

La forma del agua

 

En la parte crítica, a mi juicio, destacaría el simplista tratamiento de los personajes, y en conjunto de la sociedad. La película opta por una crítica acérrima a la sociedad estadounidense de hace más de cincuenta años, en plena guerra fría. Y no me cabe duda de que en esta sociedad existiría un acentuado racismo y machismo (que, desde luego, con expresiones acaso más sutiles, pervive en la actualidad y existe en toda sociedad, porque la base de la marginación es la desconfianza hacia lo diferente). Pero la distinción tan nítida entre “buenos” y “malos” no resulta creíble. Esa descripción de hombres blancos de edad intermedia, que se creen profundamente honestos y cumplidores pero que resultan odiosos por su propio desprecio a todo lo diferente, es tan extrema que llega a resultar ridícula. Con todo, estamos ante una excelente película que no hay que perderse, y que puede triunfar en los Oscars, porque es muy del gusto actual.

(Fuente de la imagen: https://www.filmaffinity.com/es/film383204.html)