Anunciaba la semana pasada una “miniserie” de artículos sobre las calles toledanas, y quiero empezarla por la calle de la Plata. Porque esta calle es, a la vez, muy singular y muy “toledana”. Es muy toledana desde el propio nombre que, como el de otras muchas en nuestra ciudad, hace referencia a los gremios u oficios que en su tiempo se ubicaron en ella; y además, cumple la regla que todo el mundo conoce en lo que se refiere a las vías de nuestro centro histórico: es estrecha y tortuosa. Pero por otro lado es singular y única. En realidad, no es recta, pero tampoco propiamente curva, ni tiene los “codos” típicos en otras. No es en rigor llana, pero tampoco es una “cuesta” típicamente toledana, sino que lleva un ligero “sube y baja”. Y en su propia irregularidad, alberga incluso una pequeña plaza en su interior, que casi es más bien un ensanche de la propia calle. Esta original configuración la hace única.

 

Pero lo que siempre me ha llamado más la atención de esta calle son sus establecimientos comerciales, y su peculiar fauna. En cuanto a lo primero, aún hoy, a pesar de la desaparición de algunos locales inolvidables (como aquel famoso hostal, o el inconfundible bar hacia la mitad de la calle), los comerciales de la calle de la Plata siguen teniendo el encanto de esos pequeños lugares del casco en los que se encuentra casi de todo, y a mí me resultan más atractivos que las modernas tiendas de ropa de marcas de la calle Ancha. Además de un conocido bar-restaurante y una tienda casi “histórica” de objetos de piel, hay pequeños locales bien interesantes: una tiendecita de informática, un bazar, una tienda de novias, una papelería… Pero sin duda lo más destacado es la fauna “permanente” de la calle de la Plata, compuesta esencialmente por dos animales que espero sigan viviendo. Antes que nada, el que todo el mundo denominaba “loro de la calle de la Plata”, que debía proceder por lo menos de la época musulmana, y probablemente está comprendido entre los bienes objeto de declaración como “Patrimonio de la Humanidad”. Silbaba con erotismo a las chicas, o también a los chicos, era un adelantado a su época.  Y luego “Tarzán”, el pequeño perrito que siempre estaba inmóvil en la misma puerta de la papelería a la que antes hice referencia, tanto que casi parecía una reducida estatua incorporada a la estructura de la propia calle.