Hugo

A lo largo de algún proceso seguramente largo que hoy no es posible conocer en detalle, en los albores de nuestra civilización, el ser humano creó la primera especie doméstica: el perro. Desde entonces, hay una historia de milenios de compañía, de colaboración, de complicidad. De rival en la caza, al aliado más fiel. Del “canis lupus” al “canis familiaris”. Porque para el perro es esencial su pertenencia a una familia humana, que sustituye a aquella manada de tiempos remotos. Siempre he pensado que el “invento” solo tenía un fallo: la poca longevidad media del perro, comparado con el humano. Y eso es algo que se siente especialmente en momentos como este, en el que acabo de despedir a mi fiel amigo Hugo, un verdadero “canis familiaris”. Pero queda un consuelo: por mucha que sea la pena del humano cuando pierde a su can, estoy seguro de que es poca cosa comparada con la del can cuando pierde a su humano. Así que, después de todo, no está mal que, por regla natural, sea a nosotros a quienes toque quedarse solos. Porque, en efecto, soledad es la sensación cuando desaparece el compañero; cuando de repente no está ese pequeño ser que, sin embargo, de alguna forma se hacía omnipresente. Pocos silencios más intensos que el del hogar del que acaba de irse para siempre un perro; pocas casas más rotundamente vacías que las que han perdido ese ladrido, ese alegre corretear.

Hugo era pequeño, listo, de suave cabello blanco. Como buen caniche, no soltaba pelo, sino que este crecía hasta que adquiría un aspecto un tanto “heavy” (y tocaba volver a cortárselo), porque nunca quisimos que lo llevase como una mascota de exposición o de concurso. Pero era el caniche más bueno del mundo. Noble e inocente con las personas mayores, con los niños, con otros perros. Siempre fiel, siempre leal, siempre dócil. Durante quince años, fue, desde luego, mi mejor amigo, y el de toda mi familia. En realidad, un miembro más de esta. Nos dio siempre todo, y nunca pidió nada, aunque sabía agradecer el cariño y la compañía. Muy al final, creo que con poca vista, poco oído, y la cabeza algo perdida, quizá dejó de conocernos como antes, pero nunca dejó de agradecer nuestro contacto y nuestras caricias. Tal vez fue eso, el dejar de conocernos, lo que le hizo perder interés por la vida. Y se fue consumiendo en paz hasta desaparecer, o acaso hasta cambiar de lugar, de estado o de presencia. Escribí una vez que no sé si hay algo parecido al Cielo de los perros. No puedo, en verdad, saberlo. Pero sé que una vez dijo Jesús que, aunque se vendan dos pájaros por un as, a Dios no le resulta indiferente ninguna de esas vidas aparentemente insignificantes. Y sé también que quien queda en nuestro recuerdo, permanece y vive mientras nosotros vivamos. Así que, quien estuvo en el plan de Dios y permanece en su memoria eterna y absoluta, de algún modo existe también eternamente. Hasta siempre Hugo.