Últimamente venimos escuchando diversas opiniones, incluso a veces expresadas por responsables políticos de nivel gubernamental, la afirmación categórica de que determinados partidos son “anticonstitucionales”. Creo que conviene aclarar algunos aspectos sobre este tema. Para empezar, la propia calificación de “anticonstitucional” no parece tener un significado específico en el ámbito jurídico. Las normas, los actos, e incluso entidades como los partidos políticos, son conformes o disconformes con la Constitución, y en este último caso serían “inconstitucionales”, pero no queda claro qué se pretende indicar con el prefijo “anti”. Para seguir, y ya con referencia específica a los partidos políticos, no existe en nuestro sistema, a diferencia de lo que sucede por ejemplo en Alemania, un procedimiento específico para la declaración de inconstitucionalidad. Aquí no tenemos una democracia militante. No suelo recurrir a la autocita, pero lo expliqué con más detalle en una obra de 1997, y -lo que es mucho más importante- el Tribunal Constitucional lo declaró taxativamente años después, precisamente al valorar la constitucionalidad de la ley de partidos políticos. Como regla general, estos pueden tener cualquier finalidad, incluso las que sean contrarias a la norma fundamental. Por supuesto, perseguir fines contrarios a la norma fundamental es perfectamente posible en nuestro sistema, siempre que se respete la vía de la reforma como único medio lícito de conseguir dicho fin. De lo contrario, por ejemplo, no cabrían los partidos republicanos, o ni siquiera los que promueven un modelo federal. Las exigencias constitucionales específicamente destinadas a los partidos políticos son escasas (básicamente, que su estructura interna y funcionamiento han de ser democráticos) y no se refieren a los fines que persiguen. Por su parte, las prohibiciones constitucionales relativas a las asociaciones afectan solo a las secretas y paramilitares, aunque también afirma la Constitución que son “ilegales” las que persigan fines o utilicen medios tipificados como delito. En suma, aun cuando la norma fundamental no habla aquí de inconstitucionalidad, sino de ilegalidad, los únicos fines constitucionalmente prohibidos son la comisión de delitos.

Es verdad que las leyes añaden otros supuestos de ilicitud aplicables a los partidos,  y así, por ejemplo, el Código Penal declara punibles las asociaciones que promuevan el odio, hostilidad, discriminación y violencia, y la propia ley de partidos políticos permite declarar la ilegalidad de aquellos que, entre otros supuestos, tienen implicaciones en actividades terroristas. Estos no son supuestos de inconstitucionalidad, sino de ilegalidad, y como sabemos, sí han tenido aplicación práctica en algún momento de nuestra vida democrática (en concreto el relativo a la vinculación con el terrorismo). Pero ello ha sido excepcional, en supuestos muy extremos, claros, y tras un largo proceso de prueba. En suma, no cabe propiamente una declaración de inconstitucionalidad de partidos. Y aunque sí cabe la declaración de ilegalidad, o incluso la sanción penal en ciertos supuestos, sinceramente no me parece que ninguno de ellos se den en la actualidad en ninguna de las formaciones políticas con representación en el ámbito estatal o autonómico. Conviene informarse, expresarse con precisión, y utilizar el derecho como forma razonable de afrontar las situaciones, antes de dejarse llevar por el deseo o el apasionamiento.

Fuente de la imagen: https://listas.20minutos.es/lista/mejor-partido-politico-espanol-397710/

“Radical” viene de raíz. Y está bien ir a la raíz de los problemas. Pero en la vida política, social o económica, diversos principios rectores, todos ellos positivos, entran habitualmente en conflicto: libertad e igualdad, libertad y seguridad, libertad de tránsito y seguridad nacional, igualdad y diferencia… Y además, cada uno de estos principios admite siempre diversas interpretaciones, todas ellas en principio legítimas en un Estado democrático y pluralista. Así, por ejemplo, para algunos la igualdad exige que la misma respuesta que se dé a lo supuestos de violencia de género se aplique a otros casos de violencia doméstica, mientras que, para otros, exige exactamente lo contrario: una respuesta específica, diferente y más contundente, para la violencia de género. Son solo algunos ejemplos de que, en mi humilde opinión, en política los extremos son siempre peligrosos. Y que el auge de opciones radicales y extremas, ya sea en la izquierda o en la derecha, aunque sea admisible en la medida en que responde a opciones legítimas de los ciudadanos, resulta bastante preocupante. En realidad, me permito opinar que ese auge es propio de sociedades que no han sabido llevar a cabo un debate social y político sano en determinados temas. De sociedades en las que, a golpe de tuit de 280 caracteres y de opiniones breves, contundentes y casi nunca suficientemente razonadas, se han perdido los matices. De sociedades en las que lo políticamente correcto se ha impuesto en algunos temas, hasta el punto de que dar otra opinión supone una osadía similar a la de aquella primera persona que, en la famosa fábula del rey desnudo, se atrevió a decir que aquellos ricos y elegantes vestidos que los sastres tramposos decían haber tejido para el monarca, en realidad no existían. Y esta es la base del extremismo, cargado de demagogia populista.

Radicalismos

Radicalismos

Lo vivimos cada día en nuestra sociedad, aunque es evidente que esta característica, con los matices que sean, es, por desgracia, una seña de identidad de nuestro tiempo en casi todos los países occidentales. Tan demagógico y extremista es decir que las fronteras de un país tienen que estar abiertas, y que todo inmigrante ha de ser siempre acogido porque es un ser humano, como defender la construcción de un muro, o la necesidad de expulsar sin más a todos los inmigrantes, o incluso solo a los inmigrantes ilegales. Lo complejo es valorar que hay distintos principios en juego, y buscar una solución intermedia, moderada, razonada, y que pondere y afecte lo menos posible a esos principios. Tan demagógica es la solución políticamente correcta de un feminismo obligatorio que se trata de mostrar no como una ideología legítima, sino como la imposición totalitaria de una manera de ver las cosas, como el rechazo en bloque a cualquier medida tendente a conseguir la igualdad real entre mujeres y hombres. Tan demagógico, ya para España, es decir que el estado autonómico es la causa de todos los males y que hay que volver a un estado centralista, como considerar que nuestro modelo es intocable. La política está llena de principios, y estos están llenos de matices. Los debates deben ser abiertos y no eludir la complejidad de los problemas. La solución casi siempre viene por la ponderación, y esta suele conducir a soluciones moderadas, no radicales. Olvidar esto suele costar caro a cualquier sociedad.

Fuentes de las imágenes:

 

Nuestra forma de medir el paso del tiempo está basada una combinación de elementos tomados de la observación de la naturaleza y el Universo (los movimientos de rotación y traslación de la tierra se corresponden con nuestros días y años, respectivamente) y otros basados en la historia (los nombres de nuestros meses, o el hecho de que ahora mismo comencemos, en casi todo el mundo, el año 2019 después de Cristo, por ejemplo). Ni unos ni otros tienen una precisión absoluta, ya que, por ejemplo, hubo que introducir los años bisiestos, cada cuatro años, pero con excepciones, para corregir el desajuste con el movimiento real de traslación; o, por otro lado, es seguro que Jesús de Nazaret no nació en lo que hoy consideraríamos “año cero”, sino más bien unos años antes. Así pues, nuestros sistemas de medición temporal son parcialmente “caprichosos”, aunque no puramente arbitrarios, a pesar de que algunas de las divisiones (por ejemplo, la semana, o incluso en cierta medida los propios meses) obedecen a circunstancias que no parecen hallar un fundamento claro, más allá del pragmatismo de contar con otras divisiones intermedias. Sea como fuere, y aunque a algunas personas todo esto les parece un entretenimiento bastante absurdo, a mí siempre me ha parecido útil e importante la posibilidad de establecer estas “marcas” o barreras temporales, que nos permiten establecer períodos de tiempo, y así utilizar los momentos de tránsito de uno a otro (como el inicio de un nuevo año, década o siglo) para hacer balance y recapitular sobre lo pasado, pero también pare establecer proyectos o marcarse objetivos en el futuro. Es decir, para hacer una pausa en el camino, y mirar hacia detrás y hacia delante. Quizá por ello tengo, como saben los lectores de estos “miraderos”, una cierta afición por los aniversarios y las efemérides, pero casi siempre trato de analizar los hechos con perspectiva y extraer las enseñanzas que hoy puedan aportarnos. Algo que intentaré seguir haciendo, en algunas ocasiones, en este recién estrenado 2019.

hacia atrás y hacia delante

hacia atrás y hacia delante

Dicen, por otro lado, que en la vida, a medida que nos acercamos al final, pesan más en nosotros los recuerdos y las experiencias que los planes y proyectos. No sé en qué medida eso es cierto, pero yo no puedo dejar de recordar cómo, en mi infancia, la frontera del 2000 parecía un momento lejano, crucial y casi inalcanzable, y hasta la película titulada 2001 presentaba una historia de ciencia ficción tan imaginativa como remota. Así que no deja de producir cierto vértigo entrar en este 2019 y comprobar cómo el siglo, a punto de concluir su segunda década, ya no solo no es “nuevo”, sino que creo que nos ha manifestado ya todos los grandes retos que en él hemos de afrontar. Pero ese es precisamente el momento de mirar hacia delante y ver cómo intentar resolver estos problemas. Porque precisamente la historia nos enseña que el tiempo, al menos en una medida importante, no es algo que “pasa”, sino algo que nosotros podemos forjar, dejando en él nuestra huella. Y esa es la única vía para construir, entre todos, un mundo mejor.

Fuente de la imagen: https://lamenteesmaravillosa.com/como-percibimos-el-paso-del-tiempo/

Ahora que Rosendo está llevando a cabo la que se ha anunciado como gira de retirada, es buen momento para reconocer que yo he sido gran fan de Leño, y del propio Rosendo Mercado. Esta afición era plenamente compatible con la de Barón Rojo y otros grupos de “rock duro”, que es como cabe referirse a los grupos españoles, mejor que “heavy metal”, que se refiere a los internacionales. Aunque quizá sea mejor decir “rock auténtico”. Como ya se sabe que los viejos roqueros nunca mueren, mantengo esta afición a algunos de estos grupos, pero su intensidad se ha ido modulando con los años, sobre todo porque, como pueden comprender los lectores que me conocen, me falta un requisito esencial para ser roquero, que es la melena, ya que esa opción hace tiempo me viene siendo limitada por la naturaleza. Fuera de bromas, lo cierto es que he ido evolucionando musicalmente, y ampliando mi abanico de preferencias, pero mantengo el gusto por alguno de aquellos grupos y canciones de aquello que en Spotify llamo “Rock duro de mi época”, dentro de lo cuales Leño y Rosendo ocupan un lugar destacado.

Rosendo Mercado nació en Madrid en 1954, y se ha convertido en uno de los iconos de Carabanchel. Su carrera está plagada de éxitos desde sus inicios en Ñu, hasta su larga carrera en solitario, pasando desde luego por la brillante etapa de Leño, grupo que él mismo creó, con Chiqui Mariscal como bajo, y Ramiro Penas como batería. De esta etapa derivan discos como “Leño”, “Más madera” y “Corre, corre”, y canciones que casi todos los españoles de varias generaciones conocen, como por ejemplo “La noche de que te hablé”, “Maneras de vivir”, y gran parte de las del último disco mencionado, quizá uno de los mayores éxitos del rock español de todos los tiempos (“¡Corre, corre!”, “Sorprendente”, “La fina”, “¡Que tire la toalla!”, “¡Entre las cejas!” o “¡Qué desilusión!”, todas las cuales se encuentran entre mis favoritas). A este período, luego revivido en diversos recopilatorios y directos, le sigue una larga etapa de Rosendo en solitario, con discos tan famosos como “Loco por incordiar”, que incluye éxitos como la canción que da título al álbum, y otros tan conocidos como “Agradecido”. Luego ha seguido una larga lista de discos, hasta su decimoquinto álbum de estudio en 2013, “Vergüenza torera”. A estos nuevos discos han acompañado numerosos conciertos, giras, y una gran cantidad de reconocimientos, desde una calle en Leganés hasta la Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes. Pero, por lo que sé, Rosendo ha seguido siendo siempre el mismo, siempre auténtico, siempre fiel a sí mismo. Será una pena si se retira, pero sus canciones nos seguirán acompañando siempre a sus fans.

Fuente de la imagen: https://es.wikipedia.org/wiki/Rosendo_Mercado

Un buen amigo turco, de religión islámica, suele felicitarme la Navidad, y es una de las felicitaciones que más valoro, porque sé que la fecha es totalmente ajena a su cultura y creencias. Aunque no hace mucho que nos conocemos, yo le invité en su día a cenar en casa con mi familia en Toledo, y el agradeció enormemente ese gesto, y luego me invitó en Estambul. Por supuesto, en su casa dejé los zapatos a la entrada, y no se me ocurrió darle dos besos a su esposa. Y pronto comprobamos que tenemos muchas cosas en común, por ejemplo la valoración de la familia, y desde luego la profesión de una fe y unas creencias. La Cofradía Internacional de Investigadores de Toledo, a la que me honro en pertenecer, congrega precisamente a estudiosos de todas las disciplinas científicas, y de todas las creencias religiosas, siempre que tengan fe en un único Dios. Otro amigo, reconocido ateo, me dijo una vez que él es un ateo de cultura cristiana, y que, en términos culturales, se siente más próximo a un cristiano creyente que a un ateo cuyo contexto cultural sea otro diferente. Otra amiga me felicita el solsticio con una imagen de Papá Nöel haciendo yoga…, y desde luego le correspondo a esta forma original (aunque ahora quizá cada vez más frecuente) de transmitir buenos deseos. Después de todo, tampoco hay que olvidar que, antes de que el cristianismo eligiera esta fecha para conmemorar el nacimiento de Jesús de Nazaret, los paganos celebraban el solsticio, justo cuando los días empiezan a crecer, y constataban que la oscuridad y la noche nunca consiguen imponerse sobre la luz. Del mismo modo que nuestra cristiana fiesta de San Juan, próxima al otro solsticio, vino a sustituir la fiesta de los días más largos del año, y nuestras hogueras tienen una raíz muy profunda en ese mismo reconocimiento a la luz…

Ya lo he escrito alguna vez: cada uno es libre de celebrar lo que quiera en estas fechas, o de no celebrar nada. Pero lo que nadie puede borrar (y sería un disparate intentar borrar) es el sentido tradicional de estas fiestas, vinculadas profundamente a la religión cristiana, pero que, sin duda, están firmemente arraigadas en nuestra cultura. Por eso, no hay en mi opinión cosa más absurda que el intento de eliminar los símbolos y tradiciones religiosas de estas celebraciones, para “no molestar” o, en las felicitaciones más o menos oficiales, no quebrantar el principio de no confesionalidad que debe regir todos los actos de los poderes públicos. No entiendo a quienes se “hacen bolas” con la Navidad. Religión, cultura y tradición van unidas inescindiblemente (basta ver las valiosas representaciones artísticas del Nacimiento) aunque, por supuesto, en un Estado liberal y laico a nadie se le impone nada. En todo caso, lo que yo quiero es felicitar a mis lectores diciéndoles que pido al Niño Dios que nos ayude, nos proteja y nos ilumine. Eso sí, que cada uno encuentre esa luz en su vida según sus convicciones y creencias y por su propia vía.

Fuente de la imagen: https://blog.uchceu.es/fisioterapia/os-deseamos-feliz-navidad-y-un-feliz-ano-nuevo/

Quizá sea por el protagonismo del aniversario de nuestra Constitución, pero me parece que por aquí ha pasado algo más desapercibido otro que, desde luego, no es menos importante: el pasado día 10 de diciembre se han cumplido 70 años desde que la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó en París la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en cuya redacción hay que destacar el papel de Eleanor Roosevelt, que presidió el Comité de Redacción, y de René Cassin, quien efectivamente redactó el primer texto. Con la perspectiva de estas décadas, puede apreciarse sin ningún género de dudas la trascendencia de este hito histórico para la humanidad. Aunque había algunos antecedentes en la obra de la Sociedad de Naciones en la época de entreguerras (o, más remotamente, en el Derecho Internacional Humanitario del siglo XIX), y aunque desde su plasmación en las primeras declaraciones francesas y norteamericanas que abrieron la Edad Contemporánea, los derechos se proclamaban de “todos los hombres”, en realidad la de 1948 es la primera declaración de derechos de contenido, propósito y alcance universal. Ciertamente, entonces Naciones Unidas estaba compuesta por muchos menos Estados, y ni siquiera todos votaron a favor: hubo 48 votos favorables y ocho abstenciones. Ello, en sí mismo, ya suponía un éxito teniendo en cuenta las dificultades para alcanzar determinados consensos entre los dos bloques que ya empezaban a formarse (países occidentales y países del este o comunistas). Pero más allá de ese dato, puede decirse que la universalidad (en sentido geopolítico) de esta declaración se manifiesta, siete décadas después, en que nunca jamás -que yo sepa- ningún Estado, ni entre los que componían ese momento Naciones Unidas, ni entre los muchos más que han ingresado después -sobre todo por efecto de la descolonización- ha objetado formal u oficialmente su contenido. Es, sin duda ninguna, lo más parecido a un consenso universal sobre lo que deben ser los derechos humanos.

70 años de derechos universales

Ese dato sirve para destacar el gran valor de este texto. Me atrevo a decir que, solo por este texto ( al que hay que añadir los tratados internacionales posteriores, que de algún modo fueron su consecuencia o desarrollo), y por el papel que ha tenido desde entonces como incuestionable “parámetro ético universal” ya se justifica la labor de la ONU, tan cuestionada y cuestionable por otros aspectos. Ante esta circunstancia, se empequeñece la trascendencia de las críticas que legítimamente pueden hacerse al documento, y que se centrarían, desde luego, en su ausencia de valor jurídico. Ello se corrigió en parte con los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, y Económicos Sociales y culturales, auténticos tratados firmados en Nueva York en 1966, aunque el problema que tienen (común a otros textos internacionales en la materia) es la escasez de garantías eficaces. En cualquier caso, si la cruz de la esta declaración es que, obviamente, no ha servido para impedir de una vez, y en todo momento y lugar, las vulneraciones de derechos, la gran “cara” es que ha permanecido como criterio compartido por todos para saber cuándo hay una violación de derechos.

Fuente de la imagen: https://www.pinterest.es/pin/531776668472206483/

He escrito y dicho “alguna cosa” sobre la Constitución y su reforma en los últimos   años; y sobre su cuadragésimo aniversario, llevo ya más de un año expresando mi valoración. Así que, para ser sincero, había pensado dedicar a cualquier otro tema esta semana en que efectivamente se cumplen cuatro décadas desde el referéndum en el que masivamente fue ratificada por el pueblo; no tanto por “tomarme vacaciones” (bien saben mis lectores que esta columna es quizá la única actividad que no abandono nunca), sino por no resultar reiterativo, ni cansar más de la cuenta. Pero he aquí que hace algunos días llegó a mi poder un libro excelente y delicioso, titulado “Luz tras las tinieblas. Vindicación de la España constitucional”, editado por Alianza en este mismo año 2018, y del que es autor mi colega y amigo Roberto Blanco Valdés, catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela. Decidí darle prioridad sobre la siempre repleta pila de libros que tengo para leer, porque el tema y el índice me sugerían una obra del mayor interés, y también porque sigo al autor, y todo lo que ha escrito me ha gustado y me ha servido para aprender. Para el que tenga interés, y entre tantos otros trabajos, casi siempre en Alianza, está el imprescindible y magnífico “El valor de la Constitución”,  pero también “La construcción de la libertad”, “Nacionalidades históricas y regiones sin historia” o “Los rostros del federalismo”.

Luz tras las tinieblas

Luz tras las tinieblas

Pero “Luz tras las tinieblas” es una recomendación especialmente oportuna para este momento y este espacio, porque su autor -como suele hacer- se logra explicar combinando magistralmente el absoluto rigor académico y la claridad expositiva. La sencillez y la claridad del lenguaje hacen que la obra sea perfectamente comprensible por no juristas, e incluso yo creo que está principalmente dirigida a personas con inquietudes por el tema, pero no especialistas en él. Sin desvelar más, debo decir que comparto con el autor buena parte de su enfoque, según el cual “la democracia actual ha sido, sin ningún género de dudas, la de más alta calidad de nuestra historia. Y la España constitucional posterior a 1978, la mejor España que jamás haya existido” (p. 51). Y si bien hay no pocas cosas que pueden mejorarse -y reformarse-, la reforma territorial que se necesita no resolvería el principal problema que tenemos, porque -no se puede decir más claro- “eso que se llama encaje territorial no puede funcionar si hay fuerzas políticas cuyo éxito depende de una sociedad desencajada” (p. 253). En fin, este 6 de diciembre no me apetecía volver a repetirme con críticas y valoraciones. Pero sí “sentir” esta fiesta, y sentir también que la inmensa mayoría de mis compatriotas comparten mi sentimiento, saben que hay motivos para celebrar, porque, tras demasiado tiempo de “tinieblas” nuestra carta magna nos trajo la luz. La lectura de este libro de Roberto Blanco sin duda les hará disfrutar, y entender la verdadera justificación de esta fiesta, en la que tantos motivos tenemos para compartir la satisfacción de sabernos parte de una misma comunidad, cuyo fundamento es -¡ahora sí!- una sólida democracia y los derechos humanos.

Fuente de la imagen: https://www.alianzaeditorial.es/libro.php?id=4185775&id_col=100508&id_subcol=100517

Como soy fan del grupo Queen, no podía dejar de ver la película “Bohemian rhapsody”; pero por esa misma condición, fui a verla con un cierto escepticismo, temiendo que la recreación no me pareciera lo suficientemente auténtica, especialmente en el caso concreto de Freddie Mercury, quien fue un personaje irrepetible. Pues bien, no solo no salí decepcionado, sino que la película superó mis expectativas. En primer lugar, cada gesto, cada característica del estilo personal del mítico cantante, y de los demás miembros del grupo, parece haber sido estudiado meticulosamente, y reproducido con maestría y total credibilidad, no solo por el protagonista Rami Malek, sino también por los demás actores. Por otro lado, se ha logrado una increíble similitud con la voz de Mercury, si bien en este caso la del actor se ha mezclado con algunas demos originales, y sobre todo con la de Marc Martel, cuyo timbre es asombrosamente parecido al del cantante de Queen. Con todos estos ingredientes, la película logra uno de esos “milagros” que solo el cine puede conseguir, y es trasladarnos a aquellos momentos y lugares que ya son por definición físicamente irrepetibles, como por ejemplo aquel antológico concierto en Wembley. Gracias a la música y a las espectaculares imágenes, podemos sentirnos como se sintieron quienes allí estuvieron. Solo esto sería motivo para ir a verla.

Pero es que, además, la música del grupo tiene una presencia justa, suficiente para disfrute del espectador, pero no tanto que anule o desdibuje la narración de una historia. Una historia -la del grupo Queen y el propio Mercury- que no por conocida es menos interesante. El largometraje describe y profundiza en el personaje de Mercury y en los demás del grupo, y así nos muestra la siempre compleja relación con sus padres; las dificultades que tuvo para llegar a ser quien quería ser, y sobre todo, esa abrumadora y aplastante soledad de quien tuvo una mujer en su vida, pero no pudo compartir plenamente su vida con ella; y muchos hombres, que probablemente no le llenaron como aquella otra relación. Y nos transmite también las vicisitudes de este conjunto único: rompedores cuando ser rompedor tenía mérito (y tenía sentido), originales, entregados a la experimentación y la hibridación y, desde luego, radicalmente innovadores. Freddie Mercury fue, sin duda, el líder indiscutible de Queen; sin embargo, él mismo tuvo que comprobar, tras sus años en solitario, que él no era Queen. Queen fue una obra colectiva e irrepetible, y el éxito de su música -que llega intacto hasta nuestros días- y el de la propia película, nos muestra el valor de este grupo, para el cual vivió Freddie la mayor parte de sus días. Persona y personaje se funden así hasta el punto de confundirse. Gran película que logra mostrarlo. No se la pierdan.

Bohemian rhapsody

Fuente de la imagen: http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-185719/fotos/detalle/?cmediafile=21440262

Somos muchos los que llevamos años explicando (y denunciando) que el sistema de designación de los vocales del Consejo General del Poder Judicial (y de ocho de los doce magistrados del Tribunal Constitucional) ha ido degenerando en la práctica. Y ello fundamentalmente por dos motivos: la exigencia de mayoría cualificada de tres quintos en el Congreso y en el Senado, pensada para conseguir candidatos de consenso entre los partidos mayoritarios, se ha ido utilizando, cada vez más, como un reparto de “cuotas” entre dichos partidos, lo que provoca que, en lugar de proponer candidatos moderados, independientes, y carentes de vínculo político conocido, las cámaras han ido proponiendo, cada vez más, a aquellos candidatos que los partidos consideraban “próximos”, por los motivos que fueran. Eso no quiere decir que algunos de estos candidatos no hayan sido buenos juristas, o que luego no hayan sido independientes, pero en términos generales, el reparto por cuotas ha sido nefasto desde la perspectiva de la neutralidad y de la deseable apariencia objetiva de independencia de las instituciones afectadas. Lo peor no ha sido que los medios, con un lenguaje rechazable, hablasen de jueces” progresistas” o “conservadores”, sino que, con contadas y loables excepciones, en casos polémicos y políticamente sensibles, demasiadas veces los vocales o los magistrados han actuado “como se esperaba de ellos”. El segundo motivo de “perversión” es que los partidos negociaban también la presidencia del Tribunal Constitucional y del Tribunal Supremo, algo inadmisible porque no les corresponde. Pero, de nuevo, lo lamentable es que el resultado de esa negociación parecía casi siempre ser “acatado” por los vocales o los magistrados del TC. Así que, si malo ha sido el comportamiento de los partidos, no siempre podemos decir que los jueces y juristas nombrados se hayan apartado claramente de ese “juego”… y eso es bastante peor.

Dicho lo anterior, aunque como digo muchos hemos venido criticando no tanto el sistema, sino aquello en lo que su práctica ha degenerado, para ser sincero yo no tenía demasiadas esperanzas de que la cosa fuera a cambiar mucho, ya que, como se ve, casi todos participan en el “juego”, e incluso alguno de los partidos representantes de la “nueva política” no ha tardado nada en entrar y exigir su “cuota”. Sin embargo, creo que el gesto de esta semana del juez Marchena abre la puerta a un cambio de panorama. Aunque tenga sentido repensar la regulación de la elección de estos órganos, creo que lo más importante es volver al espíritu de la regulación actual: fuera cuotas, fuera repartos, fuera vetos. Y nunca más los partidos deberían volver a elegir lo que no les corresponde. Con su renuncia a presidir el Tribunal Supremo (lo que sin duda es un sacrificio importante), Marchena ha hecho lo que muchos otros antes no hicieron: respetarse a sí mismo y respetar la función y la independencia judicial. Y, además, abre el camino para que los partidos no se atrevan a volver a actuar del mismo modo. Ojalá que así sea.

Fuente de la imagen: https://www.lasexta.com/noticias/nacional/manuel-marchena-descarta-como-presidente-consejo-general-poder-judicial-reivindicando-independencia-video_201811205bf3b08b0cf2abe03a74aa56.html

Hace unos días, y con gran solemnidad, se conmemoraba en París el centenario de armisticio que puso fin a la primera guerra mundial. Está bien que estos acontecimientos se recuerden, con la perspectiva que da un siglo, pues de ahí se pueden extraer muchas enseñanzas. Las guerras, como de todos los hechos históricos, se pueden analizar desde muy diversas perspectivas, y en estos días no han faltado muestras de ello. A mí, como supondrán los lectores que me conocen y siguen, me interesa especialmente la visión jurídico-política. Con este enfoque, la primera guerra mundial supuso el fin de una etapa y el inicio de otra, que sin embargo solo muy costosamente logró abrirse camino, tras décadas de crisis y una segunda guerra, todavía más cruenta. Con la primera guerra mundial cayeron imperios, como el austrohúngaro, y el mapa de Europa se transformó profundamente. Pero además, en estas fechas, el modelo de Estado liberal que había nacido en la Revolución Francesa entraba ya en crisis profunda e irreversible. Lo que sucede es que, lamentablemente, las alternativas que en esa época surgieron al mismo condujeron a un callejón sin salida, a sistemas totalitarios y a la negación absoluta de los derechos que aquel Estado había aportado. Un año antes del fin de la primera guerra, la revolución rusa daba inicio a la implantación de un sistema totalitario de corte comunista. Y en la difícil Europa de entreguerras, pocos años después, y marcados por una profunda crisis económica, el continente contempló el auge del fascismo italiano y el nacionalsocialismo en Alemania, entre otros totalitarismos.

Afortunadamente, de forma más o menos paralela, aquel Estado liberal en crisis se fue también “regenerando” para convertirse en un Estado social y democrático. Los constitucionalistas siempre citamos las Constituciones de México en 1917, Weimar en 1919 o España en 1931, antecedentes del auge del constitucionalismo social tras la segunda guerra mundial. Pero también habría que citar el “New Deal” de Roosevelt y el origen del llamado “Welfare State”. Fue así como, entre las cenizas de aquella guerra, surgió también el proceso por el que a los valores de separación de poderes y derechos humanos se les añadieron los principios social y democrático. Hoy, un siglo después, tratamos de salir de una dura crisis, que es la de ese Estado social, nunca del todo implantado, frente a la globalización. Pero si miramos atrás, también podemos estar algo satisfechos porque, aunque siempre frágil y nunca acabada, hemos construido una Europa (casi) sin fronteras y un mundo donde estos nuevos valores, aunque demasiadas veces ignorados o no del todo satisfechos, son un parámetro irrenunciable.

Fuente de las imágenes: